Si Colombia Fuera un País Normal

Si Colombia fuera un país normal, tendría 2,500 homicidios al año, no los más de 12,000 que tiene ahora.

Me tomó un par de intentos escribir esa frase, porque me parece terriblemente cruda. Suena a que hay algo natural en matar; a que hay un número de asesinatos que es aceptable; a que deberíamos apuntarle a tener un número razonable de homicidios. Suena parecida a la detestable frase aquella del ex-presidente Julio Cesar Turbay: “Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

No. Así cómo no hay justas proporciones de corrupción, no hay ningún número de vidas cercenadas por la violencia con el que podamos sentirnos satisfechos y que sea diferente a cero.

Pero como lo dije anteriormente en este blog, la violencia de Colombia es de proporciones tan ridículas que no puedo sacudir la envidia que me produce ver como otros países, con sus penas y glorias, logran el milagro de no matarse con la sevicia con la que lo hacemos nosotros. Cada comienzo de año, cuando leo en alguna esquina perdida del periódico la cifra consolidad de homicidios para el año anterior, siempre me pregunto ¿no podemos ni siquiera aspirar a ser como el resto de países? Estamos tan alejados del pelotón que tan solo alcanzarlos suena a fantasía.

La medida estándar para medir los homicidios es el número de estos al año por cada 100 mil habitantes. En Colombia viven casi 50 millones de personas, eso significa que hay más o menos 500 grupos de 100 mil habitantes (500 x 100,000 = 50 millones). Los 12 mil homicidios que hubo en Colombia el año pasado se traducen en una tasa de 24 por cien mil habitantes (12,000 homicidios/500 grupos de 100 mil = 24 homicidios por 100 mil habitantes).

La tasa de homicidios en todo el mundo es de 5 por cada 100 mil habitantes. Esto es porque en el planeta hay unos 7,500 millones de personas (o sea, unos 75 mil grupos de 100 mil habitantes), y al año hay alrededor de 375 mil homicidios: 375,000/75,000 = 5 homicidios por 100 mil habitantes.

Si Colombia fuera un país normal y tuviera la misma tasa de homicidios del resto del planeta (5 por 100 mil habitantes), habrían 5 x 500 =  2,500 homicidios al año. Los 9,500 homicidios de diferencia con los 12 mil que tuvimos en 2018 son anormales, idiosincráticos a la guerra que padecemos.

9,500 personas.

Esa es la población de pregrado de una universidad en Bogotá, como la Católica o la Tadeo.

Es la Plaza de Toros de Santamaría en Bogotá casi totalmente llena.

Es el tamaño de un pueblo pequeño mas no diminuto. Revisando la población de los 1,122 municipios, caí en cuenta que muchos de esos lugares maravillosos que habré visitado en mis viajes por Colombia tienen poblaciones de 9,500 o menos: Barichara, Cachipay, Chipaque, Jenesano, Carmen de Apicalá, Tena.

Con nuestra guerra, cada año levantamos un nuevo pueblo de las dimensiones de cualquiera de estos, pero uno de solo muertos.

En este año 2019 que seguimos atravesando, sacrificaremos a otros miles más; yo calculo que otros 9 mil por encima de lo que sería normal en el resto del planeta.  Es una tragedia que pasa en cámara lenta y en tiempo real, y que sabemos que ocurrirá con la certeza de que el sol va a salir mañana. Y que nadie va a poder hacer nada para detenerlo.

Malas Compañías

La violencia desbordada en Colombia es anormalmente alta, pero eso no significa que sea única. ¿Podemos aprender algo de nuestra propia criminalidad fijándonos en la de otros países que sufran del mismo flagelo? Yo creo que si, por eso lo primero que quiero hacer es identificar quienes son nuestro compañeros de tragedia.

Comencé enfocándome en los 50 países más grandes del mundo, que tienen poblaciones de mas de 20 millones de habitantes y que agrupan casi el 90% de la población mundial. Entre esos 50 países, hay cinco que brillan por su violencia: México, Venezuela, Brasil, Sudáfrica y Colombia (si alguien encuentra un buen acrónimo para estos 5 países, por favor hágamelo saber).

Estos cinco países son característicamente distintos al resto, con tasas de homicidios de 20 por 100 mil habitantes o mayores. Hay una brecha importante entre estos cinco países y los que le siguen en violencia (Costa de Marfil, Uganda y Filipinas, cada uno con tasas de 11 por 100 mil habitantes).

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Las tasas de homicidio de Venezuela, Sudáfrica, Brasil, Colombia y México son signficativamente más altas que las del resto de países grandes, que tienen tasas de 11 o menos. (China e India, con tasas de 0.6 y 3.2, no aparecen en el gráfico).

La población de estos 5 países es sólo el 7% de la del total del planeta, pero concentra el 37% de todos los homicidios. Si lográramos reducir en ellos la tasa de homicidios a 10 por 100 mil habitante – una tasa alta pero no ridículamente alta como la que tienen ahora – la de todo el mundo caería de 5 a 4. Controlar la violencia en estos cinco países es pues una cuestión que se sentiría a escala planetaria.

Las circunstancias en las que se ha desarrollado la violencia en estos cinco países son particulares, y en futuras entradas espero compartir lo que voy aprendiendo sobre esto. Pero es claro, por ejemplo, que la violencia en México es un fenómeno reciente, exacerbada por la guerra con los carteles que se ha intensificado en la última década. Aunque en los años 90 México tenía tasas de homicidio superiores a 15 por 100 mil habitantes, para el 2006 la había reducido a menos de 10. El giro fue brutal, y tres años después, la tasa se había disparado a más de 20 por 100 mil habitantes.

A comienzos de los 90, Venezuela tenía tasas similares a las de México, pero su deterioro empezó a ser gradual y sostenido, y no ha logrado detenerlo. La tasa actual de homicidios es de más de 50 por 100 mil habitantes, sin embargo hay reportes de que puede incluso ser mayor.

El fenómeno de la violencia comenzó en Brasil una década antes. A comienzos de los 80 su tasa de homicidios era ligeramente superior a los 10 por 100 mil habitantes, pero ya para los 90 había superado la barrera de los 20 y desde entonces se ha mantenido más o menos constante, oscilando entre 25 y 30 por más de dos décadas.

Y llegamos a Sudáfrica, el país que me resulta más intrigante y del que menos conozco. Por muchas décadas Sudáfrica ha tenido tasas de homicidios superiores a los 30 por 100 mil habitantes, y aunque tocó techo por allá a mediados de los años 90 (con tasas de 80 por 100 mil habitantes), aún no ha logrado contener su violencia a niveles que sean esperanzadores. La situación es tan extrema que la Ministra de Policía, Bheki Cele, comparaba la oleada de homicidios que tienen allá con la que tendría una zona en guerra.

El único país que puede competir con Sudáfrica en términos de sostenibilidad de la violencia es Colombia, que también lleva décadas con tasas disparadas de homicidios. Uno tiene que remontarse a los años 40 en Colombia para encontrar la última vez que el país tuvo una tasa de homicidios de 10 por 100 mil habitantes. Analizar la tendencia de largo plazo de homicidios en Colombia, remontándose a 1938, es desgarrador pero fundamental, y es un tema que merece su propia entrada en este blog.

No he dicho nada sobre los más de 140 países pequeños, con poblaciones de menos de 20 millones de habitantes, a pesar de que entre ellos se encuentran países en el Caribe y en África sub-Sahariana que tienen índices altísimos de homicidios. Sin embargo tengo la impresión (puede que equivocada) de que la violencia de estos puede ser fundamentalmente diferente a la de los países grandes, y por eso por ahora no pienso enfocarme en ellos. La única excepción es el trio de El Salvador, Honduras y Guatemala, que para ser justos conforman una sexta región de violencia, con 35 millones de personas y una tasa agregada de homicidios de 46 por 100 mil habitantes.

Cruzar la frontera

En la frontera sur de Colombia están Ecuador y Perú. Son países lejos de ser perfectos, aquejados con sus propios problemas de corrupción o inestabilidad política. No son países más ricos que Colombia, y no creo que su sistema de educación sea mejor que el nuestro. Su violencia, sin embargo, es una fracción de la nuestra, con tasas de homicidio que son la cuarta parte de la nuestra. ¿Cómo es posible que pase eso? Yo quedo absolutamente perplejo con este fenómeno, y es uno que quiero entender mejor.

No se si quienes leen esta entrada comparten mi deseo de racionalizar lo que está ocurriendo en Colombia, pero para mi es la única manera de desconectarme de la percepción más bien generalizada de que la violencia en Colombia es una cuestión normal, un problema incomodo pero que no deja de ser comparable a los muchos otros que tenemos.

No son sus playas, ni sus cordilleras, ni sus selvas. Tampoco es su rica biodiversidad, ni el catalogo de tortugas, pájaros y ranas que habitan exclusivamente allá y no en ningún otro lugar del planeta. No es la alegría de sus gentes, ni sus bailes, ni sus costumbres. Lo que hace realmente extraordinario a Colombia es la sostenibilidad de su violencia.

Esta es la quinta entrada en mi serie sobre Violencia en Colombia:

  1. La semilla de la duda: El impacto del acuerdo con las FARC en la violencia de Colombia
  2. Predecir la Tragedia: Pronósticos de la Violencia en Colombia
  3. El Acuerdo de “Paz” que no trae la Paz
  4. Dos terroristas hablan en un bar
  5. Si Colombia Fuera un País Normal
  6. Compadre mata al Compadre
  7. La Comision de Estudios Sobre la Violencia – Una Teoria Popular (Pero Equivocada)