Comiendo con extraños

Durante los últimos 40 años, Jim Haynes ha dado la bienvenida a un ejercito de extraños para que cenen junto a él en su casa en París. En "Meeting Jim", un documental que narra su historia, vemos que todo comenzó de manera bastante casual, cuando una amiga que se había quedado en su casa por algunos días ofreció en agradecimiento preparar una cena para él y sus amigos. Este evento, tal vez de poca trascendencia, se convirtió eventualmente en una tradición dominical a la cual los amigos de Jim traían invitados que no necesariamente eran conocidos de él. Pero a medida que pasaban los años, y su reputación de anfitrión maravilloso crecía, la gente empezó a escribirle directamente, preguntándole si podían acompañarle en su cena comunitaria semanal. Inicialmente, estos eran típicamente compatriotas estadounidenses que estaban en la ciudad durante algunos días, pero luego, con la llegada de Internet, las solicitudes empezaron a llegar de todo el mundo.

Hoy en día, solo necesitas enviarle un correo electrónico a Jim, preguntándole si puedes acompañarlo en una fecha específica, aunque las cenas se realizan ahora solo el primer domingo del mes. Una velada típica reúne a decenas de personas que nunca han conocido a Jim ni a los otros invitados, y durante unas horas, todos disfrutan de algo de comida, algo de vino, algo de música, pero, sobretodo, de la compañía de un grupo de extraños. Jim no tiene una gran teoría ética o filosófica sobre sus reuniones. Cuando se le preguntó qué había detrás de su deseo de poner todo ese esfuerzo durante tantos años, respondió: “No lo sé. ¿Inercia? Solo pienso que, bueno, es domingo. Es tiempo de cenar”. Ampliando un poco más su respuesta, revela que le da un gran placer reunir personas, sirviendo como un eje central para que se conecten entre sí. En el lenguaje moderno, lo llamaríamos un "nodo central de la red", y de hecho hay quienes lo describen como el padre del "networking", un apelativo que muy posiblemente ni le interesa tener.

Jim estima que unas 130,000 personas han pasado por su casa para estas cenas, suficientes para convertirlo en una especie de celebridad, particularmente entre los viajeros. Puedes imaginar que alguien que tiene el espíritu de tener las puertas abiertas de par en par para cualquier persona debe ser alguien muy especial, y estarías en lo cierto. Descrito por la prensa como un "legendario empresario del arte de vanguardia", Jim ha estado involucrado a lo largo de su larga y productiva vida en numerosos proyectos culturales en Europa, incluida la creación del Traverse Theatre en 1963, que establecería el estándar artístico para las compañías que asisten al mundialmente famoso Festival Fringe de Edimburgo. Después de algunos años en Escocia e Inglaterra, se trasladó a París, donde fue profesor de Estudios de Medios y Política Sexual durante 30 años en la Universidad de París.

Pero aun así, a pesar de su impresionante currículum en las artes, serían sus cenas dominicales a puertas abiertas las que le trajeron fama, y las que me llevaron a su casa una fría noche de noviembre del año pasado.

Reuniendo gente

La primera vez que escuche de Jim y sus comidas fue cinco años antes, en octubre de 2014. Me acababa de mudar de mi apartamento en Old Street y me estaba instalando en uno nuevo, a solo un par de cuadras de la frenética Liverpool Street, en la planta superior de un edificio de ladrillos de color marrón tostado de cuatro pisos. Con la mitad de las cajas de mudanza aún por vaciar, ya estaba haciendo planes para hacer una pequeña inauguración del apartamento y celebrar la alegría de pagar 1,500 libras al mes por alquilar esa minúscula caja de zapatos en el centro de Londres. Pero me estaba volviendo un ocho con la logística: ¿Cuántas personas realmente podrían caber en esa pequeña sala de estar sin poner a todos en peligro? ¿Debería preocuparme por las alergias alimentarias entre mis invitados? Y, ¿qué tan malo sería ser "el tipo aquel", ese que apenas mudarse ya estaba perturbando la tranquilidad inglesa del edificio?

Todas estas son preguntas tontas que pasan por la mente de alguien que, como yo, tiende a pensar demasiado y solo ha desempeñado un puñado de veces el papel de anfitrión. Y aunque sabía que había respuestas prácticas a la mayoría de las preguntas, aún quedaba la cuestión de cómo traer a una reunión social a un grupo de personas que apenas se conocían entre si. Mis amigos en Londres, en su mayor parte, formaban una red dispersa de individuos y parejas aisladas, cuya única cosa en común, hasta donde yo sabía, era su amistad conmigo. El problema era entonces predecir cuánta química podría haber entre tipos muy diferentes de personalidades, valores e intereses que eran cubiertos por este grupo de extraños.

Sabía que no era la primera persona que se enfrentaba a este acertijo: cualquiera que haya estado cerca de la planificación de una boda sabe que el problema de optimización de “quién va en qué mesa” es particularmente complicado de resolver, con restricciones casi imposibles de cumplir. Entonces, busqué en Google algunos consejos sobre cómo manejar la situación, y debí haber buscado algo como “cenar con gente que no se conoce”. Hojeando la larga lista de artículos inútiles y predecibles de revistas y blogs de estilo de vida, llegué a la página personal de Jim Haynes y me enteré de sus cenas. Su idea, de conectar con personas más allá de su red cercana, me pareció fascinante de inmediato. Pero que lo hiciera mientras desempeñaba el papel de anfitrión me parecía más intrigante aún, quizás el resultado de haber presenciado innumerables reuniones que mis padres organizaron durante décadas con gracia, elegancia y calidez en su casa de Bogotá, y atendidas por sabrá Dios cuanta gente.

Por desgracia, yo no era ningún Jim Haynes. Y aunque por algunos días soñé sobre lo genial que sería recrear esas reuniones, incluso de una manera más pequeña y humilde, superar la pereza resultó ser demasiado difícil. Al final, ni siquiera hice mi fiesta de inauguración del apartamento, después de convencerme de no hacerlo con alguna excusa trivial. Si logré organizar durante algún tiempo una serie de Sunday roasts en un pub cercano a la estación de Waterloo, y algunas reuniones para tomar unas pints en la City después del trabajo. Todas estas fueron ocasiones alegres con algunos amigos, quienes a su vez invitaban a algunos allegados suyos, dándome la oportunidad de conectarme con personas que nunca había conocido. Siempre pensé que probablemente así era como había comenzando todo en París para Jim. Sin embargo, nunca me atreví a servir como anfitrión en mi propio piso para ninguno de estos eventos.

Una noche en París

Aún así, durante mucho tiempo mantuve presente la historia de Jim, y finalmente el año pasado vi en mi calendario una ventana de oportunidad para ir a París precisamente el primer domingo de noviembre. Mi amiga Sabeen estaba planeando un viaje a París para las mismas fechas, y cuando se enteró de que yo iba a esta peculiar cena, se ofreció acompañarme. La tarde antes de la cena fuimos al Musée des Arts Décoratifs, cerca del Louvre, donde quedamos deslumbrados por una exposición de la Década de Oro del cartelismo cubano de los años sesenta. Cuando vimos la hora, nos dimos cuenta de que ibamos ya tarde, y tuvimos que apresurarnos a regresar a nuestro hotel en la esquina del Boulevard du Montparnasse con la Rue de Rennes, para cambiarnos de ropa por algo más apropiado. Desde allí, un taxista gruñón nos recogió y nos llevó a la casa de Jim, al otro lado del XIV distrito de París.

La 83 Rue de la Tombe Issoire es uno de esos edificios parisinos por excelencia del estilo clásico Haussmann, con una hermosa fachada de piedra de color crema y pequeños balcones que dan a la calle. Una puerta metálica de color verde oscuro se abre a un patio largo y estrecho lleno de plantas, y caminando por el callejón, a la derecha, un pequeño tramo de escaleras conduce al apartamento. El lugar se veía exactamente como esperarías que fuera el hogar de un académico estadounidense que vive en París: techos altos, con grandes ventanas que dan al jardín y pisos a cuadros de baldosas blancas y verde oliva. La cocina abierta está justo al lado de la pequeña y acogedora sala de estar, donde un par de sofás blancos están cubiertos con mantas y cojines de diferentes colores y patrones, mientras que en las paredes cuelgan largos estantes con decenas de cuadros y libros. Quiero pensar que había música de fondo, algo así como el saxofón de Paul Desmond, pero para ser honesto, probablemente esto solo es como a mi memoria le gusta recordar la atmósfera de esa noche.

La puerta estaba abierta cuando llegamos, y los aproximadamente 30 invitados ya estaban conversando animadamente. El lugar estaba lleno y la gente buscaba un lugar donde poder sentarse o incluso pararse sin estorbar a los demás. Menos de cinco minutos después de llegar, Sabeen y yo ya habíamos tomado diferentes direcciones, acercándonos a diferentes personas para hablar. Había hombres y mujeres de todas las edades, quizás con un ligero sesgo hacia las generaciones mayores, la mitad de ellos turistas y la otra mitad expatriados, procedentes de Suecia, Francia, Estados Unidos, Reino Unido y Australia. Me presenté a Jim, que estaba sentado cómodamente en un sofá, y le agradecí por darnos la bienvenida a su casa. Fue amable y amistoso, e intercambiamos algunas palabras antes de que cada uno de nosotros ya estuviera hablando con otras personas.

Iniciar una conversación con cualquiera de esos desconocidos no podría ser más fácil: solo tenías que acercarte a cualquier grupo y presentarte. El rompehielos estándar era preguntar cómo se habían enterado de las cenas Jim, y de ahí arrancaba la conversación sin ningún problema. Noté con alivio que mis compañeros no caían en la trampa de simplemente recitar sus currículums o monopolizar la conversación. Encontré en este grupo de desconocidos perfiles interesantes, anécdotas divertidas, un par de puntos de vista intrigantes y curiosidad por saber quién era la persona que tenían frente a ellos. Como era de esperar de cualquier evento social de esta naturaleza, también hubo un par de bichos raros que podrían matarte de aburrimiento, pero siempre podías escapar simplemente girando 180 grados sobre tus talones. En general, sentí que había un efecto de autoselección en esa casa, en el sentido de que las personas que encuentran emocionantes las cenas de Jim también son el tipo de personas a quien les anima conectarse con extraños.

No recuerdo mucho de la comida, aparte de que era sencilla, honesta y abundante: una ensalada con un pastel de hojaldre, chile con arroz, y de postre, helado. Dos amigos de Jim estaban a cargo de distribuirlo y hacían una gran labor manteniendo a todos los comensales bien alimentados mientras nos entretenían con algunos chistes. Las bebidas fluían libremente e incluían vino, jugos de frutas y refrescos.

El tiempo pasó volando y, después de tres horas, todo llegó a su fin. Sabeen y yo fuimos de los últimos en irnos. Intercambiamos números con algunos de nuestros nuevos amigos y nos despedimos de ellos a la vuelta de la esquina de la Rue d'Alesia. Pensamos que sería una gran idea tomar una última copa antes de cerrar la noche, así que comenzamos a buscar un bar mientras regresábamos al hotel. La Avenue René Coty y el Boulevard Raspball estaban completamente vacíos, pero por suerte, justo cuando estábamos a punto de abandonar nuestra búsqueda, encontramos un restaurante que seguía abierto. Charlamos durante una hora en ese lugar mientras tomábamos la última copa de vino de la noche, recordando los coloridos personajes que acabamos de conocer donde Jim, y prometiendo que haríamos algo similar cuando regresáramos a Londres. Sería algo a una escala mucho menor, cada uno de nosotros invitando a tres o cuatro amigos que no se conocieran. Idealmente, no todos serían banqueros o consultores, y organizaríamos la cena en mi apartamento. Ambos prepararíamos la comida, pero como ella es una cocinera fantástica, era muy probable que yo pudiera ayudarla sólo como el lavaplatos. Y prometimos que organizaríamos estas cenas con regularidad, quizás una vez cada dos meses.

Solo un mes después, me encontraba en la estación de Euston en Londres, despidiéndome de Sabeen y su novio, Matt. Se les acababa de abrir una nueva oportunidad en los Estados Unidos, y se estaban mudando a Nueva York. Nunca tuvimos tiempo para organizar las cenas que planeamos esa noche, ni siquiera la primera. De vuelta en mi casa, tumbado en el sofá y molesto por la partida de otro par de buenos amigos, recordé ese viaje a París y lo divertido que fue. Y comencé a pensar en las lecciones que aprendí de la maravillosa cena de Jim Haynes.

Próxima entrada: Ocho lecciones de las maravillosas cenas de Jim Haynes

1 Comment

  • Posted octubre 1, 2020
    by Nolya Quintero Rave

    Gracias recordado “ripacho” fue un placer volver a escuchar tus ingeniosas palabras en mi mente, claro con un tono de voz inventado… Jajajajaja un abrazo que bueno saber de ti

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