Candidato a la Academia

Tercera y última entrega sobre la escritura, y lo difícil que es sacar palabras y ponerlas en el papel. Pero en lugar de un ensayo, esta vez cuento una historia.

La dificultad de escribir es universal y por eso, le dedico con cariño este corto relato a todas las personas que por un instante han experimentado la sensación de no saber ni qué, ni cómo escribir. Se la dedico a todos los estudiantes que hoy luchan con las palabras: a los de primaria, que les mandaron escribir un ensayo sobre la vaca; y a los de doctorado, que agonizan con sus tesis en las madrugadas.

Está dedicada a los empleados de oficina que están enredados escribiendo un reporte para el jefe; y a los periodistas que corren para entregar su artículo antes de la hora límite.

Y también a los políticos, que no saben cómo van a incluir todas sus promesas en el próximo discurso de campaña; y a los sacerdotes que le ruegan a Dios para que les dé una ayudita escribiendo la homilía de este domingo.

Está dedicada a mis hermanos y hermanas en la blogosfera, que luchan para escribir algo que, ojalá, le importe a alguien. E incluso está dedicada a quienes no saben qué escribir en la tarjeta de cumpleaños para un amigo.

Está dedicada a los amantes, que llevan diez páginas confesando sus pasiones a esa persona que aman, pero aún no logran que sus palabras reflejen el fuego que llevan dentro. Y está dedicada a quienes han decidido despedirse de esta vida, pero en la soledad de sus habitaciones, no saben cómo empezar a explicarle a una hoja en blanco el porqué de sus actos.


Han pasado más de dos años desde aquella conversación con mi padre. Ahora estamos todos sumergidos en el año de la pandemia, yo llevo tres meses atrapado en la casa de mi familia en Bogotá, incapaz de encontrar una manera de regresar a Londres.

Los días transcurren con letargo abrumador, se arrastran con lentitud tortuosa. Pero la diosa de la fortuna una vez más ha sido compasiva conmigo, y me ha permitido estar con mis papás en estos tiempos oscuros. Ellos se meten en sus libros, se pierden en las interminables horas de televisión, y los domingos sus almas buscan consuelo en la misa que transmiten por un canal de programación católica. Yo mientras tanto, en mi propio mundo de asilamiento, me limito a trabajar, intentando mantener como sea la ilusión la normalidad. Tengo una rutina de ejercicios, que sé que no estoy siguiendo correctamente, pero que me sirve para mantener la cordura. Y a modo de terapia de escapismo, desarrollo una adicción por los videos de viajes en YouTube, y fantaseo con viajar y tener aventuras en parajes soleados y remotos.

Todos los días, sin excepción, los tres almorzamos juntos en el comedor. Es un ritual inquebrantable, un momento de unión en el caos. Pero el aire se carga de una tensión palpable, las conversaciones inevitablemente giran en torno al bendito Covid. Hablamos de los crecientes números de casos, de los incesantes rumores sobre la duración del encierro, de la preocupación por mi hermana en España, enfrentando su propia batalla contra esta plaga global. Las tragedias, aquellas que golpean a nuestros conocidos, se cuelan en nuestro refugio, ensombreciendo aún más nuestra realidad.

Y entonces ocurre un giro inesperado, cuando la más inofensiva de todas las reuniones posibles por Zoom causa el mayor alboroto. Es en un día cualquiera, cuando mi papá se conecta a la reunión trimestral de la Academia de Historia Eclesiástica de Bogotá. Todo transcurre con normalidad, así que está desprevenido cuando llega el último punto de la agenda, “Otros Asuntos”. Es desde ahí de donde le lanzan una granada:

“Hay un último asunto que tenemos que tratar” – dice con voz solemne el secretario de la Academia – “Querido Juan Manuel, llevamos esperando tu ponencia sobre la evangelización de los muiscas desde hace ya bastante tiempo. Lamentablemente no podemos esperar más. Por favor, para nuestra próxima reunión tienes que presentarla, de lo contrario no podrás acceder a ser miembro de número de la academia. Presentarla es el último requisito que te falta para lograr esta distinción, confiamos que lo logres.”

Mi padre parece perder el aliento, su corazón se detiene en un latido, sus manos comienzan a sudar fríamente. Ha estado posponiendo la entrega de ese trabajo por dos años, atrapado en un laberinto de libros y acumulando montañas de apuntes y más apuntes, pero sin lograr plasmar una sola palabra del escrito. Ahora, la imponente sombra de un plazo de tres meses se cierne sobre él, un plazo que pesa como la espera al juicio final. Esa sensación de pánico y desolación, conocida por todos aquellos a quienes les han impuesto una fecha de entrega imposible de cumplir, lo envuelve en un manto de desesperación. Pero no hay manera de escapar, todos los ojos están puestos sobre él. Con todo el aplomo que puede fingir, traga saliva y responde con una voz que lucha por no quebrarse: “Si, claro, la entregaré”.

Durante los siguientes días, mi papá está inconsolable. Mi mamá y yo intentamos animarlo, pero es inútil; él conoce bien las ecuaciones de la relatividad de Einstein, sabe que nada de lo que podamos decir detendrá el tiempo, o mejor aún, lo hará retroceder un poco. En llamadas clandestinas y con voz baja, mi hermana y yo buscamos urdir alguna excusa que el pueda usar para escapar de suerte, pero ninguna nos convence, todas resuenan como vulgares mentiras.

Ahora, durante la hora de almuerzo, solo mi mamá y yo hablamos, observando con preocupación la mirada triste de mi papá, sus ojos clavados en el plato, sin decir nada. Entonces, para arrancarle aunque sea algunas palabras, mi mamá le pregunta: “Juanito, y la tesis que tienes que escribir, ¿de qué se trata?” Mi papá toma un sorbo de Coca-Cola Dietética, piensa un momento. Y con la claridad de alguien que fue profesor durante cuarenta años, nos cuenta.

“Cuando los españoles llegaron a América, trataron de evangelizar a los indígenas. Pero les fue muy mal haciendo eso, el catolicismo no lograba calar entre los nativos. Después de un siglo de esfuerzos, los indígenas no habían sido convertidos realmente, y a pesar de que les hacían creer a los españoles que ahora profesaban la fe católica, la realidad era que no habían dejado sus creencias, y seguían adorando a sus ídolos, aunque fuera en secreto. Mi trabajo busca explicar el fracaso de la evangelización en el Siglo XVI, enfocándome en los Muiscas, el pueblo indígena que habitaba en el interior del país.”

“¡Eso, eso que acabas de decir!” – le digo. “Eso está perfecto. ¿Por qué no lo escribes? Claro, es tan solo un párrafo, no será toda la ponencia que tenías que escribir, pero al menos si lo pones en papel tendrás la tranquilidad de que tus pensamientos están registrados, y seguro te sentirás mejor”.

Mi papá me mira en silencio, su ceño fruncido, su mirada desconfiada. Sacude la cabeza y vuelve a comer en silencio.

A la mañana siguiente, estoy en mi habitación trabajando frente al computador. En medio de una llamada, veo a mi papá entrar a su estudio, se sienta en su gran sofá de cuero marrón oscuro, toma una hoja en blanco, un bolígrafo de tinta negra y sobre la mesita auxiliar de madera comienza a escribir. Observo la escena y suspiro aliviado, pensando: “Hoy va a escribir ese párrafo, eso le dará algo de alegría. Quizás con un poco de suerte, en unos días escriba otro... pero no, mejor no forzarlo a más. Un párrafo escrito es más que suficiente”. Yo vuelvo a mis reuniones y simulaciones, sumergiéndome de nuevo en mi trabajo.

Han pasado tres horas, yo sigo pegado al computador, tratando de descifrar un código que no corre. De repente, mi papá entra a mi habitación, su rostro irradia felicidad. “Hice lo que me dijiste ayer. Escribí.” Y entonces con júbilo extiende dos páginas escritas a mano, seguramente son al menos mil palabras. Quedo estupefacto, con la boca abierta, miro las hojas con incredulidad: “Todo esto, ¿lo acabaste de escribir?”

“Si, solo iba a escribir ese párrafo que conté ayer… pero cuando lo terminé no pude parar y seguí escribiendo”.

Pasmado, lo miro, y solo atino a balbucear: “Pero entonces ¿vas a escribir toda la tesis?

Y con una sonrisa de oreja a oreja, los ojos brillándole de juventud, responde firmemente: “Si, claro que si”.

Mi papá adopta una disciplina estricta: todos los días se levanta a las siete en punto de la mañana, se ducha y se viste, luego desayuna y a las ocho y media pasa frente a mi habitación, me saluda con una sonrisa y sigue hacia su estudio. Se sienta en su sofá de cuero marrón, acerca la mesita de madera y se pone a escribir con su bolígrafo de tinta negra. No recibe llamadas, no consulta su celular, no lee el periódico, no habla con nadie. Solo mi mamá entra varias veces al estudio, llevando pocillos de porcelana blanca llenos de café negro y humeante, que él bebe sin cesar. A las doce y treinta en punto, deja el bolígrafo sobre el papel; es el momento de dejar de escribir por el día. Se levanta y se dirige al comedor, donde nos sentamos los tres a almorzar. La pandemia deja de ser el tema de conversación; ahora lo único de lo que hablamos es del progreso que ha hecho en su tesis, de las estrategias que le sugiero para mejorar su práctica de escritura o de algún episodio fascinante de la historia colombiana del siglo XVI.

Algunos días lo noto resuelto y decidido; en otros, es obvio que está fatigado y que tiene dudas sobre completar a tiempo su ponencia; en algunos más, está meditabundo, y tan solo puedo intuir que su mente está batallando con frases rebeldes que se resisten a encajar.

Los días transcurren con un frenesí inusitado, en una cuenta regresiva cargada de suspense. Todos estamos en ascuas, deseando saber si logrará completar su manuscrito. Mi mamá continúa llevando tazas de café arriba y abajo; debe haber preparado hectolitros de la bebida en este tiempo. Y desde la distancia, mi hermana le da ánimos cada vez que habla con él por teléfono. Mi rol es diferente; tengo que encontrar como sea el paradero de un antiguo y voluminoso tomo que fue publicado hace sesenta años, el cual mi papá insiste es una fuente indispensable para su trabajo: "Sin esa referencia", sentencia él, "la tesis quedará incompleta". Con la ciudad aún en modo de encierro, paso horas pegado al teléfono, llamando a todas las librerías de la ciudad, en busca de la "Historia Extensa de Colombia, Volumen XIII, Tomo I", escrito por su tocayo, Juan Manuel Pacheco. Solo después de muchos días de búsqueda será Don Félix, el librero de la legendaria Torre de Babel en el centro de Bogotá, quien dará con su paradero, y quien raudo nos lo envíe con su mensajero en bicicleta.

Ahora, ya solo estamos a menos de una semana del día de la entrega, mi papá redobla sus esfuerzos para terminar las últimas correcciones. Una vez que el manuscrito está finalmente listo, debe transcribirse a máquina, todas esas hojas han sido escritas a mano. Para la delicada tarea, mi papá convoca nuevamente a la Señora Gladys, quien fue su fiel secretaria durante décadas. Ella, ahora disfrutando de su retiro, atiende la llamada. Aún conserva su destreza en el teclado y conoce bien la letra de mi padre; en tan solo una tarde, transmuta con perfecta exactitud la tinta sobre el papel en señales digitales que vuelan por internet.

Y entonces, es martes 19 de noviembre. La Academia de Historia Eclesiástica de Colombia una vez más está en sesión. Mi papá se ha peinado y afeitado con esmero, y luce un saco de color naranja muy vivo que mi mamá le ha escogido para que destaque bien en la cámara. Lo instalo en mi habitación y me aseguro de que todo funcione a la perfección: el computador, el micrófono, la cámara de alta resolución, incluso un anillo de luz para que esté bien iluminado. Él está nervioso pero enfocado. La agenda del día tiene su ponencia como tercer punto. Es su momento de brillar.

Fuera de cámara, mi mamá y yo vemos con alegría cómo avanza página tras página, así durante una hora. Escuchamos las muchas historias que nos contó durante los almuerzos, historias de arzobispos y conquistadores, e indígenas irreverentes que se resistían a la fe cristiana. Y escuchamos cuando llega la hora de las preguntas y respuestas, y cuando le anuncian que su ponencia ha sido aceptada y que ahora es el nuevo miembro de número de la academia.

Yo observo todo esto en silencio. Solo puedo pensar en estos extraordinarios meses y en la lección de voluntad que mi papá me ha impartido. Y recuerdo nuestra caminata, cuando me confesó su pesar por haber dejado pasar los años sin plasmar sus palabras en papel. No sé si aún lamentará no haber escrito cuando tenía mi edad, pero lo que sí sé es que no se arrepiente de no haber escrito a la edad que tiene hoy.

4 Comments

  • Posted diciembre 30, 2023
    by Angela

    Fantástica trilogía! Se la leí en voz alta a mi mamá y ya cuentas con tres fans (incluida mi bebé acá dormida). Esperaremos la siguiente saga. Un abrazo

    • Posted enero 2, 2024
      by Ricardo Pachon

      Angela, mil gracias por ese comentario!!! No te imaginas lo mucho que significa para mi. Gracias por tus palabras y tu apoyo. Un abrazo grande y te deseo a ti y a tu familia un maravilloso 2024.

  • Posted diciembre 31, 2023
    by Ivanov

    Awesome story Ricardo, and having the privilege of knowing your family, I can see the events unfolding on my mind as you describe what’s happening in those days. Thank you for sharing!

    • Posted enero 2, 2024
      by Ricardo Pachon

      Vanuchis, thanks so much for your comment. Indeed, you know all the characters in the story as you are part of the family 🙂 un abrazo mi hermano.

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