La Parálisis del Escritor

Hoy, millones de personas en todo el mundo recibirán de Navidad el mejor regalo de todos: un libro. Para quienes recibamos esos maravillosos objetos, vendrán semanas de una conversación asincrónica pero profundamente personal entre nosotros y sus autores. En algunas ocasiones esa conversación será placentera, en otras, iluminadora y en otras más, frustrante. Pero sin importar lo bueno o malo que sean esos libros, todos tienen en común que quienes los concibieron tuvieron que atravesar un arduo trance y resistir con heroísmo la parálisis del escritor.

Al fin y al cabo, como dijo Roberto Bolaño: "Escribir no es normal. Lo normal es leer y lo placentero es leer; incluso lo elegante es leer. Escribir es un ejercicio de masoquismo; leer a veces puede ser un ejercicio de sadismo, pero generalmente es una ocupación interesantísima".

En esta segunda entrega sobre la práctica de escribir profundizo en las peculiaridades que distinguen a este oficio, y comparto cómo he trabajado para desbloquear mi propia parálisis.

La Fatiga de Estar Metido en Tus Pensamientos

Comencé mi ensayo anterior relatando la dificultad que he tenido para escribir durante todo este año. Pero la verdad es que ese “bloqueo de escritor” comenzó el mismo día que me senté a escribir, hace seis años. En todo este tiempo, nunca he dejado de sentir esa parálisis; lo que aparece en este blog son solo las huellas fortuitas de esos felices momentos en que logro liberarme de la hipnosis seductora de la Gorgona.

En algunos días, me resulta dificilísimo luchar y ganar contra la inercia placentera que me persuade a no escribir; en otros, me resulta imposible. En algún momento de 2019, cuando logré mayor consistencia en la escritura, pensé que había cogido el truco del asunto, que escribir la página cien sería más fácil que la noventa y nueve, incluso que quedaría mejor escrita. Creí que con el tiempo mis escritos serían más pulidos, mis ideas más claras, mi práctica más regular. Pero no parece ser así.

Escribir no me ha convertido en un mejor escritor, ni en calidad ni en constancia. Me di cuenta de esto al encontrar algunos ensayos que escribí en la universidad. Uno era sobre la invasión rusa a Afganistán para la clase de Historia de Medio Oriente; otro, sobre el papel de la magia en el medioevo, para la clase de Literatura del Rey Arturo; y otro más, sobre la topología del universo, para la clase de Astronomía Galáctica. Al compararlos con mis escritos actuales, no veo una gran diferencia. Claro, lo que escribía en esa época tiene cierta inocencia enternecedora, y quizás ahora tenga un estilo más definido. Pero, aparte de corregir algunos errores sistemáticos, no puedo decir que la calidad de lo que escribo ahora sea muy superior. Después de incontables páginas escritas a lo largo de veinte años – en mis tesis, reportes de trabajo y este blog – parece que mi nivel es el mismo con el que empecé.

Quizás me equivoque y, dentro de cuarenta años, al comparar mi publicación más reciente con este ensayo, exclame consternado: “¡Madre mía! Qué mal escribía en 2023, ¡cómo he mejorado!” Pero lo dudo. Uno lee a Ryszard Kapuściński, Richard Dawkins o Ian Stewart (un periodista, un biólogo y un matemático), tres fantásticos escritores en campos y estilos diferentes. Al comparar sus primeros y últimos escritos, se nota que la calidad es la misma a pesar de las décadas que separan los textos; la prosa no es más excelsa, los contenidos no son más profundos. Quizás para los escritores de cuentos y novelas sea diferente, no lo sé. Pero intuyo que, al menos para los de del gremio de la no-ficción, no hay cambios bruscos en sus voces a lo largo del tiempo.

La práctica constante no conduce a una mejora a menos que sea dirigida, que tenga un mecanismo de retroalimentación y una fuente externa que te indique si vas bien o no. Si contara con la ayuda de una editora que criticara pacientemente todo lo que escribo, señalando mis fallas estilísticas o errores recurrentes, seguramente podría mejorar. Pero ignoro si existe ese tipo de “coaching” para escritores periféricos, aquellos en el negocio de la autopublicación.

Pero para lo que no hay ayuda es para la constancia. Lo cual es una lástima, porque la constancia es la definición misma de escritor: cualquiera escribe un ensayo de mil palabras – todos lo hicimos al menos alguna vez en el colegio – pero hacerlo no te gradúa de escritor. Y más aún, entre dos escritoras de calidad similar, la que escribe con más regularidad es quien mejor consolidará su práctica y obtendrá mayores beneficios. Esa puede ser una razón por la que los periodistas suelen ser muy buenos escritores, ya que están sometidos a un ritmo constante de escritura y tienen un editor que los corrige constantemente. Alejandro Gaviria cuenta que, al comenzar su columna semanal en el periódico colombiano El Espectador, Fidel Cano, su director general, le resumió la clave del negocio: “El buen columnista no es el que escribe mejor, sino el que entrega la columna a tiempo”.

Lograr constancia es dificilísimo. Cuando trabajas en un texto largo, uno que requiere varias sesiones para completarse, y te sientas frente a lo escrito el día anterior, sientes cómo tu mente se agita buscando escapar de la tortura de contemplar la misma idea, solo que fraseada con ligeras variaciones. Esa sensación es extenuante y se acumula en una fatiga mental que tarde o temprano te hace claudicar.

La trampa en la que caigo es suponer que necesito descansar, tomar algunos días libres para oxigenarme y dejar de pensar en ese texto; creo que al volver al computador tendré una actitud más balanceada y compasiva con mis propias palabras, y que con energía renovada podré desenredar el nudo en que se ha convertido mi texto. Pero esto no funciona, lo cual me resulta antiintuitivo; al fin y al cabo, uno pensaría que para descansar de correr hay que dejar de correr. No sé cuál es la manera correcta de recuperarse del agotamiento de escribir, tal vez la solución exista.

Pensaba entonces en otras actividades que tuvieran esa misma combinación tan particular entre calidad y persistencia, y solo se me ocurrió la práctica de meditar. Al igual que escribir, meditar tiene una curva de aprendizaje ni muy alta ni muy empinada. Así como es relativamente fácil sentarte un día a escribir un par de páginas que tengan algo de gracia, es igualmente fácil sentarte un día por veinte minutos a enfocarte solo en tu respiración. En ambas actividades hay algo de técnica que se puede mejorar, especialmente con ayuda de un experto, pero en general la calidad de la experiencia no cambia radicalmente con el tiempo. Lo genuinamente retador es mantener el hábito constante. Así como me ha pasado con la escritura, también he alcanzado puntos de saturación con la meditación, que han descarrilado lo que sería de otra forma un hábito constante.

Desde hace algunas semanas, he vuelto a meditar y escribir; veinte minutos enfocados en la respiración seguidos de sesenta minutos frente al computador. Trato de hacerlo cinco veces a la semana, siempre a la misma hora. La idea de juntar dos hábitos y practicarlos a la misma hora, para reforzar el patrón conductual, por supuesto no es mía; la tomé del libro Hábitos Atómicos, de James Clear. Es muy temprano para cantar victoria; creo que necesitaré muchos meses más para ver si esta rutina es capaz de sortear las turbulencias habituales de la vida. En diciembre de 2024 les contaré cómo me fue.

Tres Palabras Guardaban Tres Mil Más

Durante años, he acumulado en una larga lista entradas que quisiera escribir algún día para este blog. De cada una, solo tengo una o dos frases que capturan vagamente una idea que siento podría convertirse en un texto completo. Algunas se refieren a la continuación de temas sobre los que ya he escrito antes (“Lo importante no es votar, sino hablar de por quien vas a votar”). Otras tratan de temas sobre los que jamás me he atrevido a escribir (“Mark Lanegan y el grunge en los años 90”). Algunas frases en mi lista son un poco crípticas y solo tienen significado para mí (“Bug. FDTD. Zaragoza 2002”), mientras que otras serían bastante obvias para cualquiera (“Algo sobre meditación. ¿Qué he aprendido después de todos estos años?”).

Hace un par de semanas, cuando revisaba esta lista con algo de culpa por reconocer que tal vez lo de escribir solo había sido una afición pasajera, encontré sepultado un renglón con otra idea más: “¿Por qué escribo?”

No tengo idea de cuándo ni dónde consigné esa frase como una posible semilla para un texto, pero si mal no recuerdo, lo que quería contar era una historia algo sonsa:

“En el verano de 2017, la firma para la que trabajaba me envió a hacer un voluntariado en Uganda. Uno de los requisitos para enviarme era que registrara algunas de mis experiencias en un blog. Entusiasmado por mi aventura, decidí comprar el dominio de este blog y, mientras estuve en África, escribí algunas entradas cortas sobre microfinanzas. Meses después de haber regresado a Londres, recordé que aún tenía aquel blog y, por alguna razón, pensé que sería una buena idea escribir algunas entradas más, esta vez sobre otros temas. Fin.”

Pero en cambio, lo que pasó fue que ya sentado frente a la hoja en blanco y enfrentado a las tres palabras de esa pregunta, cayeron sobre mi cabeza todo tipo de recuerdos, reflexiones y sentimientos que trataban de darle sentido a por qué yo escribo. Y el resultado fue el ensayo que publiqué la semana pasada, y este que publico hoy, y otro que viene en camino. De la nada surge todo esto, como la vida misma: Esa es la magia de la escritura, una terapia como ninguna otra.

Quisiera decir que estos recientes ensayos marcan mi regreso triunfal a la escritura, que inauguran una larga era dorada en la que encontraré la fortaleza y el tiempo para escribir diariamente, y que las palabras fluirán como ríos por este formidable blog. Pero no puedo decirlo, ni siquiera pensarlo con convicción. La vida es muy compleja, los tiempos que vivimos son extraños; no me atrevería a extrapolar un par de puntos muestrales muy lejos en el futuro. La única certeza que tengo es que volveré a caer presa de la parálisis, que el ritmo se interrumpirá, que volveré a estar en silencio.

Sin embargo, esa aceptación es sanadora. Me da un respiro que es el que he usado para hacer la catarsis en la que se han convertido estos ensayos sobre la escritura. Me ha dado el espacio para recordar la charla con mi papá hace exactamente seis años y ver más claramente por qué disfruto escribir, a pesar de lo difícil que es.

Y para ser justos, esa aceptación también reveladora, porque me hace caer en cuenta de que, si una sola frase en mi lista guardaba todos estos recuerdos, todas estas reflexiones, todos estos sentimientos, ¿qué guardarán acaso las otras mil?

4 Comments

  • Posted diciembre 28, 2023
    by Rubén

    Mi comentario ha vuelto a no caber dentro del límite de palabras así que te lo dejo por aquí: https://solotinta.blogspot.com/2023/12/respuesta-datada-28-de-diciembre-de-2023.html

    • Posted enero 2, 2024
      by Ricardo Pachon

      Mi querido Ruben, me encanta este intercambio de notas via ambos blogs! Claro, es que el límite de espacio que tiene la sección de comentarios no permite que alguien se pueda extender como corresponde, asi que por lo pronto estaré muy complacido de leerte en tu propio espacio (obviamente lo primero que hice fue hacer lo que pediste no hacer: leer tus otras entradas!). Sobre lo que escribes, que buena anotación de Borges, se me había escapado por completo y no podía estar más a lugar. Y de lo que me cuentas de Tuenti, no tenía idea de que algo así existía. Definitivamente una lástima que se hayan perdido esas ricas iteraciones de refinamiento en la práctica del rap. Seria estupendo ver de que manera esas retroalimentaciones mejoraban (o no) la calidad de los participantes. Gracias como siempre por tus comentarios. Te deseo un maravilloso 2024.

      • Posted enero 2, 2024
        by Rubén

        Desde luego me está divirtiendo e inspirando mucho este intercambio y me alegro de que sea mutuo. Estoy haciendo por recuperar lo bonito del “internet de unos cuantos”, sin mayores pretensiones que ser leído por los amigos de uno. ¡Esto me recuerda que hace años tuve largos intercambios por una INTRANET del instituto en el que estudiaba!

        Sabía que era inevitable que acabaras leyendo esas poesías. Bueno, “joke’s on you”, son bastante malas y nunca recuperarás ese tiempo perdido jajajaja

        • Posted enero 2, 2024
          by Ricardo Pachon

          Una de las ideas que tengo en mi lista de posibles temas para este blog es precisamente escribir sobre cómo la experiencia en internet ha cambiado significativamente. Antes era una plataforma en la que uno conectaba con un puñado de personas, algunos conocidos, otros en ultramar, pero nunca con las pretensiones globales que tienen (tenemos?) todos los que estan publicando escritos/videos/fotos/reels etc. La publicidad como motor de internet definitivamente ha cambiado mucho las cosas. Cuando escriba ese texto, robare tu frase sin sonrojarme, y la titulare “Internet de unos cuantos” 🙂

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