Tus emisiones de CO2: El número que deberías monitorear en el 2020

Te comes una hamburguesa. Conduces tu auto. Pones tu ropa a lavar. Compras una botella plástica de agua. Enciendes las luces.

Las acciones minúsculas que realizabas todos los días se han reformulado repentinamente como gestos perversos de imprudencia que ponen a nuestro planeta en grave peligro.

Si últimamente has desarrollado cierta conciencia ambiental y deseas hacer algunos cambios positivos en tu vida para ayudar a mitigar la crisis climática, puede que te sientas abrumado por la avalancha de mensajes que te instan a dejar de vivir por completo.

Los esfuerzos bien intencionados de algunos activistas para impulsar a la gente a cambiar se basan en la conocida estrategia de propagación del miedo. Sin embargo, como generalmente no experimentamos las consecuencias catastróficas del cambio climático en nuestra vida diaria, esta estrategia necesita conectar nuestra existencia mundana a nivel individual con el deterioro del medio ambiente a escala global. Por ejemplo:

  • Ayer comí una deliciosa hamburguesa de carne de res de El Corral de 125 gramos.
  • Esa hamburguesa contribuyó a los aproximadamente 15 kilogramos de carne que comí en total este año.
  • Esa fue mi parte de los 330 millones de toneladas de carne consumida por miles de millones de personas en todo el mundo en 2019.
  • La producción de toda esa carne requirió que se mantuvieran unos 290 millones de vacas en casi 30 millones de kilómetros cuadrados de tierras (que luego serían sacrificadas).
  • El metano producido por las vacas, los recursos que requerían para mantenerse con vida y la deforestación inducida por el cambio de bosques a pastizales, produjeron un total de casi 3 mil millones de toneladas de CO2 emitidas en la atmósfera.
  • Todo ese CO2 ayudó a agotar los 300 mil millones de toneladas de CO2 que quedan por liberar antes de que el calentamiento global cruce algunos umbrales peligrosos.

De una inocente comida hasta el Apocalipsis, todos los eslabones de esta cadena son correctos, pero de alguna manera hay algo profundamente insatisfactorio y casi cómico en esta manera de ver la crisis climática. El problema con esta táctica de yuxtaponer lo grande y lo pequeño es que, en general, nunca ha sido una buena idea poner la carga de todos los pecados de la humanidad en individuos ordinarios y aislados. Conectar el final de los tiempos con algo que hace la gente todos los días, cambia las mentes de las personas a un oscuro modo religioso de arrepentimiento o, cuando recuerdan que en el gran esquema de las cosas una sola vida siempre es irrelevante, los convierte en cínicos.

Para mí, conocer las cifras intimidantes que describen el calentamiento global a nivel planetario es la única forma de entender la crisis climática. Sin embargo, al mismo tiempo, encuentro todos esos números completamente inútiles cuando quiero hacer ajustes en mi vida. Durante algún tiempo, he estado explorando formas en que puedo traducir mis propias preocupaciones sobre el medio ambiente en acciones en mi vida diaria, pero en esa búsqueda, deliberadamente me aparto las historias de terror de un planeta 6 grados más cálido, y me enfoco exclusivamente en mí como fuente de emisiones de CO2.

Así como si quieres adelgazar lo primero que necesitas saber es tu peso, si deseas hacer un cambio positivo para ayudar al medio ambiente, lo primero que necesitas saber es tu cantidad de emisiones de CO2. En ese espíritu, ¿qué tal hacer uno de tus propósitos de nuevo año para 2020 estimar, monitorear e incluso reducir tus emisiones?

Conoce tu línea de base

No se puede administrar lo que no se puede medir” es un mantra favorito de los gerentes de negocios que se aplica perfectamente para el desafío de mitigar tu impacto ambiental.

Si la crisis climática es tu principal preocupación ecológica, la cantidad de emisiones de CO2 es la métrica correcta que vas a querer monitorear. Puede parecer confuso, pero los números que normalmente encuentras de las emisiones de CO2 incluyen no solo las cantidades liberadas de dióxido de carbono sino también otros gases de efecto invernadero, como el metano o el óxido nitroso. Estas cantidades se transforman adecuadamente en la cantidad equivalente de CO2 con el mismo potencial de calentamiento global (algunas personas usan el término emisiones equivalentes de CO2 cuando quieren enfatizar ese punto). Además, ten en cuenta que a veces encontrarás en algunas publicaciones referencias a emisiones de carbono en lugar de emisiones de CO2. La relación entre las dos es simple: una tonelada de carbono equivale a 3.67 toneladas de dióxido de carbono.

Uno de los problemas con las emisiones de CO2 como medida es que no tenemos una idea práctica de lo que representa. El año pasado, cada persona en el planeta emitió, en promedio, 4.8 toneladas de CO2, lo que suena bastante, pero como el gas es invisible, es difícil para una persona común relacionarse con ese número. Algunos activistas/artistas talentosos han creado globos gigantes que representan el tamaño de una sola tonelada de CO2, que luego exhiben en parques y calles. La experiencia visual que obtienes de ellos es inmediata y sorprendente: una tonelada de CO2 es enorme, ¡aproximadamente del tamaño de una casa tradicional de dos pisos!

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En promedio, cada persona infla anualmente cinco de estos globos negros gigantes con CO2 y luego los libera en el aire.

Probablemente sepas que uno de los elementos más acalorados en las discusiones sobre el calentamiento global es que nuestras contribuciones al problema no son homogéneas. Es común escuchar que tu estilo de vida determina tu cantidad de emisiones; sin embargo, a veces no nos damos cuenta de que la variable más crítica que describe tu estilo de vida es simplemente el país donde vives.

Por ejemplo, las emisiones promedio per cápita en los Estados Unidos en 2018 fueron de 16.6 toneladas de CO2, más de tres veces por encima del promedio mundial. Sin embargo, un hecho que seguramente muchos estadunidenses encontraran chocante, es que sin importar que tan poca energía algunos crean consumir, o cuán comprometidos están con el medio ambiente, sus emisiones de efecto invernadero son, como mínimo, el doble que las de una persona promedio en el mundo.

La razón de este hecho impactante es que, incluso si eres un indigente, un monje o un hippie abraza-árboles, al final de cuentas te beneficias de todos los servicios prestados por el gobierno de los EE. UU: La policía y el ejército, el sistema judicial, las carreteras y puentes, educación pública y bibliotecas, e incluso el torpe sistema de bienestar social que tienes allí. El acceso potencial a todos esos servicios significa que cada persona en los EE. UU. tiene un piso en sus emisiones de CO2, que es de 8.5 toneladas por persona. Puedes encontrar los detalles del estudio que obtuvo estos resultados en este documento escrito por un profesor del MIT y sus estudiantes en 2008(los números seguramente han cambiado desde entonces, pero probablemente no la conclusión). Es urgente que se prepare una versión actualizada de esta investigación, específica para cada una de las principales economías del mundo, ya que la misma lógica seguramente se aplica a todos los países.

Si quieres hacer una primera aproximación de cuánto son tus emisiones de CO2 por año, comienza con el promedio per cápita del país donde vives. Este número te dará una buena indicación de la magnitud de tu contribución, y puedes usarlo como una primera estimación que luego refinarás incorporando tus circunstancias particulares, sumando o restando CO2 dependiendo de las acciones que decidas realizar.

La decisión que tomé hace unos años, de trasladarme de Colombia a Europa fue la acción más impactante que he tomado en términos de mis emisiones de CO2: las emisiones promedio en Colombia son de solo 1.5 toneladas, en comparación con las 10.3 en los Países Bajos, y las 5,7 toneladas en el Reino Unido. Creo que esto es algo que mis amigos expatriados deben tener en cuenta, en particular, aquellos de nosotros que nos mudamos de países con bajas emisiones a países con altas emisiones.

Una nota final sobre las métricas: tu emisión de CO2 es la única a la que debes prestar atención. He visto algunas mediciones sin sentido, como la cantidad de hielo perdido en el Ártico por tus emisiones, o el “número de años de viajes sostenibles” que estos representan. Supongo que sus creadores están tratando de hacer más vistoso el impacto ambiental, pero la realidad es que nadie les presta atención a estos números, son poco precisos, y no son comparables.

Simplemente controla tus emisiones de CO2.

Enfocándose solo en una cosa

Uno de los mensajes más engañosos promovidos por algunas facciones del movimiento ecologista es que cada cosa que haces es una fuente de contaminación irreparable. La ilusión que crean con esta narrativa es que todas las acciones tienen el mismo peso, lo que lleva a las personas a cambiar los hábitos que son los menos efectivos para reducir su huella de carbono.

El mejor ejemplo de esta estrategia engañosa ha sido la guerra contra el plástico. Las poderosas imágenes de criaturas marinas que luchan con las bolsas de plástico que cubren los océanos han causado tal alboroto que los gobiernos y las empresas privadas de todo el mundo han tomado medidas decisivas para que su uso sea cosa del pasado. Esta es una gran victoria, hasta que te das cuenta de que el efecto de eliminar el plástico de nuestras vidas tiene un efecto casi invisible en términos de reducción de las emisiones de CO2 y, por lo tanto, es irrelevante como mecanismo para combatir el cambio climático. (Este punto lo hace más elocuentemente el artículo “Todos deben callarse sobre la contaminación plástica“, que salió hace poco en Wired Magazine).

Todos tenemos límites al tiempo y energía que podemos dedicar a dar sentido al mundo y sus innumerables problemas, por lo que establecer una jerarquía de lo que importa y lo que no, no es opcional sino esencial. Comprender cuál es tu impacto real de CO2 más allá del promedio per cápita en tu país (que debería ser tu línea de base) es bastante desafiante, ya que depende en gran medida de tus circunstancias particulares y estilo de vida. La información que normalmente encuentras en línea, sobre qué cambios en tu vida serían los más beneficiosos para el medio ambiente, casi siempre es incorrecta. El problema es que están concebidos para ser utilizados por el mítico “ciudadano promedio”, que consume una cantidad promedio de recursos y emite la cantidad promedio de carbono. No hace falta decir que sin importar quien eres, siempre estarás lejos de ser un ciudadano promedio.

Para enfrentar esta complejidad, este año decidí identificar mi fuente más importante de emisiones de CO2 y dejar el resto en pausa. ¿Cuál sería el punto de rediseñar mi viaje diario al trabajo si representa menos del 5% de mis emisiones totales? Un simple ejercicio de introspección revelará que la mayoría de tus contribuciones de CO2 provienen de una actividad repetitiva y que seguramente estará asociada al consumo de energía generada por combustibles fósiles, transporte, gestión de residuos o nutrición.

En mi caso, utilizo el transporte público, obtengo la electricidad de un proveedor de energía verde y, por lo general, no tiro comida ni ropa. Sin embargo, como carne con cierta regularidad, y también hago un puñado de vuelos intercontinentales cada año. Aunque las emisiones globales asociadas con el consumo de carne son tres veces mayores que las de la industria de la aviación, tengo claro que mis hábitos de comer carne están en línea con los de una persona promedio en el Reino Unido, mientras que mis frecuentes vuelos de larga distancia son una anomalía. Esto me motivó a hacer de mis viajes aéreos mi principal preocupación medioambiental, y dejar todo lo demás a un lado (por el momento).

En mi próxima entrada mostraré en detalle mis cálculos de las emisiones de CO2 de cuando vuelo. ¡Prometo que será un ejercicio divertido!

Esta es la cuarta entrada de mi serie sobre Cambio Climático:

  1. No estoy orgulloso de volar (pero tampoco me da vergüenza)
  2. No estoy orgulloso de volar (pero tampoco me da vergüenza) – Parte 2
  3. Millones de humanos necesitan billones de árboles
  4. Tus emisiones de CO2: El número que deberías monitorear en el 2020

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