De Vuelta a la Escritura: Confesiones, Alegrías y Cavilaciones Tras un Periodo de Silencio.

El año 2023 está llegando a su fin, y un eco persistente se mantiene en mi mente: 'No he logrado escribir nada'. Los días pasan, todo cambia en mi vida, lo único que se mantiene intacto es una página en blanco que me mira fijamente. Y es que la idea de sumergirme otra vez en un mar de pensamientos y palabras realmente me aterra. Pero antes de admitir la derrota, decido darme una nueva oportunidad. Al fin y al cabo, si mal no recuerdo, la escritura me traía varias alegrías. ¿Pero cuáles eran?

Esta es la primera de estas tres entregas sobre la escritura, lo difícil que es escribir y cómo mantener el rumbo cuando rendirse parece la única opción.

Lo Más Sensato es No Escribir

Hablo con un amigo que no veía desde hace algún tiempo. A mitad de la conversación, y para cambiar de tema, me increpa: 'Oye, no has vuelto a escribir nada en tu blog. ¿Qué pasó?'.

Su observación me halaga: me maravilla que alguien haya seguido con tanto interés y paciencia lo que escribo en este blog, hasta el punto de notar mi ausencia.

Pero también me avergüenza: cada vez escribo menos, absolutamente nada desde antes del verano. Un texto en el que estuve trabajando durante meses lo abandoné incompleto, sin esperanza de poder publicarlo. E incluso el año pasado solo logré escribir una fracción de lo que había producido en años anteriores.

¿Alguna excusa? Muchas, pero ninguna de peso, todas flojas. Por ejemplo, podría justificar que este año he estado completamente absorto en otras cuestiones: cambiar (otra vez) de apartamento; dejar la empresa en la que estuve durante doce años y comenzar un nuevo trabajo; organizar una decena de viajes entre Londres, Bogotá y Europa; atender algunos asuntos familiares, con la complejidad adicional de tener que hacerlo a distancia. O también podría excusarme diciendo que he estado replanteando el enfoque de lo que escribo, porque, admitámoslo, mis últimas publicaciones fueron densas, largas y difíciles de navegar (¿tres mil palabras sobre las bondades de la descentralización en los modos de producción? ¿cuatro mil palabras más sobre mi problema con el pronombre 'nosotros'?).

O quizás, solo quizás, es que escribir me agotó. Escribir es muy difícil, y hacerlo por períodos prolongados de tiempo exige un tipo muy singular de resistencia. Estás metido en tu cabeza todo el tiempo, en tu mente solo habitan ideas desordenadas, solo tienes una hoja en blanco frente a ti. Navegas entre mares de párrafos, que después de un tiempo ya no logras dilucidar si son buenos o malos, si los amas o los odias. Y después de horas y horas contorsionándote sobre la silla, con los ojos adoloridos y las manos entumecidas, logras completar aquello que querías; tu felicidad es grande, pero efímera: mañana te espera otra hoja de papel en blanco.

Barack Obama —ese gran escritor que incidentalmente fue presidente— decía que ser escritor se sentía igual a tener deberes escolares cada noche por el resto de tu vida. Tenía toda la razón.

Es obvio, lo más sensato sería no perder el tiempo escribiendo. ¿Entonces, por qué diablos me dio por hacerlo en primer lugar?

Diciembre 31, 2017

Camino. Siento bajo mis pies el contorno irregular de las calles empedradas de Villa de Leyva. El sol se va, el cielo arde, naranja y púrpura. Es el último día del año. La plaza del pueblo es un hervidero de luces y de vida. Pitos de coches, gente por todas partes, risas, gritos, copas que chocan en el aire. La pólvora retumba, se entrelaza entre las rancheras y los vallenatos que salen a todo volumen desde las tiendas. El aire cargado, mezcla de fritura, cerveza y polvo. Un polvo fino, picante y terroso que se mete en mi nariz, que nubla mis ojos. Voy en medio de una marea humana, los perros callejeros zigzaguean para no quedar atrapados en el remolino.

Doblo una esquina. Me adentro en una calle alejada y algo oscura, la ilumina un farol distante y un aviso de neón que titila. El bullicio se convierte en susurro, las risas se dispersan, el aire fresco y frío despeja los olores mezclados de la fiesta. He estado tan metido en mi cabeza que hasta ahora vuelvo a reparar en la presencia de mi papá, quien va a mi lado, su mirada clavada en el piso, caminando con cuidado de no meter un pie entre las piedras. Antes de entrar a la plaza estábamos hablando de algo que ahora no logro recordar, nos hemos quedado en silencio. Mi mente está en Londres, y en cierta decisión que tendré que tomar en cuanto regrese allá en unos días. Me debato entre dos opciones (siempre son dos opciones) pero ambas parecen imposibles. Estoy seguro de que me arrepentiré de tomar una y no la otra, pero no logro saber cuál es cuál.

Vuelvo la mirada a mi papá. Él sigue con su paso lento, su rostro calmado, sus pensamientos quién sabe en dónde. Sonrío. Cuando tenga su edad, seguro que no me importará en lo más mínimo ninguna aflicción que esté cargando yo hoy. Seguro en el presente no hay ninguna acción o inacción mía que por sí sola reverbere a lo largo de la malla del tiempo y le pegue a mi Yo en cuarenta años.

¿O sí?

Estoy siendo ingenuo. Claro que hay pesares que se transportan por décadas. ¿Acaso no terminamos todos arrepintiéndonos de las mismas cosas? ¿De no haber pasado más tiempo con la familia, de no haber mantenido más de cerca a los amigos, de haberle dedicado demasiado tiempo al trabajo? Pero es difícil imaginar que haya algo que se escape a esa lista un poco obvia de pesares.

Entonces, me surge la duda.

'¿Hay algo de lo que te arrepientas de no haber hecho a mi edad?' – así, de la nada y a quemarropa le pregunto a mi papá.

Y él, sin dudarlo un instante, con la certeza de quien ya ha reflexionado sobre esa misma cuestión, responde sin ambigüedad: 'No haber escrito. No te imaginas lo mucho que me arrepiento de no haber escrito. Siempre tuve tantas cosas en la cabeza, tantas de las que quería escribir, pero... pero nunca supe cómo hacerlo. De física, de historia, de religión. ¡Ay! de tantas cosas'.

Y cierra los ojos y sacude la cabeza con rabia: 'Cuando tenía tu edad debí haber escrito'.

Seguimos caminando. La calle es empinada y oscura, en el horizonte se alza la sombra de una montaña gigante, y arriba de estas, el cielo negro punteado de estrellas brillantes que palpitan. Hemos quedado ambos en silencio, yo sacudido por su confesión. La angustia de mi papá me resulta sorprendente, pero ahora que me la revela, también obvia. Sus palabras son de tal sinceridad que por un instante puedo sentir ese mismo vacío que él siente. Y desde ese vacío se ve una luz, una ventanita por la que tal vez yo pueda escapar —por la que tal vez los dos podamos escapar.

Mi mente es expulsada del atolladero en el que estaba antes, ve todo con claridad, y ahora solo piensa en una cosa:

Tengo que escribir.

Los Tres Placeres de Escribir

Esa charla de fin de año con mi papá me dio tal empujón, que durante los siguientes cuatro años escribí unas 115 mil palabras en 71 entradas de este blog. Todo ese material sería suficiente para llenar un libro de más de 400 páginas. Pero claro, no hay libro: quien me haya leído se habrá dado cuenta de que todas esas miles de palabras están regadas en una decena de temas, cada uno más dispar que el otro, desde viajes espaciales hasta violencia en Colombia, desde epistemología hasta mercados financieros. Es tal la diversidad de temas que tuve la necesidad de crear una categoría con el nebuloso nombre de “Observaciones”, donde van a parar todas esas entradas que no logro clasificar. Mi personalidad algo obsesiva con el orden me hace sufrir cuando tengo que reconocer que esa categoría es, de hecho, la que hoy en día tiene más entradas en este blog.

Quizás hubiera podido invertir mejor todas esas horas de escritura en un solo tema que pudiera resultar en un libro —un objeto con mucho más lustre que un blog flotando en el éter. Quizás.

Pero es que para mí lo de escribir no arrancó como un proyecto calculado, con una meta clara y una fecha de entrega razonable, sino como una fuente de placer. O más bien, de placeres, porque en realidad son tres los que yo descubrí durante esas cientos de horas frente al computador, pero cuya existencia intuí al instante mismo de la confesión de mi papá.

El primer placer es el de crear, de poder reconocer que allá afuera hay algo mío, algo que no existiría si no fuera por mi voluntad y mi acción. Una a una, fui trenzando palabras en frases y luego estas en textos que ahora andan por ahí, algunos chuecos, otros con mejores acabados, tan reales como si fueran una colección de figurillas de arcilla. (Andan por ahí no sé por cuánto tiempo; uno de estos días va y el servidor en el que ellas reposan se derrite y adiós a las 115 mil palabras, pero digamos que por el momento andan por ahí).

Reconozco que, en lo que debe ser un ejercicio de narcisismo puro, encuentro de lo más sabroso regresar de vez en cuando a leer algunas de esas entradas que escribí hace tiempo. No es porque me maravillen la calidad de los textos —aunque sí me deleito cuando me topo con una frase bien lograda—. Tampoco es porque me deslumbren mis propias observaciones —aunque sí siento orgullo cuando reconozco que tuve una idea original—. Es tan solo que, con el tiempo, puedo poner distancia con eso a lo que alguna vez le dediqué horas y horas de trabajo, y ahora puedo apreciar mejor su existencia como algo externo a mí, algo que es, de cierta forma, independiente de mí.

Aunque nunca nos conocimos, estoy convencido de que Roberto Bolaño estaba pensando en mí cuando afirmó: "Todos los escritores, incluso los más mediocres, los más falsos, los peores del mundo, han sentido la sombra de ese éxtasis de la creación".

Pero el proceso de creación a través de la escritura es, de hecho, agonizantemente lento. Permítanme ilustrar esto con un ejemplo: teclear sin pausa las dos mil palabras que forman este texto podría tomarme unos quince minutos; sin embargo, dar vida a estas mismas palabras desde la nada, hasta alcanzar su versión final, me llevó unas quince horas. Esto representa una relación de 60 a 1 entre el mero acto mecánico de escribir y el trabajo —esencialmente intelectual— invertido para moldearlo. Se podría uno imaginar que escribí 60 variaciones de este mismo ensayo antes de dar con uno que me gustara lo suficiente como para publicarlo.

Los ensayos que finalmente publico en este blog son tan solo la iteración más reciente de un juego que comienza cuando cruzan por mi mente una o dos ideas más bien vagas. Estas ideas son siempre fragilísimas; en cuanto trato de darles vida en forma de palabras, tienden a desvanecerse. Sin embargo, cuando logro atrapar algunas y las plasmo sobre una hoja en blanco, empiezo a jugar con ellas, las muevo de un lugar a otro tratando de encajarlas; intento variaciones, corrijo y hago cambios; escribo algo que luego borro y que luego vuelvo a escribir.

Para mí, el segundo placer de escribir es el de armar ese rompecabezas, uno cuya figura solo se te revela cuando lo has completado. Sus piezas, de bordes difusos, cambian constantemente de forma y de color. Comienzas el juego con tan solo un par de ellas, pero luego, lentamente, van cayendo sobre tu cabeza, una tras otra, más y más. Y puede ser un juego de lo más cruel, porque siempre, sin excepción, te enamoras de algunas de esas piezas – esas frases que escribes y te dices “qué oración tan ingeniosa”, “qué formulación más precisa”, “qué idea tan profunda” – pero luego, tras darles vueltas por horas y horas, te das cuenta de que nunca lograrás encajarlas en ningún lugar. Entonces, sin piedad, te toca sacrificarlas, arrancarlas de tu vida, olvidar que alguna vez vivieron en tu mente. Sufres un inmenso dolor al descartarlas, todo por continuar el juego, todo con la esperanza de algún día terminarlo.

Escribir es ensamblar un rompecabezas en soledad: un desafío intenso y profundamente personal. Me sumerjo en este mundo, perdiéndome por horas o incluso días en cafés y en mi estudio, con la única compañía de mi computadora y una taza de café humeante. Crear este espacio personal, un refugio donde mis pensamientos fluyen libremente, es un privilegio que valoro inmensamente, y que seguramente muchos envidiarían. Pero, curiosamente, no es este aislamiento voluntario lo que más me seduce de la escritura. El tercer placer que encuentro al escribir no radica en el distanciamiento del mundo exterior, sino en la peculiar conexión que logro establecer con familiares, amigos y, ocasionalmente, con desconocidos a través de mis palabras.

Cuando escribía con cierta frecuencia, era común que, al toparme con amigos o incluso colegas en la oficina, ellos comentaran sobre lo que había publicado la semana anterior o quisieran debatir sobre las ideas más provocadoras que recientemente había expuesto. Ya fuera en forma de elogio, crítica, o simplemente para hacerme saber que me habían leído, cada encuentro reforzaba la sensación de que, a través de este blog, había logrado un nivel de conexión con los demás que iba más allá de lo cotidiano.

Al fin y al cabo, escribir en un blog y lanzar palabras a navegar por las corrientes de internet no es más que la versión contemporánea de aquella viñeta cómica del náufrago atrapado en la diminuta isla desierta. En ella, un náufrago —barbudo, flaco y solitario— introduce cuidadosamente un pedazo de papel con una nota escrita a mano en una botella, y la lanza al mar, albergando la ilusión de que alguien la encuentre y, quizás, responda.

18 Comments

  • Posted diciembre 17, 2023
    by Jean Phillippe Tissot

    Muy bonito escrito Pachon! No sabia que habia cambiado de trabajo y espero que sus cosas personales sean buenas. No se pierda. Yo comparto lo difícil que es escribir, especialmente ahora que soy padre. Lo quiero mucho

    • Posted diciembre 19, 2023
      by Ricardo Pachon

      Gracias JP! Todo marchando muy bien por este lado. Felicidades por su nuevo rol de papa. Un abrazo.

  • Posted diciembre 18, 2023
    by Angela Jaramillo

    Comparto en comentario de JP. Un texto no sólo bonito sino entretenido y que además resuena en mi mente como las palabras de tu papá. Solía escribir tanto (aunque sin publicar) y ahora es un deseo que sólo pospongo y postergo. Me alegra leerte de nuevo. Un abrazo grande

    • Posted diciembre 19, 2023
      by Ricardo Pachon

      Gracias Angela 🙂 Ojalá vuelvas a escribir! Te mando un abrazo grande.

  • Posted diciembre 18, 2023
    by Wolf

    Interesante reflexión, que creo que nunca había hecho de esa forma, pero que ahora que la leo en tus palabras, me siento bastante identificado… Con motivos diferentes, con un estilo distinto y con temas que no tienen nada que ver, pero claramente los tres placeres están allí. Curioso reflexionar sobre ello.

    • Posted diciembre 19, 2023
      by Ricardo Pachon

      Gracias por el comentario amigo. Sin embargo creo que la parálisis de escritor es algo que has sufrido muy poco desde que comenzaste tu blog. Un abrazo.

  • Posted diciembre 19, 2023
    by Rubén

    Me pregunto si algún náufrago habrá recibido alguna respuesta a su epístola embotellada, para solo después comprobar que es de otro náufrago sin posibilidad alguna de venir al rescate del primero. Como quien publica (no solo escritura, sino cualquier tipo de arte) en este océano – plankton somos, saturando el agua, cada cuál albergando un mundo interior y notando de vez en cuando con envidia a alguna ballena emitir su canto largas distancias. Casi inadvertidos del tráfico marítimo humano, e ignorantes del millar de señales (sonar, electromagnéticas…) que estructuran un planeta que de por sí es una entidad absolutamente inconcebible a nuestras pequeñas conciencias planktonianas. Pudiera parecer que la analogía acabe de volverse un tanto retorcida.
    Lo que en realidad quiero decir es que casi todos somos blogs que sueñan con ser ballenas sin saber que ahí fuera existe… internet.

    • Posted diciembre 24, 2023
      by Ricardo Pachon

      Nuevamente, gracias por tu observación. Me encanta la reflexión de que al fin y al cabo todos estamos en nuestras islas, enviando botellas al mar, viendo quién las podrá recibir.

  • Posted diciembre 22, 2023
    by Chirag

    Love your writing. Your message in a bottle is definitely being found, passed around and inspiring others along the way. Keep it up!

    • Posted diciembre 24, 2023
      by Ricardo Pachon

      Thanks so much for your encouragement to keep writing. Means a lot to me!

  • Posted diciembre 22, 2023
    by Rodrigo

    En mis primeras horas de desconexión.. (por estas fechas por lo general hacemos el viaje a la inversa), que suerte encontrarme con esta lectura y con la demoledora e inspiradora frase de su padre! Fuerte abrazo y pendiente de la siguiente entrega!

    • Posted diciembre 24, 2023
      by Ricardo Pachon

      Doctor, muchas gracias por sus palabras. Ya subí hoy la segunda parte, espero la pueda leer en su viaje. Un abrazo.

  • Posted diciembre 23, 2023
    by Allan Rodriguez

    Creo que es la entrada de este blog que más he disfrutado leer. Valió la pena la espera. Una muy buena combinación de honestidad, transparencia e inspiración. Bien logrado!

    • Posted diciembre 24, 2023
      by Ricardo Pachon

      Mil, mil gracias mi estimado Ilich. Espero que hablemos pronto de este y otros temas más. Un abrazo.

  • Posted enero 1, 2024
    by Daniel Andrés

    «He aquí un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho».

    • Posted enero 2, 2024
      by Ricardo Pachon

      Daniel, un saludo grandísimo. Gracias por tu comentario. Espero que todo este marchando muy bien por tu lado.

    • Posted enero 2, 2024
      by Ricardo Pachon

      Lei tu mensaje, te lo respondí con otro hace un momento, pero me quedó en la cabeza la frase que dijiste: simplemente no sabía bien a que te referías. Volví entonces al computador a buscarla. Llegue a San Juan 4, 29:39. Ahora estoy leyendo todo el capitulo…

      • Posted enero 3, 2024
        by Daniel Andrés

        Apreciado Rick,

        ¡Qué bueno que fuiste a leer el capítulo completo! La historia de la mujer samaritana es una de mis favoritas.

        El aludido comentario fue porque me vi plasmado en tu escrito. Jaja.

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