No estoy orgulloso de volar (pero tampoco me da vergüenza)

Es una noche lluviosa en Londres, y bebo un vaso de whisky en un bar de la Terminal 2 del aeropuerto de Heathrow. Quería evitar la hora pico, así que salí de mi departamento antes de lo necesario, pero como llegué tan temprano, ahora debo inventarme qué hacer por un par de horas en este lugar. Traje el excelente libro de David MacKay “Sustainable Energy Without the Hot Air”, y estoy enganchado en el capítulo técnico III.C (Aviones II). Este es uno de esos libros que más disfrutas con lápiz y papel. En los 45 minutos que llevo aquí, ya he llenado cuatro páginas con garabatos de ecuaciones y diagramas, siguiendo paso a paso su derivación de la potencia total requerida para mantener un avión en el aire y su fórmula de eficiencia de transporte.

Pero mi mente comienza a alejarse; hay algo en lo que he estado pensando últimamente que me molesta. Hago una pausa, y luego reviso la pantalla de Salidas, colgando alto en una esquina. En letras verdes fluorescentes, todavía se lee:

Bogotá AV121. 22:40. Información de la puerta a las 21:30.

Pienso por un momento. Sí, todavía hay tiempo para otro trago. Pido un segundo whisky, abro el editor de texto y empiezo a escribir esta entrada.

En una hora más o menos, abordaré un Boeing 787-800 para volar 8500 kilómetros sobre el Atlántico, camino a Colombia. En su viaje de 10 horas, el avión quemará 50 toneladas de combustible de aviación, cuyo residuo, cuando sea expulsado del avión, desencadenará una reacción química que producirá 160 toneladas de dióxido de carbono (CO2). Una cuarta parte de ese gas terminará en el océano, y otra cuarta parte será capturada por los árboles, que la combinarán con agua para formar carbohidratos y liberar oxígeno en el proceso de fotosíntesis. El resto del CO2 permanecerá en el aire, suspendido allí durante mucho, mucho tiempo.

Las 160 toneladas de CO2 de mi vuelo no parecen mucho cuando solo piensas en los números actuales. A día de hoy, la atmósfera ya tiene 3.2 billones de toneladas de este gas  por lo que seguramente un aumento del 0,000005% no puede hacer mucha diferencia, ¿verdad? (nota: uso “billones” en español, o sea 3,200,000,000,000 de toneladas; en inglés ese mismo número se escribe 3,200 billions o 3.2 trillons),

Sin embargo, empiezas a sospechar que algo anda mal cuando ves cómo eran las cosas en el pasado: sabemos que durante el último millón de años los niveles de CO2 han oscilado entre 1.5 billones y 2.3 billones de toneladas, y la última vez que el planeta tuvo los altos números que tenemos hoy fue probablemente hace 20 millones de años. Pero desde mediados del siglo XIX, el CO2 se ha disparado, superando las concentraciones que tuvo durante el tiempo en que nuestra especie evolucionó (y por supuesto, las concentraciones que tuvo durante el tiempo en que se desarrolló nuestra civilización). También sabemos que la fuente de este aumento son las emisiones producidas por el hombre que se produjeron a raíz de la revolución industrial y desarrollos tecnológicos como el avión en el que volaré esta noche.

Y te empiezas a preocupar mucho cuando ves a dónde nos dirigimos en el futuro. Aunque hemos estado liberando CO2 en grandes cantidades durante los últimos 150 años, la mitad de estas ocurrieron durante los últimos 30. Actualmente estamos emitiendo 0.04 billones de toneladas de CO2 por año (o sea 400 mil millones de toneladas), producto de todas las actividades humanas, aumentando su concentración en la atmósfera y moviéndonos más lejos de los promedios históricos (y por “histórico”, quiero decir millones de años). El problema (garrafal, terrorífico y catastrófico), es que el CO2 tiene la propiedad de permitir que entre el calor del Sol, pero evita que se irradie fuera de la superficie de la Tierra, manteniéndolo atrapado debajo de la atmósfera. Esta es una propiedad crucial para la vida en la Tierra, ya que ha mantenido nuestro planeta cálido y acogedor para que las plantas y los animales sobrevivan, pero si hay demasiado CO2, el globo puede calentarse peligrosamente. Los científicos han estimado que realmente no deberíamos ir más allá de 3.5 billones de toneladas de CO2 en la atmósfera, ya que romper ese techo perturbará el clima de un modo frenético, amenazando a las sociedades humanas y los ecosistemas de vida en todo el mundo.

En resumen: en los últimos 150 años, nosotros, los humanos de la era industrial, hemos logrado elevar los niveles de CO2 en la atmosfera de 2.3 billones de toneladas a 3.2 billones de toneladas, la mitad de ese aumento producido durante el mismo tiempo que Los Simpson han estado al aire. Realmente no deberíamos superar los 3.5 billones, ya que eso provocará cambios desastrosos en el clima. Entonces, solo nos quedan unos 300 mil millones de toneladas de margen, pero estamos liberando 40 mil millones de toneladas por año.

Yo, y las otras 249 personas que compramos un boleto para el vuelo de esta noche, inadvertidamente contribuimos a comprar y quemar 50 toneladas de combustible, produciendo como subproducto 160 toneladas de un contaminante para el cual ahora solo hay un margen muy estrecho de capacidad. A diferencia de cualquier otro tipo de basura, no fuimos penalizados ni obligados a hacer nada al respecto.

Reviso la pantalla de Salidas una vez más:

Bogotá AV-121. 22:40. Ir a la puerta B39.

¡La cuenta, por favor!”

¡Debería darte vergüenza!

Miro a través de la pequeña ventana del avión, cubierta con gotas de lluvia que, como prismas, distorsionan las luces del aeropuerto. A mi lado hay una larga fila de pasajeros, que intentan llegar a sus asientos, pero que ahora están bloqueados por un hombre bajo y calvo, quien tranza una lucha heroica contra las leyes de la física, tratando de meter una gigantesca maleta de color cereza en el compartimento superior. La gente está entre desconcertada y aburrida, pero nadie se queja, ni ayuda, ni trata de disuadirlo de su misión imposible. Todos estamos pensando: “¿Para qué molestarse? Él ya lo descubrirá eventualmente”. Una joven pareja de venezolanos logra abrirse campo y llegar a mi fila. Verifican los números de los asientos y comienzan a poner sus maletas y abrigos donde queda algo de espacio. Cuando terminan y se sientan a mi lado, los saludo y responden con una gran sonrisa; ellos vuelven a su conversación animada y yo a mi computadora portátil.

La industria de la aviación está en el ojo del huracán que los ambientalistas están llevando a los grandes contaminadores del planeta. La aviación contribuye con casi 900 millones de toneladas de CO2 cada año, pero su impacto en el calentamiento global probablemente sea el doble debido a otras sustancias químicas que los aviones liberan mientras están en el aire (lo que se conoce como forzamiento radiativo). Aunque las aerolíneas del mundo transportan más de 4 mil millones de pasajeros cada año, el número de personas que vuelan debe ser una fracción, ya que cada vez que tomas un avión cuentas como un pasajeros más (el año pasado yo fui equivalente a 26 pasajeros). Además, el 80% de las emisiones provienen de vuelos de más de 1.500 kilómetros, como el mío entre Londres y Bogotá, lo que probablemente reduce aún más la proporción de la población que tiene este tipo de impacto. Un ejemplo específico podría ser más esclarecedor: el CO2 anual per cápita en Colombia es de 1.6 toneladas, lo que significa que las emisiones de las próximas 10 horas de este avión serán las mismas que las de 100 colombianos durante todo un año completo.

El movimiento “flygskam”, que se originó en Suecia el año pasado, aboga por presionar socialmente a las personas y coercerlas para que dejen de volar. La palabra misma traduce como “vergüenza de volar” y el objetivo del movimiento es crear un entorno en el que volar sea mal visto, lo que hace que las personas se sientan avergonzadas de usar aviones. La idea detrás de todo esto es que si hay suficiente vergüenza en las miles de personas que vuelan, por ejemplo, entre Londres y Bogotá, quizás en algún momento decidan no hacerlo más. Avianca, la aerolínea, eventualmente sentiría la caída de la demanda a través de los mecanismos de fijación de precios, haciendo que la gerencia se dé cuenta de que un vuelo diario, como el que estoy tomando esta noche, no es rentable, obligándolos a disminuir la oferta. Quizás con un poco de suerte y mucha vergüenza, flygskam podría hacer que un vuelo directo entre Londres y Bogotá en el futuro sea considerado como una rareza.

El movimiento pone mucho énfasis en los viajes cortos que podrían hacerse en tren, a costa de tomar más tiempo, pero que son recompensados con “tagskryt”, literalmente “alardear del tren”, un tipo de respaldo social que es el otro lado de la moneda del flygskam. Las vacaciones que no se pueden hacer con vehículos que no sean aviones son criticadas como lujosas e innecesarias, y los viajes de negocios se consideran como otra forma de fanfarronería corporativa. Aquí hay algunas ideas de cómo lidiar con este nuevo sentido de vergüenza, propuestas por un activista estadounidense:

En lugar de viajar para asistir a reuniones de trabajo o sesiones de capacitación, busca hacerlas remotamente. Informa a esos amigos tuyos del jet-set que te invitaron a su boda en el Caribe, que no asistirás y en cambio les enviarás un regalo por correo. Dile al organizador de esa conferencia en otro país que, si bien tienes el honor de haber sido invitado, prefieres participar en sesiones en vivo en línea. Comienza a tomar vacaciones en tren o automóvil, en lugar de volar a París u otros lugares lejanos.”

No hay mucha información de cuál es la mejor manera de avergonzar a los otros sobre sus vuelos, pero supongo que todo vale, desde comentarios pasivo-agresivos a tu colega que vuela a Tailandia para las vacaciones, hasta el matoneo en línea a  bloggers e influencers de viajes.

Ciertamente, he visto un fervor vigorizado en las personas que argumentan que algunos de nosotros vivimos vidas poco éticas y que nuestras acciones deberían evolucionar para asimilarse a las de ellos. Que nuestros estilos de vida son opcionales y, por lo tanto, mutables. Y que cuanto más obstinados estemos a transformarnos en ellos, más vergüenza tendrán que infligirnos.

Una azafata de pelo negro me pide que me quite los auriculares:

Señor, ¿podría guardar su bandeja de mesa y apagar la computadora portátil? Estamos a punto de despegar.”

Continua aquí: No estoy orgulloso de volar (pero tampoco me da vergüenza) – Parte 2

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