La Protesta y el Disturbio

ProtestasBogotáEFEAP

Los eventos de las últimas 72 horas en Colombia giran en torno a tres grupos fundamentales de personajes:

  • Los que salieron el Jueves a marchar, protestando contra el gobierno por las razones equis, ye, y zeta.
  • Los que salieron el Viernes a echar piedra, quemar estaciones de Transmilenio, saquear tiendas y apartamentos, robar un bus, y al final de la jornada, obligar al alcalde de la capital a imponer el primer toque de queda en más de cuarenta años.
  • Los que salieron el Sábado a recriminarle a los que salieron el Jueves por los desmadres que cometieron aquellos que salieron el Viernes.

Uno podría pensar que los del Jueves y los del Sábado no tienen nada en común, pero la verdad es que coinciden en al menos tres puntos:

  • Que protestar es legitimo.
  • Que la violencia no es aceptable.
  • Que los del Viernes son la minoría.

Habiendo señalado estos tres puntos, que son algo triviales, quiero señalar otro, igualmente trivial, pero que tal vez se les está olvidando a muchos: Y es que si los del Jueves son realmente serios con respecto a sus objetivos, van a tener que empezar a sentirse más cómodos con eventos como los del Viernes y las recriminaciones de los del Sábado.

Las protestas que sacudieron a Colombia cobijan un extenso rango de reclamaciones que de ninguna manera van a resolverse tras un día de marchas.  Chile, que está marcando la pauta de cómo hacer estas cosas, nos enseña que de lo que estamos hablando es de meses de acciones sostenidas y de alto impacto. Eso significa que si los manifestantes están convencidos de que ha llegado la hora crucial para refundar la República, o por lo menos remover al actual gobierno, esto es solo el comienzo, y lo que pasó esta semana tendrá que repetirse una y otra vez.

La esencia de la movilización en Colombia es pacífica, pero eso no significa que sus promotores puedan impedir la violencia que se puede desatar cuando salen a la calle cientos de miles de personas con la intención de derribar estructuras sociales rígidas y antiquísimas. Los manifestantes no son homogéneos ni en sus formas ni en sus peticiones, y más bien forman un continuo que abarca desde pacifistas que iban haciendo meditación durante la protesta, hasta los amantes del tropel.

Estoy seguro que podemos encontrar ejemplos por todas partes de mundo de movilizaciones que han sido relativamente pacíficas y que no se han salido de control, pero a juzgar por los ejemplos recientes de los países vecinos, no resulta descabellado pensar que una ola de protestas de gran magnitud en Colombia venga acompañada de violencia. En nuestro país operan estructuras criminales de todos los tamaños, desde pandillas formadas por un puñado de delincuentes, hasta ejércitos con dominio territorial. ¿Realmente nos sorprendería que algunos de estos grupos puedan encontrar terreno fértil para sus acciones en medio del caos que traen las protestas? Claro, el Estado debería garantizar la seguridad en todo momento pero (y espero que no se les escape la ironía) esta protección viene del mismo gobierno que los manifestantes pretenden remover por incompetente.

Quienes salieron a protestar han buscado marcar distancia de los violentos: ellos son los del Jueves, no los del Viernes. Sin embargo en su afán de que no se les junte con los vándalos, han caído en la trampa de imaginar que el movimiento es de pureza angelical, y que es fundamentalmente incompatible con la violencia. Tan solo tomó un par de videos confusos y la magia de las redes sociales para que se amplificara un mensaje de negacionismo sobre todo lo que pasó el Viernes. Parecieran decir “El movimiento es impoluto, todo lo que ocurrió fue un montaje”. Pero pensar de esta manera es un error garrafal, porque tal ingenuidad genera un punto ciego por donde pueden causar un daño terrible a ellos mismos y a los demás.

Salir a protestar en estos tiempos, y con demandas tan ambiciosas, no es asunto de poca monta, y por lo tanto se deben asumir unas responsabilidades mínimas que no se evaporan simplemente por decir “Yo salgo a la marcha y condeno la violencia”. Es indispensable reconocer que con estas acciones se están asumiendo riesgos, y uno de ellos es que ocurran desmadres como los que vimos esta semana en Colombia, o a lo largo de los últimos meses en otros países de la región.

Lo valioso de reconocer que se está tomando un riesgo es que se puede poner en perspectiva la recompensa que uno busca, y esto le imprime dinamismo y determinación a las acciones que siguen. Por ejemplo, una manifestante puede calcular que el riesgo de abrir espacio a los violentos es pequeño pero que en cambio los posibles cambios sociales son enormes, y que por lo tanto hay que aceptar que si bien pueden haber daños, estos son colaterales. Habrá otro que vea que el precio que hay que pagar por seguir adelante es demasiado alto y decida no participar en la protesta. Y habrán otros más que entiendan que definitivamente hay un riesgo de agitar a las masas, pero decidan buscar minimizarlo lo más posible.

Aquí en Inglaterra llevamos todo el año con las acciones de Extinction Rebellion, un movimiento ambientalista que promulga la desobediencia civil para forzar al gobierno a tomar medidas con respecto al cambio climático. Las acciones que toman los del ER son ilegales, porque logran colapsar por horas el funcionamiento normal de las ciudades, y varios de sus activistas han terminado en prisión. Uno puede pensar lo que quiera del ER, pero de lo que uno si no se puede quejar es de que no tengan perfecta claridad de los riesgo que asumen con sus actos, del impacto que tienen en los demás – en especial de los que no hacen parte del movimiento – y del precio que están dispuestos a pagar por sacar su agenda. Todo esto está perfectamente consignado en su librito “This is Not a Drill”, en el que no solo cubren reflexiones sobre aspectos éticos y económicos del ambientalismo, sino también puntos prácticos de cómo organizar una protesta y qué hacer en caso de ser arrestado.

Los colombianos tenemos una relación compleja con la violencia porque llevamos sumergidos en ella por décadas. Una sugerencia pasajera de ser un facilitador produce inmediato y enérgico rechazo – es entendible. Pero si los que salieron a protestar en Colombia son realistas y están convencidos de que esta es la oportunidad que estaban esperando para reiniciar el país, también tienen que entender que hay facciones violentas que se quieren aprovechar del momento. Decidir si esto es motivo suficiente o no para desalentarlo a uno a ejercer su derecho a la protesta, es un cálculo personal. Lo que uno si no puede hacer, de ninguna manera, es taparse los ojos e ignorar que cualquiera de nuestros actos (y sobretodo aquellos que buscan cambiar el estatus quo) producen ondas que se difunden por todo el entretejido social.

Los eventos puntuales del Jueves, el Viernes, y el Sábado son significativos pero no importantes en el largo plazo. La historia de Colombia no se partió en dos tras las jornadas de protesta, violencia y reproche. Lo que realmente importa es lo que viene en las próximas semanas. El presidente ya convocó a un dialogo nacional, que muy seguramente va a dejar insatisfecho a todos, incluso antes de que se sienten a la mesa. Una siguiente jornada de protesta está en los cálculos de todos. Con la información que tenemos, lo que resta es que cada quien decida cuál va a ser su siguiente acción cuando seamos convocados de nuevo a salir a las calles.

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