No estoy orgulloso de volar (pero tampoco me da vergüenza) – Parte 2

Me despierto.

Tengo un ligero dolor de cabeza, probablemente causado por la deshidratación y los cambios en la presión de la cabina. Reviso mi reloj. 3:16 am. Debo haber dormido durante tres horas, y ahora sé que no volveré a dormir. Dentro del avión todo está oscuro, y solo se puede ver el brillo de unas pocas pantallas dispersas, y las sombras de mis compañeros de vuelo, escondidos detrás de montones de mantas, almohadas, máscaras para los ojos y tapones para los oídos. Todo está en silencio, excepto por el rugido entumecedor de los motores gigantes en el exterior, en su proceso de devorar docenas de toneladas de combustible. Miro a mi lado y veo que los dos venezolanos duermen como troncos. ¡Como envidio a las personas que tienen el poder de dormir en un avión! Enciendo mi laptop y sigo escribiendo.

Esta entrada es la segunda parte de lo que comencé a escribir la semana pasada: No estoy orgulloso de volar (pero tampoco me da vergüenza) – Parte 1

He calculado que esta noche, durante el vuelo entre Londres y Bogotá este avión emitirá 160 toneladas de CO2, la misma cantidad de emisiones que producen 100 colombianos promedio en un año. Esta contribución a los niveles ya altos de gases invernaderos en la atmósfera, es un paso más hacia delante, al precipicio que representa la crisis climática. Sin embargo, lo que me molesta no es este vuelo en particular, sino la serie de vuelos que ya veo en mi futuro, y cuyas emisiones probablemente eclipsarán las de todos mis viajes aéreos anteriores hasta esta fecha.

Mi vida está dividida entre dos ciudades. Mi carrera está íntimamente ligada a Londres, el lugar donde trabajo y yo donde he estado creciendo profesionalmente durante casi una década. Pero mi familia y amigos viven en Bogotá. Hace unos años, me di cuenta de que no podía simplemente abandonar un lugar en favor del otro, y que en mi vida necesitaba equilibrar mi presencia en ambas ciudades. El año pasado decidí que necesitaba pasar más tiempo en Colombia, y desde entonces he aumentado significativamente mis viajes allá. Creo que por el resto de mi vida, cada año haré al menos media docena de viajes como el que hago hoy, cada uno arañando un poco más el medio ambiente.

Ciertamente no soy el único con una vida dividida. Casi todos los expatriados europeos que conozco en Londres vuelven regularmente a casa, ya sea Madrid, Viena o Estocolmo. Lo único que hace que mis circunstancias sean inusuales es que para mí ir a casa implica gastar cinco veces más tiempo en un avión, lo que requiere una planificación cuidadosa. Lamentablemente no puedo simplemente aparecer repentinamente en el aeropuerto un viernes en la noche, y tomar el próximo vuelo para un fin de semana en Colombia.

Para mí, volar no es un estilo de vida, sino la vida misma. No vuelo por el gusto de volar sino porque es el único puente que existe entre las personas que amo y la carrera que amo. Si pudiera, cambiaría en un instante esas interminables horas en los aeropuertos, y luego en las cabinas presurizadas. No es glamoroso, no es agradable, y además sé que estoy arruinando el medio ambiente. Pero volar no es opcional, y sé que no podré parar de hacerlo

Siento un golpecito en mi hombro. Es el chico venezolano. “Amigo, disculpa, ¿podrías dejarme pasar? ”

Cómo perder amigos y alienar personas

Después de horas de oscuridad, la cabina comienza a iluminarse, con delicadas luces que vienen del techo. Algunos pasajeros se despiertan, pero la mayoría todavía está durmiendo. Afuera, todavía está completamente oscuro. Voy a la parte trasera del avión, buscando un vaso de agua, y me encuentro con la azafata de pelo negro que está ordenando algunas cajas. Mientras bebo mi segundo vaso, llega el hombre bajo y calvo que llevaba la maleta gigante, quién pide ahora una ginebra con tónica. “¿No es un poco raro pedir una trago a esta hora?”  – le pregunto a ella después de que él se va. “Sí, algunas personas se ponen muy nerviosas aquí arriba y necesitan beber una copa todo el tiempo” – dice ella mientras se encoge de hombros. Bueno, ¿quién soy yo para juzgar? Vuelvo a mi asiento y a mi propios asuntos.

Los científicos y los ambientalistas han advertido sobre los peligros de las emisiones de CO2 no controladas, pero solo recientemente algunos activistas decidieron abogar por avergonzar a los viajeros de las aerolíneas, con la esperanza de que la presión social los disuadiera de volar. Los activistas del movimiento flygskam quieren que yo me sienta avergonzado de estar aquí arriba, atado a esta pequeña silla, cruzando el Atlántico a 800 kilómetros por hora. Su estrategia no está funcionando en mí.

La vergüenza es un método horrible de intervención social. Denigra tanto al perpetrador como a la víctima; no induce a las personas a comportarse de la manera “correcta”, y generalmente fracasa, porque empuja a las personas a tomar acciones contraproducentes cuando sienten que han sido condenadas al ostracismo. Deb Lemire, presidente de la Asociación para la Diversidad de Tamaño y Salud, lo resume mejor: “Si la vergüenza funcionara, no habría personas gordas“.

La vergüenza y la culpa están en el centro de un ciclo emocional conocido como el efecto “qué más da”, término acuñado por Janet Polivy de la Universidad de Toronto, en el que una persona oscila entre las etapas de conductas excesivas, remordimiento y luego más excesos. Fue documentado por primera vez cuando los investigadores estudiaban los hábitos de las personas que intentan perder peso, y la reacción que tenían cuando rompían sus dieta. Después de tomar un bocado de esa torta de chocolate que no se suponía que podían comer, la gente sentía una intensa culpa y vergüenza. Pero en lugar de dejar de comer en ese momento, que sería lo racional, abandonaban toda esperanza y buscaban consuelo precisamente comiendo más torta.

El efecto “qué más da” permea todo tipo de comportamientos en los que queremos ejercer algún tipo de control, por ejemplo para no beber trago, no fumar, o no excederse el presupuesto mensual. Cualquiera que haya tenido una de esas sesiones desbocadas viendo series de Netflix probablemente conoce esa sensación: “Sí, llevo toda la mañana echado en el sofá viendo televisión… pero ¡qué más da!, mejor termino de ver ya toda la temporada“. Alguien realmente preocupado por el medio ambiente, pero avergonzado por no vivir una vida perfectamente ecológica, puede sentirse totalmente desesperado, convirtiéndose en un cínico:  “Ya estoy emitiendo toneladas de CO2 en este vuelo transatlántico, ¿cuál es el punto de reciclar? ”

El comportamiento puede extenderse en un grupo a través de lo que se conoce como “demostración social”, el fenómeno en el que las personas asumen las acciones de los demás en un intento de reflejar una buena conducta, aprobadas por la tribu. Pero tal contagio proviene de un refuerzo positivo, no de la opresión. Se ha demostrado que hacer que las personas se sientan excluidas o no respetadas, porque no logran algo, les hace perder la voluntad de cambiar. Por otro lado, la recompensa social pública aumenta su confianza en lo que están haciendo y las alienta a continuar incluso ante las dificultades. Como descubrieron los psicólogos, neurólogos e investigadores de mercadeo, es el orgullo, no la culpa, el sentimiento que tiene la clave para cambiar los comportamientos. Así pues, los activistas deberían buscar inspirar a las personas a convertirse en orgullosos ecologistas, informados sobre los desafíos y oportunidades que tenemos por delante para salvar el planeta, y optimistas sobre nuestra pequeña contribución al problema.

Aquellos que piensan que pueden empujar a millones de personas a ser más conscientes del medio ambiente, avergonzándolos con su sentido de superioridad moral, simplemente se están rindiendo a sus propios deseos de intimidar a otros. Soy muy escéptico sobre sus verdaderos motivos, ya que parecen estar más preocupados por impulsar su estilo de vida personal como si fuera la única posible, en lugar de guiar a otros a buscar alternativas sobre cómo manejar su huella de CO2. Supongo que logran un sentimiento de satisfacción al matonear a otros, y dudo que dejen de hacerlo, incluso ante la evidencia que muestra cuán contraproducentes son sus acciones.

Dos azafatas empujan un ruidoso carrito por el pasillo, que lleva una pila de bandejas de plástico rojo, varias cajas de jugos y refrescos, una tetera y una botella grande de agua. “¿Quieres huevos o cereal?”– me pregunta una de ellas. “Café solamente, por favor, mucho café”.

Cuando volar no es opcional

Volamos en espacio aéreo colombiano. Todavía es de noche. Miro por la ventana y veo parches brillantes de luces amarillas dispersas en medio de la oscuridad. Dentro de la cabina, todos ya están en sus asientos, en silencio, esperando que termine el viaje. Algunos tienen los ojos cerrados; otros todavía están mirando sus pantallas. Todos nos vemos exhaustos. En dos semanas tendré que volver a hacer todo esto, cuando regrese a Londres. Pero luego pienso en mis padres, a quienes veré en una hora más o menos. Sonrío. Abro la computadora portátil por última vez, decidido a terminar esta entrada antes de aterrizar.

El cambio climático es una crisis global: no hay duda de ello. Nosotros, los humanos de la era industrial, necesitamos dar un paso adelante en este desafío: no hay alternativa. Las acciones individuales son importantes, tanto desde el punto de vista ético como práctico, y aunque existe cierta confusión sobre qué hacer exactamente, los ideas habituales probablemente te guiarán en la dirección correcta: cambiar a un automóvil híbrido o eléctrico; utilizar el transporte público cuando sea posible; comprar alimentos de origen local; reducir tu consumo de carne; no desperdiciar comida ni ropa; cambiar a proveedores de energía verde; renovar tu hogar para que sea energéticamente eficiente; cambiar a luces LED de baja energía; apagar las luces cuando no las estés usando; reciclar.

Algunas de estas acciones son fáciles de hacer y no cambian ni un ápice tu vida cotidiana. Una amiga que está bien informada sobre los proveedores de energía renovable en Reino Unido me recomendó el mejor (Bulb Energy), y me tomó 3 minutos hacer el cambio. Otros, como el reciclaje, requieren un poco de disciplina para convertirlos en un hábito. Y algunos otros, como reducir la cantidad de veces que comes carne, te piden que seas más creativo para encontrar alternativas.

Sin embargo, evitar volar para reducir tus emisiones es una cosa completamente diferente. El problema es que no hay alternativas, al menos para los vuelos de 1.500 kilómetros o más, que son los responsables del 80% de las emisiones de la industria de la aviación. No volar  es excepcional entre todas las otras acciones ecológicas, porque requiere que reconfigures tu vida por completo. (Otro esfuerzo para salvar el planeta, promovido por algunos dementes, y definitivamente más intrusivo que no volar, es no tener hijos. Algunos investigadores han calculado que cada niño que traes al mundo aumenta tu huella de CO2 en 60 toneladas por año. Pero dejaré a otros comentar sobre esa brillante idea).

No solo los expatriados como yo, que anhelan a sus familias y amigos, son los únicos que tienen razones convincentes para volar. El ejército de viajeros frecuentes incluye principalmente a las personas cuyo trabajo depende de viajar a otras ciudades con regularidad: el consultor que vive en Londres, pero que necesita volar a Copenhague casi todas las semanas; el gerente regional de Latinoamérica, que vive en Carolina del Norte pero necesita viajar todos los meses a Sao Paulo y Lima; la directora de operaciones de la región Asia-Pacífico, que vive en Shanghái, pero se la pasa entre Seúl, Hong Kong y Mumbai. Estoy seguro de que mis queridos amigos anti-sistema están desesperados por eliminar todos estos trabajos (¡especialmente el mío!), pero hasta que llegue ese glorioso día, cuando alcancen la dominación global, es razonable esperar que muchas personas continúen en trabajos que requieren niveles ridículos de viaje.

Y luego, están los trotamundos, esas almas que cruzan por los océanos y las montañas para enriquecer sus vidas y las de los demás, aprendiendo sobre culturas extranjeras y derribando los muros imaginarios que nos separan. Viajar es la vida misma para ellos, y volar no es opcional. Algunos entusiastas de avergonzar a los demás intentarán trazar una línea divisoria entre aquellos viajes que deberían tener la concesión de volar y aquellos que son simplemente un lujo innecesario. Al voluntariado en África se le puede dar una licencia, mas no para ir de vacaciones a un lugar soleado (este es solo un placer vacío pequeño burgués). Pero, ¿quién debería estar a cargo de hacer la distinción?

Es posible que no puedas dejar de volar, pero hay algo que puedes hacer para mitigar tu impacto en el medio ambiente: compensar (offset,en inglés). Esta idea consiste en apoyar proyectos en todo el mundo que ayuden a reducir las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Por ejemplo, puedes donar a un proyecto de plantación de árboles la cantidad de dinero necesaria para neutralizar tu parte de emisión de CO2 en un vuelo largo.

En las próximas décadas, la compensación será un arma crucial en nuestra lucha con la crisis climática. Algunos fundamentalistas han planteado argumentos falsos sobre la compensación, pero el hecho es que esta funciona, está respaldada por la ciencia, y necesitaremos más de esta, no menos. Puedes encontrar en Internet mucha información acerca de la compensación ecológica, pero compartiré mis propios puntos de vista y consejos al respecto en mi próxima entrada.

Resumiendo:

  • Si vuelas: compensa. Cuál es la razón por la que vuelas no es asunto de nadie, y seguramente tienes buenas razones para hacerlo. Pero en cualquier caso asegúrate de compensar.
  • Si decides hacer el sacrificio de no volar: ¡felicidades, definitivamente eres una soldado del medio ambiente! Solo asegúrate de presumir un poco al respecto, ya que reforzará tu compromiso con el medio ambiente y te ayudará a crear las “demostración social” necesaria que otros intentarán replicar.
  • Si estás avergonzando a otros porque crees que eso ayudará a la causa ambiental: ¡para! Se ha demostrado que es una estrategia fallida, y que probablemente fracasará de una manera inesperada. Y también te hace ver como un pendejo.

El capitán hace un anuncio por el altoparlante. Comenzamos a descender.

 

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