La Comisión de Estudios Sobre la Violencia – Una Teoría Popular (Pero Equivocada)

En la campaña para la elecciones presidenciales de 2018, Gustavo Petro fue puntual en su diagnóstico sobre la violencia en Colombia. Decía por ejemplo: “Pienso que la violencia es el producto de la desigualdad social y que por tanto la equidad social es la base de la paz”. También afirmaba: “La violencia ha sido generada desde el Poder y con un objetivo: concentrar las riquezas en unas pocas familias herederas del feudalismo y la esclavitud”.

Ya montado sobre la tarima, echando el discurso a sus seguidores, podía redondear un poco más su pensamiento: “Nos han querido convencer que eso que llamamos la violencia y que llaman inseguridad, es el producto de la gente mala… Entonces sus propuestas consisten en quitar eso malo… La seguridad la garantizan llevando presos a los jóvenes…[pero] los enemigos de la sociedad no son los jóvenes, sino los corruptos que generan desigualdad social y por tanto múltiples formas de violencia”.

Independiente de si uno está de acuerdo o no con los argumentos del Sr Petro (yo no lo estoy, como lo expondré en mi siguiente entrada), uno si tiene que reconocerle como un acierto que haya planteado un marco conceptual sobre la violencia, a partir del cual pudiera proponer políticas que estén orientadas a combatirla. Sobra decir que si nuestros gobernantes no tienen claridad de qué es lo que hay detrás de un fenómeno tan complejo como es el de la violencia, no habrá posibilidad de combatirlo eficazmente.

Yo me imagino que el presidente Iván Duque también debe tener una teoría de qué es lo que causa la violencia, sin embargo no la he podido ubicar con claridad ni en sus discursos, ni en sus propuestas de cuando era candidato presidencial, ni siquiera en sus tweets. Pareciera que sus ideas de qué es lo que genera la violencia están en línea con las que tenía su antecesor, y el antecesor de su antecesor, que concebían la violencia dentro del conflicto con las FARC y el negocio de las drogas. Tal vez, tal vez no; es difícil saber.

En la dirección incorrecta

En todo caso, nadie se debería escandalizar de las palabras del Sr Petro. En Colombia ha hecho carrera por décadas la prescripción de que la raíz de la violencia está en fenómenos socioeconómicos que deben resolverse como prerrequisito para que haya paz, y son muchos los políticos que se han suscrito a esa tesis. Por ejemplo, Luis Carlos Galán afirmaba: “Tenemos una violencia social y económica originada en antiguos procesos del país, en desigualdades y contradicciones sociales”.

Hay algo intuitivo y moralmente correcto en señalar a la pobreza o la desigualdad como los principales motores de la violencia, y la apreciación del Sr Petro de que hay “múltiples formas de violencia” no suena descabellada. La verdad es que todas estas ideas tuvieron su origen en un documento académico, encargado por el gobierno colombiano hace más de treinta años, cuyo legado ha sido mantenido con vida todo este tiempo por un grupo de políticos e intelectuales, a pesar de la larga lista de deficiencias que se le han señalado desde su publicación.

En 1987, cuando la guerra contra los carteles estaban llegando a su punto más cruel, el presidente en ese entonces, Virgilio Barco, convocó a un grupo de expertos para hacer un diagnóstico profundo de lo que estaba pasando en el país. Con el nombre de Comisión de Estudios sobre la Violencia (CEV), este grupo publicó un reporte en el que señalaba que lo que había en Colombia era un espectro de violencias, cada una con causas independientes y que afectaban a diferentes segmentos de la población. Así pues, había violencia del narcotráfico y la guerrillera, pero también violencia intrafamiliar, violencia sobre los territorios y por el desarrollo desigual de las regiones, violencia sobre las minorías étnicas, violencia de “limpieza social”, violencia económica ejercida por los ricos, violencia social de la intolerancia, y violencia ejercida por los medios de comunicación.

Para la CEV todo fenómeno social que no estuviera en equilibrio (es decir, prácticamente todo fenómeno social) podía reinterpretarse como un tipo de violencia. Proponer una teoría tan amplia que cubriera todos los matices de nuestra sociedad ciertamente era ambicioso, pero en su afán de ser exhaustivos la comisión terminó diciendo nada. Con tantas violencias, de magnitudes tan diferentes, resulta imposible encontrar un lenguaje común que sirva para reconciliar y medir que es lo que está pasando. Como lo ilustraba genialmente el economista Fernando Gaitán Daza, en su crítica a la metodología de la CEV:

¿Cómo sumar la discriminación por pertenecer a una etnia, los correazos a un niño, la violencia del pájaro loco, la eliminación de los miembros de la Unión Patriótica, el carro-bomba al DAS, la tortura que un capitán del ejercito inflige a un disidente, los sufrimientos debidos al transporte urbano, la destrucción causada por una toma guerrillera, la desigualdad del ingreso o la falta de servicios públicos en los barrios pobres?

La respuesta es que no hay manera, y a quién decida estudiar la violencia con esta visión solo le queda formular un marco tan abstracto como sea posible, para que quepan en él tal variedad de fenómenos. Una explicación predilecta, por ejemplo, era que el origen de nuestros problemas estaba en nuestro legado cultural e histórico, remontándose a las guerras civiles del Siglo XIX, una explicación que a todas luces es absurda. Pero con definiciones tan vagas, los intelectuales que siguieron la línea de pensamiento de la CEV pronto descubrieron  que podían proponer toda suerte de explicaciones basadas en elementos sociales, políticos y económicos del país sin entrar en algún tipo de contradicción.  Y así, la lista de donde debíamos buscar el origen de la violencia se alargaba más y más, incluyendo (citando de nuevo a Gaitán) “el carácter excluyente del Frente Nacional, la centralización política, la baja participación ciudadana, la debilidad de la sociedad civil, la ilegitimidad del Estado, la pobreza, la riqueza, la desigualdad, la colonización, la inversión social, el desequilibrio entre las regiones, el maltrato intrafamiliar, la distribución de la tierra, el espacio publico, la intolerancia, el paisaje urbano, la corrupción, la falta de espacio publico, la perdida de valores, la educación, el madre-solterísimo, las pandillas juveniles, la abstención, las armas de juguete y no sé que más.

Como el problema está tan mal definido, cualquiera de estas explicaciones puede ser satisfactoria porque siempre se puede reacomodar un poco más qué es lo que se entiende por violencia y así jamás se puede falsear la teoría. Si por ejemplo yo digo que la baja inversión social es la causante de la violencia, lo único que tengo que hacer es argumentar que las necesidades insatisfechas de una comunidad es una expresión de la violencia del gobierno a la población, y mi argumento cae de pie. Supongo que habrá alguna virtud en hacer las cosas de esta manera (diferente a poder salirse siempre uno con la suya), sin embargo yo no soy capaz de verla. Este carácter anticientífico no creo que sea el adecuado para entender y proponer soluciones a un problema que, como dije anteriormente, por sus dimensiones pertenece ya más al mundo de la estadística que al de la lírica.

El legado

Aunque quedará claro que soy critico del reporte de la CEV, seria terriblemente injusto que no mencionara las muchas cosas positivas que tiene. Leyéndolo, uno obtiene una imagen muy completa del país en esos terribles años de los 80, que trasciende las historias comunes y los personajes recurrentes que todos conocemos de esa década. Colombia era una bomba de tiempo, pero los autores de la CEV hicieron un trabajo concienzudo y meticuloso para darle un sentido a los desordenados mecanismos que yacían como estructuras de nuestra sociedad, y que estaban a punto de reventarse. El sentido generoso y progresista de la CEV sorprende en una época en que el país estaba aun cerrado y mirando para atrás, pero anunciaba ya las reformas que se estaban fraguando y que se materializarían con la Constitución de 1991.

El reporte de la CEV, más que un artículo de investigación académica, se lee como un manifiesto político, y tal vez por eso ese tipo de lenguaje y visión sigue calando entre quienes están en el negocio de persuadir a las masas y conseguir votos, como el Sr Petro. Y para mas testimonio de su longevidad, nos encontramos con que en plena campana de 2019 para la alcaldía de Bogotá, políticos como Hollman Morris, sin saberlo o no, mantienen inalterada la visión de la CEV cuando plantean sus políticas sobre seguridad para la ciudad.

Desde los años 90 un grupo de académicos decidió separarse de la filosofía de la CEV y postuló que la manera correcta de ver el problema de la violencia era enfocándose exclusivamente en aquellos actos que producen daño físico en las personas. El énfasis en estas investigaciones era en acciones que pudieran ser cuantificadas y analizadas empíricamente, fundamentadas en evidencia que fuera significativa. Una consecuencia de este enfoque es que desestima el enfoque multicausal que proponía la CEV, en el que los investigadores van tirando a la pared toda suerte de hipótesis a ver cual queda pegada, y la remplaza por el ideal de ofrecer una jerarquía de importancia sobre las variables de causación. 

Con este marco conceptual si se pueden hacer avances medibles en la lucha contra la violencia, y podemos preguntarnos realmente qué es lo que la causa: ¿Realmente será la pobreza? ¿O la desigualdad? ¿O la debilidad de la justicia?

Esta es la séptima entrada en mi serie sobre Violencia en Colombia:

  1. La semilla de la duda: El impacto del acuerdo con las FARC en la violencia de Colombia
  2. Predecir la Tragedia: Pronósticos de la Violencia en Colombia
  3. El Acuerdo de “Paz” que no trae la Paz
  4. Dos terroristas hablan en un bar
  5. Si Colombia Fuera un País Normal
  6. Compadre mata al Compadre
  7. La Comision de Estudios Sobre la Violencia – Una Teoria Popular (Pero Equivocada)

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