¿Qué convicción tuya desafía la corriente?

Cada vez sospecho más que estar de acuerdo es la peor de las ilusiones.” – Julio Cortazar, Rayuela.

Aunque hay quienes dicen que es la pregunta perfecta para conocer a un candidato que esté aplicando a un trabajo, yo no estaría tan seguro de cuán aconsejable sea forzar en medio de una entrevista laboral la discusión de temas que, por la misma naturaleza de la pregunta, seguramente son muy controversiales. Sin embargo, me parece una pregunta estupenda para reflexionar con calma y descubrir cuáles son aquellas convicciones en las que creo firmemente, pero que no son compartidas por la mayoría.

En mi ensayo de hoy, reflexiono sobre la pregunta que da título a esta entrada y comparto tres respuestas personales.

La pregunta

Peter Thiel es un nombre que resuena en los corredores del emprendimiento y la inversión tecnológica. Conocido principalmente por su papel en la fundación de PayPal y como inversor clave en el temprano crecimiento de Facebook, Thiel ha marcado su presencia en el sector tecnológico no solo con inversiones, sino también con ideas. En su libro "De cero a uno", donde explora conceptos de innovación y emprendimiento, plantea una pregunta provocativa: "¿Cuál es esa verdad fundamental con la que muy poca gente está de acuerdo contigo?"

La pregunta me parece excelente, pero la cambio un poco, prefiero la siguiente reformulación que le da título a esta entrada: “¿Qué convicción tuya desafía la corriente?”. El término “verdades”, fuera de los rigurosos dominios matemáticos, siempre me resulta un poco antipático; prefiero referirme a “hechos”, sobre todo cuando cuentan con el aval de un consenso experto. O a “convicciones”, cuando poseo posturas firmes, pero admito que aún hay margen para el intercambio de argumentos.

En cuanto a la idea de que “muy poca gente está de acuerdo contigo”, también la he modificado, ya que en la práctica es una condición complicada de satisfacer. No importa cuán inusual, poco convencional o incluso absurdo pueda ser un planteamiento, siempre encontraremos un segmento de la población que lo respaldará o coincidirá con él.

Según explica en su libro, la motivación de Thiel para formular esta pregunta se origina en la observación de que el progreso se mueve en dos dimensiones: una es extender el conocimiento actual mediante pequeñas mejoras, y la otra es a través de paradigmas profundamente novedosos que desafían el statu quo.

El progreso y la innovación están intrínsecamente ligados al tipo de pensamiento que desafía las convicciones establecidas. Este desafío al pensamiento convencional es crucial porque el progreso a menudo no proviene de seguir el camino trillado, sino de explorar territorios inexplorados. Las grandes innovaciones, las que cambian el curso de la historia, suelen ser el resultado de ideas que inicialmente fueron rechazadas o ignoradas por la mayoría.

Aunque Thiel no lo menciona explícitamente en su libro, esta forma de concebir el progreso está en línea con la teoría de los paradigmas científicos de Thomas Kuhn, expuesta en el libro “La estructura de las revoluciones científicas”. Según Kuhn, la dinámica de la naturaleza del conocimiento humano y su evolución se caracteriza por períodos de “ciencia normal” interrumpidos por revoluciones científicas. Estas revoluciones no son simplemente adiciones incrementales al conocimiento existente; son reestructuraciones radicales del entendimiento, que a menudo entran en conflicto con las teorías previamente aceptadas. Este proceso es análogo a lo que sucede en otros campos del saber y la práctica humana, donde las ideas innovadoras rompen los paradigmas existentes y crean nuevos caminos para el pensamiento y la acción.

La relación entre innovación y pensamiento original puede ser vista a través del lente de la "disrupción creativa", un término acuñado por Clayton Christensen. La disrupción ocurre cuando una nueva idea o tecnología cambia fundamentalmente la forma en que se entienden y realizan las cosas, a menudo desplazando a los sistemas o productos existentes. Este tipo de disrupción es un claro ejemplo de cómo las ideas que van en contra de la corriente pueden tener un impacto profundo y duradero.

La historia está repleta de ejemplos de individuos cuyas ideas, inicialmente contrarias a las creencias predominantes, terminaron siendo fundamentales para el avance humano. Personajes como Galileo, cuyas teorías heliocéntricas desafiaron la visión geocéntrica establecida, o innovadores como Steve Jobs, cuya visión de la tecnología de consumo desafió y transformó las industrias existentes, son testimonios de la importancia del pensamiento divergente.

Sin embargo, es importante reconocer que no toda idea contraria a la corriente conduce al progreso. La historia también está llena de teorías que fueron refutadas o desacreditadas. Lo que distingue a las ideas verdaderamente progresistas es su capacidad de resistir el escrutinio crítico y demostrar su valor a lo largo del tiempo.

La pregunta de Thiel nos desafía a pensar más allá del consenso general y a considerar qué verdades menos evidentes pueden estar esperando ser descubiertas y potencialmente transformar nuestra comprensión del mundo. Pero para que esto ocurra, no solo basta identificar esas convicciones que van en contra de la corriente, lo verdaderamente importante es forzarnos a evaluar estas ideas bajo la luz rigurosa de la razón y la evidencia. Este tipo de pensamiento, que equilibra la originalidad con el análisis crítico, es esencial para impulsar la verdadera innovación y el progreso en cualquier campo.

A lo largo de este ensayo, presentaré tres respuestas personales a la pregunta planteada por Thiel:

  • Las elecciones, tal como son veneradas y practicadas en la actualidad, son nocivas para las democracias
  • Las matemáticas deberían ser opcionales y no obligatorias en el colegio
  • La paz debería ser entendida como la ausencia de violencia física

Estos tres argumentos han sido el foco de múltiples artículos en este blog, temas sobre los cuales he reflexionado profundamente, dedicando tiempo y esfuerzo para desarrollar una comprensión más nítida, informada y, crucialmente, menos dogmática. No obstante, cuando he escrito sobre ellas, siempre he encontrado una reacción muy crítica de mis lectores. Incluso, en ciertas ocasiones, he notado que mis palabras tocaron fibras sensibles en muchos de ellos. Aunque no creo que se la única persona que tiene esas convicciones, si puedo asegurar que ellas van “contra la corriente”. Por ahora.

Cuestionando la Santidad de las Elecciones

De mis tres convicciones, esta es con seguridad la más controversial de todas: las elecciones, a pesar de ser ampliamente veneradas como el pilar de la democracia, son en el contexto del mundo moderno un proceso defectuoso y potencialmente dañino para alcanzar democracias verdaderas y efectivas. Esta postura desafía la creencia generalizada de que las elecciones son inherentemente justas y representativas del "poder del pueblo".

Mi exploración de este tema comenzó en 2018 con un ensayo que esperaba resonaría con los lectores, dadas las frustraciones que parecían surgir durante esos años después de que se celebraba cualquier elección o referendo en cualquier parte del mundo. Las elecciones, lejos de resolver problemas, parecían generar más divisiones y descontento.

Lo que no me imaginé fue lo mucho que la gente detestaría mi escrito. Los más benevolentes tan solo hicieron algunos chistes, o coincidían parcialmente conmigo, al circunscribir mi planteamiento a un profundo pesimismo (todo es malo, los políticos son corruptos; que las elecciones son dañinas es tan solo un corolario). Sin embargo, los más duros me hicieron críticas frenteras y apasionadas.

Persistí en escribir sobre las elecciones, desarrollando mis argumentos en varias entradas de este blog. La reconsideración de las elecciones como una forma de tecnología social fue un punto de inflexión en mi comprensión sobre estas. Al igual que cualquier otra tecnología, las elecciones pueden y deben ser analizadas, diseccionadas y, lo más importante, mejoradas o reemplazadas si es necesario. Esta visión crítica se alinea con la de autores como David Van Reybrouck, quien las considera una "tecnología tóxica" para convertir la voluntad del pueblo en gobiernos y políticas.

Sin embargo, sé que en este tema nado contra la corriente y no creo que haya logrado nunca siquiera poner a dudar a alguien sobre sus propias convicciones sobre las elecciones. La sola sugerencia de estar en contra de las ellas, o peor aún, de no votar, le resulta repugnante a muchos.

Una de las críticas más comunes a mi posición es el malentendido de que lo mío surge por apatía o tal vez una por una preferencia política oculta. Nada más lejos de la verdad. Mi argumento central es que las elecciones, como tecnología, requieren innovación constante. No tengo una solución perfecta; más bien, sostengo que la solución adecuada puede variar según la sociedad y el tipo de decisiones colectivas a tomar. Pero lo que es esencial es no tratar las elecciones como intocables y sagradas, sino como un sistema susceptible de mejora y transformación.

¿Quiénes integramos el colectivo crítico de las elecciones? Somos un conjunto más bien reducido, con una inclinación hacia lo académico y, por lo general, nos situamos más hacia el ala progresista del espectro político, una realidad que personalmente encuentro ligeramente incómoda. Preferiría una crítica electoral más amplia y variada, que refleje el impacto transversal de sus fallos, resonando tanto en la izquierda como en la derecha, sin distinción entre voces moderadas y extremas.

No albergo ilusiones de liderar un gran movimiento social para cambiar el sistema electoral, pero sí espero que mis escritos puedan inspirar a otros, tal vez con más influencia, a abrazar y promover estas ideas. Tal vez, con el tiempo, estas reflexiones puedan ser el catalizador de una verdadera revolución en la forma en que entendemos y practicamos la democracia.

Las matemáticas deberían ser opcionales, no obligatorias en los colegios

Siguiendo la línea de mis convicciones que desafían la corriente, similar a mi postura sobre las elecciones, tengo una segunda creencia que puede parecer igualmente controvertida: las matemáticas en la educación media y secundaria deberían ser asignaturas opcionales y no parte obligatoria del currículo central.Esta idea no aboga por la eliminación de las matemáticas, sino por una reestructuración de su enseñanza para adaptarse mejor a las necesidades y pasiones de cada estudiante.

Como matemático apasionado, mi crítica no nace de un rechazo a las matemáticas, sino de una profunda apreciación por ellas. Mi experiencia académica y profesional me ha llevado a cuestionar la actual hegemonía de las matemáticas en el currículo escolar, donde su enseñanza obligatoria a menudo causa más miedo y aversión que interés y entendimiento.

La enseñanza actual de las matemáticas a menudo se convierte en un arma que aterroriza a muchos jóvenes, generando un tipo de trastorno postraumático. La fascinación y el respeto que se le otorgan a las matemáticas en el ámbito educativo no se reflejan en la realidad de su enseñanza y aprendizaje. Muchos adultos recuerdan sus clases de matemáticas con estrés y miedo, una experiencia que se aleja mucho de la apreciación y el entendimiento verdaderos.

Los argumentos frecuentemente utilizados para justificar la enseñanza obligatoria de las matemáticas en la escuela secundaria - su omnipresencia en el mundo, la estructura de pensamiento que proporcionan y las oportunidades de carrera que abren - merecen un escrutinio más profundo. Aunque las matemáticas son fundamentales para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la forma en que se enseñan en la escuela secundaria rara vez conecta con esta aplicación práctica y real. En lugar de inspirar a los estudiantes con la belleza y la utilidad de las matemáticas, el enfoque actual a menudo los sumerge en procedimientos técnicos y teorías abstractas sin contexto.

Además, la idea de que el estudio de las matemáticas es el único camino hacia un pensamiento racional y analítico ignora otras formas de desarrollo cognitivo que pueden ser igualmente efectivas y menos traumáticas, como juegos y actividades lúdicas que estimulan el cerebro.

Un argumento comúnmente utilizado para justificar la enseñanza obligatoria de las matemáticas es su papel como llave hacia carreras rentables en campos como la ingeniería, la informática o las finanzas. Si bien es cierto que las matemáticas son fundamentales en muchas áreas, este enfoque práctico no se traduce efectivamente en el aula. Además, la idea de que las matemáticas son esenciales para el éxito profesional ignora la amplia gama de carreras valiosas y satisfactorias que no dependen de un conocimiento avanzado en matemáticas.

En mi opinión, la utilización de las matemáticas como filtro para el acceso a la educación superior y a ciertas carreras es problemática. En muchos países, se exige a los estudiantes cursar materias como Cálculo en la escuela, incluso si sus intereses y aspiraciones profesionales no están relacionados con áreas que requieren ese nivel de conocimiento matemático. Esto no solo crea una fuente innecesaria de ansiedad para los estudiantes, sino que también establece un estándar arbitrario y excluyente que no refleja adecuadamente las habilidades y talentos de cada individuo.

Propongo un cambio de enfoque: que las matemáticas se conviertan en una opción, no en una obligación. Para los estudiantes con un interés genuino, deberíamos ofrecer cursos más avanzados y desafiantes que los actuales. Esto incluiría un acercamiento más detallado a las teorías matemáticas y sus aplicaciones prácticas, tales como Análisis, Topología y Ecuaciones Diferenciales; áreas que raramente se exploran en el contexto de las aulas de hoy.

Para los demás, un currículo que incluya educación básica en aritmética, estadísticas y alfabetización numérica sería suficiente, complementado con módulos que describan las grandes ideas y aplicaciones de las matemáticas de manera accesible y atractiva. Esto permitiría a los estudiantes desarrollar habilidades numéricas esenciales sin la presión y la ansiedad que a menudo acompaña al aprendizaje de matemáticas más avanzadas.

Creo que al hacer las matemáticas opcionales y adaptar su enseñanza a las necesidades y pasiones individuales de los estudiantes, podemos fomentar un ambiente educativo más inclusivo y estimulante, permitiendo a cada estudiante explorar y desarrollar sus intereses y habilidades.

La paz es la ausencia de la violencia física

Por último, mi tercera convicción que va contra la corriente, es un tema sobre el cual he escrito varias entradas en mi blog: en el contexto de Colombia, un país marcado por 80 años de conflicto, la paz debe ser definida como la ausencia de violencia física. Esta perspectiva difiere de la noción más amplia y a menudo vaga de paz que prevalece en la psiquis colectiva y en las políticas gubernamentales de mi país.

Si se entiende la paz como la ausencia de violencia física, entonces el barómetro principal para medir el éxito de cualquier esfuerzo de paz debe estar formulado con métricas como homicidios, asesinatos de líderes sociales y políticos, extorsiones, desplazamientos forzados, desapariciones, masacres, secuestros y reclutamiento forzado de menores. Pero ni la paz, ni su revés – la violencia – parecen ser entendidos en Colombia de esta manera.

La Comisión de Estudios sobre la Violencia (CEV), establecida en 1987, ofrece un buen ejemplo del enfoque predominante y problemático que he observado en este tema tan crucial. La CEV fue creada con el propósito de diagnosticar las causas de la violencia en Colombia, un país entonces en el apogeo de la guerra contra los carteles de drogas. Sin embargo, la Comisión cometió errores significativos en su enfoque. En lugar de proporcionar un análisis enfocado y utilizable, la CEV definió la violencia de manera excesivamente amplia, incluyendo una variedad de fenómenos desde la desigualdad económica hasta la intolerancia social. Este enfoque diluyó el concepto de violencia hasta el punto de hacerlo inmanejable para la formulación de políticas efectivas.

Esta visión amplia y multicausal de la violencia, que incluía todo, desde la violencia doméstica y económica hasta la violencia política y de drogas, aunque ambiciosa, terminó sin ofrecer un marco claro para abordar el problema. Al reinterpretar casi todos los fenómenos sociales como formas de violencia, la CEV dejó a los formuladores de políticas y al público sin un lenguaje común para discutir y abordar efectivamente el problema central. Este enfoque disperso ha sido un obstáculo para combatir la violencia de manera efectiva.

El acuerdo de 2016 con las FARC ofrece un segundo ejemplo de la confusión que tenemos los colombianos con este, el problema más devastador del país. Presentado como el catalizador de la paz, el acuerdo en ningún momento abordó de manera directa y efectiva la reducción de la violencia. Las discusiones y políticas en torno a este se enfocaron más en las condiciones para el desarme de un grupo guerrillero (uno que, en particular, estaba lejos de monopolizar la violencia en Colombia) que en la solución de los problemas estructurales de violencia en el país.

Los beneficios que trajo el acuerdo con las FARC, aunque fuese en teoría, son significativos y relevantes para transformar el país, en particular el primer punto (desarrollo agrario integral), y el sexto (reconocimiento y reparación de las victimas). Sin embargo, la discusión de cómo era que estos logros se iban a traducir en reducción real de violencia física no se abordó ni durante los diálogos con las FARC, ni durante la campaña por el referendo, ni después cuando comenzó la implementación. Que, por ejemplo, el número de homicidios apenas si ha fluctuado entre los doce mil y los trece mil al año en los nueve años desde que hubo el cese bilateral de fuego con las FARC, es una muestra clara de que hubo un fracaso estrepitoso en el acuerdo, y de que en Colombia sería absurdo pensar que en algún momento nos acercarnos a la paz. Tan relegado fue el tema de la violencia real en los acuerdos con las FARC, que durante su etapa de refrendación ya se podía predecir que la violencia no iba a mermar, incluso con los acuerdos firmados y ejecutados. Lo que no debería ser una sorpresa, por supuesto: la paz de la que se hablaba en el 2016 no mencionaba por ningún lado la disminución de la violencia.

Sin esa claridad de lo que realmente es la paz, es obvio que ya vayamos en el 2024 y sigamos sumergidos en mismo terror de hace una década.

Debemos redefinir y reenfocar el concepto de paz en Colombia. Esta no debe ser un término vago que abarque una variedad de problemas sociales y económicos, sino que debe centrarse en la ausencia de violencia física. Solo a través de este enfoque más específico y medible podemos esperar formular estrategias que realmente puedan disminuir la violencia y avanzar hacia una paz genuina y duradera.

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