Las elecciones son una tecnología fascinante pero tóxica

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Desde hace un tiempo he desarrollado un interés particular por las elecciones, no en casos específicos de tal país en tal año, sino más bien entendiéndolas como uno de los fenómenos sociales más trascendentales de nuestros tiempos. Puede parecer extraño que en un mundo convulsionado por una avalancha de urgentes preocupaciones, sea un tema tan aparentemente aburrido como las elecciones el que capte mi atención. Después de todo, ellas están tan arraigadas en nuestras sociedades que pueden parecer tan naturales como las nubes en el cielo. ¿Y qué tipo de persona encuentra las nubes fascinantes?

Cada elección es importante ya que dan forma a las sociedades de manera profunda y duradera. Por ejemplo, hoy el Reino Unido celebra una que, en teoría, debería resolver de una vez por todas ese tema imposible que es el Brexit y definirá cómo nuestro país enfrentará la desafiante década de los 2020. Las emociones están al máximo porque es imposible permanecer indiferente a lo que está en juego. Como cualquier otra persona que viva en esta isla, tengo fuertes preferencias en este asunto y creo que uno de los resultados sería preferible que el otro. Por lo tanto, puede que tuviera mérito compartir mi punto de vista sobre estas elecciones, tal vez a manera de revelar mi posición en el espectro político, o quizás como un intento por darle sentido a la realidad política actual (incluso si ese intento resulta algo ingenuo, como sucedió la última vez que escribí un artículo sobre la política británica).

Sin embargo, me abstengo de escribir sobre los Johnsons y los Corbyns. Prefiero elaborar más en el meta-tema de las elecciones, que trasciende el aquí y el ahora, y que, para mi sorpresa inicial, reúne una amplia variedad de elementos de historia, sociología, psicología, ética, economía e incluso matemáticas.

Desde el año pasado decidí abstenerme de votar, haciéndome así parte del 45% de la población que no votó en las elecciones presidenciales colombianas de 2018, y del 30% que hoy no se pasará por el puesto de votación. Explicarle a otros las razones de esta decisión me motiva también a escribir sobre las elecciones, algo que comencé a hacer el año pasado, pero que seguramente me llevará miles de palabras más, y un par de años para terminar. Pero no hay afán. Después de todo no importa el año, ni la época del año, siempre habrá un lugar, en algún lugar del planeta donde algunas elecciones históricas a punto de celebrarse.

No todas las tecnologías están hechas de silicio

Mi percepción de las elecciones cambió radicalmente cuando dejé de adorarlas como si fueran un ritual sagrado y comencé a pensar en ellas de manera más crítica. Por supuesto, hace tan solo un par de años habría negado enfáticamente que la votación fuera irracional, que mi voto fuera inútil o que sus mecanismos internos fueran inherentemente corruptos. Las elecciones eran un privilegio y un deber – afirmaba yo convencido – y la democracia solo se fortalecería si tan sólo más personas se tomaran la molestia de votar. ¿De qué otra forma podrías explicar que tantas personas decentes (familiares, amigos, maestros, científicos, artistas, Mark Zuckerberg, influencers de YouTube, etc.) hicieran una campaña tan vigorosa a favor de elecciones limpias y justas en todo el mundo? ¿Cómo no podría ser evidente que las elecciones son buenas para la humanidad cuando la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 las menciona explícitamente, junto a otras verdades evidentes como, por ejemplo, el derecho a alimentos, ropa, vivienda y atención médica? De hecho, la Declaración Universal de Derechos Humanos establece en el artículo 21 (3):

La voluntad del pueblo será la base de la autoridad del gobierno; esto se expresará en elecciones periódicas y genuinas que se realizarán por sufragio universal e igualitario y se celebrarán por votación secreta o por un procedimiento de votación libre equivalente.

Cuestionar las elecciones requiere que reformules tus puntos de vista sobre su naturaleza, porque si las consideras algo sagrado, no puede convertirlas en tema de estudio objetivo. Para mí, ese momento de reformulación llegó cuando escuché por primera vez que las elecciones son una forma de tecnología.

Casi cualquier definición de tecnología puede ayudarnos aquí. Tomemos, por ejemplo, una o dos líneas de la entrada de Wikipedia de ese término: “La tecnología es la suma de técnicas, habilidades, métodos y procesos utilizados en la producción de bienes o servicios o para el cumplimiento de objetivos. […] La forma más simple de tecnología es el desarrollo y uso de herramientas básicas.

Con esto en mente, considera por un momento la siguiente idea: la tecnología electoral es la recopilación de procedimientos, reglas y cálculos (el proceso) que se utiliza para producir una decisión colectiva (el servicio) al agregar las preferencias de todos los ciudadanos, para que puedan todos expresan su voluntad (el objetivos) que constituye la base de la autoridad del gobierno. La tecnología electoral ha producido tipos específicos de elecciones (las herramientas), como el sistema de dos vueltas utilizado en Colombia, o esa dicha que es el escrutinio mayoritario uninominal del Reino Unido (first-past-the-post).

Quienes me conocen entenderán ahora por qué estoy fascinado con las elecciones. Me encanta la tecnología en todas sus formas, y he pasado muchos años de mi vida desarrollando soluciones que pueden considerarse “tecnológicas“. Como cualquier otra persona, solía tener una visión estrecha de lo que es la tecnología, asociándola exclusivamente con semiconductores, aviones y computadoras. Me llevó un tiempo entender que las interacciones humanas, tradicionalmente el tema de las ciencias sociales, también están sujetas a revoluciones tecnológicas.

Podemos concebir que la tecnología se relaciona solo con fenómenos que se rigen por las leyes de la naturaleza, tal vez pensando que si los bienes o servicios en cuestión no involucran las ecuaciones de Maxwell, entonces no deberían recibir esa etiqueta. Pero “la tecnología es la aplicación del conocimiento científico con fines prácticos“, como se indica en el Oxford English Dictionary, una definición que no favorece la física, la química y la biología sobre la economía, la sociología o la psicología. El conocimiento científico se presenta de muchas maneras, y el propósito práctico no siempre exige el desarrollo de un vistoso gadget.

Tan pronto como cambias tu paradigma de lo que son las elecciones y comienzas a percibirlas como otro tipo de tecnología, te empiezas a hacer preguntas incómodas: ¿Pueden las elecciones organizar a la sociedad de la manera que queremos? ¿Tienen algún efecto nocivo? ¿Hay alternativas a las elecciones? Al igual que cualquier otra pieza de tecnología que los humanos hayan creado, las elecciones pueden diseccionarse y estudiarse cuidadosamente, y son propensas a ser mejoradas o reemplazadas.

Money, it’s a hit

David Van Reybrouck, en su brillante libro “Contra las elecciones” , ya describe las elecciones en un pasaje como una “tecnología anticuada para convertir la voluntad del pueblo en gobiernos y políticas”. Sin embargo, solo entendí las profundas implicaciones de ese punto de vista después de comprender que el dinero, esa otra pieza sempiterna de nuestras sociedades, es también tecnología, una idea discutida por Felix Martin en el maravilloso libro “Dinero: Qué es, de dónde viene, cómo funciona” .

Según Martin, el dinero, como tecnología social, se compone de tres elementos fundamentales: (1) una unidad abstracta de valor; (2) un sistema de cuentas que monitorea los saldos de crédito o débito de las personas; y (3) la posibilidad de transferir dichos saldos a otros. Con una formulación tan precisa, Martin lanza un análisis histórico de los principales desarrolladores de la tecnología monetaria, desde los fenicios del Levante en el siglo VIII a. C., con sus sofisticadas prácticas contables, hasta los banqueros centrales del siglo XXI, con sus políticas de quantitative easing.

Nuestro conocimiento sobre el dinero es profundo y extenso: sabemos bien de sus debilidades y fortalezas, y cómo se comporta bajo una amplia gama de regímenes. Durante siglos hemos refinado los procesos de creación del dinero y las instituciones que se encargan de producirlo y manejarlo. Y aunque está lejos de ser perfecto, el dinero es una tecnología avanzada, una que ha cautivado mi interés durante al menos una década de mi carrera profesional.

La promesa que le hace el dinero a las sociedades que lo adoptan es llevar simultáneamente libertad y estabilidad, pero como hemos aprendido con gran esfuerzo, este es un objetivo difícil de lograr y que no se puede alcanzar nunca por completo: las dos fuerzas siempre están en tensión, y una siempre termina cediéndole el paso a la otra. Este argumento lo hacen recurrentemente los críticos más acérrimos del dinero, muchos de los cuales preferirían verlo desaparecer por completo.

¿Y las elecciones? En comparación, estas no son más que alquimia, prometiendo transmutar a través de una magia invisible las preferencias de los individuos en algo que llamamos “la voz del pueblo”. Con millones de habitantes, incentivos y motivaciones que están mal alineados, y agentes que caen fácilmente en trampas cognitivas, tal agregación de preferencias es solo el material de fábulas o, más exactamente, historias de terror.

En busca de los ingenieros de la democracia

Uno puede tener la tentación de decir que el nivel de sofisticación de las elecciones no se ha movido una pulgada desde los tiempos de Pericles en la antigua Grecia, pero esto no es del todo correcto. Los académicos han estudiado las elecciones por décadas, y ahora tenemos un vasto conocimiento sobre ellas con la que nos informamos sobre sus limitadas capacidades y abundantes deficiencias: sesgo de representación, disonancia cognitiva de los votantes, falta de legitimidad, vulnerabilidad a la publicidad engañosa, desconexión de el pueblo y sus gobernantes, afianzamiento de familias políticas, corrupción... La lista es interminable, pero tal vez la lectora ya puede identificar por su propia experiencia algunas piezas temblorosas en el “prístino” aparato electoral.

Nuestro profundo conocimiento de la teoría de las elecciones contrasta con el estado atrasado de su práctica. La situación es tan ridícula como si todavía estuviéramos usando telégrafos mientras tenemos un conocimiento profundo de la electricidad. O si todavía estuviéramos usando monedas de oro como la única forma de dinero, mientras tenemos un conocimiento avanzado de economía y finanzas. Lo que hace que las elecciones sean una tecnología inferior, a pesar de los avances en su teoría fundamental, es su rotunda falta de innovación.

Es solo a través de prueba y error que una tecnología puede desarrollarse plenamente, pero en el caso de las elecciones, las hemos mantenido encerradas en una caja de vidrio, siempre con miedo de tocarlas. La teoría solo puede llevarlo a uno hasta cierto punto, después del cual se debe confiar en observaciones empíricas para realizar ajustes y mejoras. Como matemático, he descubierto con placer los muchos teoremas que se han demostrado con rigor sobre las elecciones (solo piensa en el teorema de imposibilidad de Arrow, del cual se han escrito muchas tesis de doctorado y artículos especializados). Sin embargo, reconozco que tales ideas necesitan encontrar un camino que las lleve del papel a la realidad.

Necesitamos ingenieros de la democracia: personas capacitadas con el conocimiento teórico sobre la participación social y la forma en que las personas toman decisiones, pero también sobre los efectos de agregar enormes cantidades de información que representan las preferencias individuales. Estos ingenieros de la democracia deben tener la mentalidad de, bueno, ingenieros, es decir, deben tener un enfoque sistemático para resolver problemas, en el que se analicen los errores de algunos experimentos para proponer soluciones alternativas. Los ingenieros normalmente se preocupan por la robustez, escalabilidad, eficiencia, y fiabilidad de sus creaciones, y se entrenan durante años para mantener todos esos elementos alineados. Del mismo modo, los ingenieros de la democracia deberán encontrar maneras de involucrar al público en una participación democrática activa, al tiempo que protegen al sistema de los ataques de las grandes corporaciones, los políticos corruptos, los gobiernos extranjeros e incluso nuestros propios cerebros.

Pero hay una transformación en marcha. En la última década, el estancamiento en que estaba sumida la tecnología de democracia ha empezado a dar paso a una nueva ola de propuestas alternativas sobre cómo formamos nuestros gobiernos: votación en línea, votación cuadrática, sortition (i.e. selección aleatoria), asambleas de ciudadanos, democracia fluida, epistocracia, avatares electorales. Todos ellas son innovaciones genuinas que tienen el potencial de transformar la organización social que ha prevalecido por los últimos 200 años.

¿Cual es el mejor sistema de todos? No tengo idea, pero supongo que será una combinación de varios procedimientos que se ejecutan en paralelo, a diferentes escalas de resolución de la población y en múltiples ventanas de tiempo. Supongo que incluirá algunas formas de votación, pero también elementos de muestreo aleatorio. Hasta ahora, solo hemos probado algunas variaciones del mismo juego electoral que ya se usaba hace más de dos mil años, por lo que aún nadie está en posición de decir qué funciona y qué no. Lo único que sabemos con certeza es que no podemos dejar de innovar hasta que hayamos logrado arreglar la democracia.

Por desgracia, los enemigos de cambiar el juego son poderosos y están en todas partes, y necesitaremos nada menos que una revolución para hacer de la transformación una realidad.

Continuará.

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