Esperando a Cincinato

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El enfrentamiento entre Roma y los ecuos había llegado a un punto crítico cuando el cónsul Lucio Menucio fue sitiado en el campamento que había levantado cerca de Tusculum. En Roma, el senado entró en pánico y decidió que la única salvación era llamar al general Lucio Quincio Cincinato para volverlo dictador. Era una apuesta arriesgada, puesto que los poderes de dictador eran ilimitados, y se corría el riesgo de abrirle las puertas a alguien con tanta ambición de poder que luego fuera imposible de controlar.

Cuenta la leyenda que cuando la delegación del senado llegó a donde Cincinato a informarle de su nombramiento, encontró a este arando las tierras de su pequeña parcela que tenía frente a la humilde choza donde vivía con su mujer. En cuanto recibió la toga de dictador, partió a Roma donde convocó un ejercito con el que atacó y venció a los ecuos. Dieciséis días más tarde, y con su labor cumplida, Cincinato renunció como dictador y regresó a su parcela a seguir arando la tierra.

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