Dos terroristas hablan en un bar

Dos terroristas hablan animadamente sobre sus planes en un bar, mientras toman algunas cervezas. El mesero, al escucharlos, se acerca y les pregunta: “Disculpe caballeros, pero, ¿de qué están hablando ustedes?” Los terroristas se miran el uno al otro, y después de una breve pausa, el primero le contesta: “Pues verá usted, estamos planeando un atentado en el que morirán diez mil personas y un caballo.” “¿Un caballo?” – responde el mesero. “¿Y por qué quieren matar al caballo?”. “¡Te lo dije!” – exclama el segundo terrorista, reclamándole a su compañero – “¡A nadie le va importar los diez mil muertos!

Hablemos del caballo

El regreso formal que hicieron esta semana Iván Márquez, Jesús Santrich, y una docena más de comandantes de las FARC a la violencia, es una pésima noticia. Aunque ya se sabía desde hacía tiempo que todos ellos se habían salido del acuerdo que habían firmado con el gobierno en el 2016, y que llevaban varios meses en la clandestinidad, fue chocante ver su imagen en traje de combate y con fusiles terciados, declarando que volvían a la lucha armada.

Con justa razón hubo alboroto en Colombia, desde que los medios reventaron todos sus canales con la noticia el jueves pasado. Los disidentes que aparecen en la foto son curtidos señores de la guerra, con décadas de experiencia militar, que comandaron ejércitos de miles de combatientes. Son hombres peligrosísimos, que tienen el conocimiento de cómo infligir el mayor daño al país, y una creatividad extraordinaria para causar dolor intenso y sostenido.

Del video de media hora que publicaron declarándose en abierta rebeldía, no es claro cuál es su plan de largo plazo, ni siquiera qué tan avanzados estarán en los más inmediatos. Que buscan unir el resto de disidencias bajo una misma estructura; que intentarán formar una alianza con el ELN; que sus blancos serán las élites opresoras: Todas son amenazas que pueden o no cristalizarse, pero la simple observación de que pueden reanudar su programa bélico con un par de atentados estruendosos no se le escapa a nadie.

Estos comandantes se añaden así a las disidencias de las FARC, un grupo de combatientes que desoyó la orden de desmovilizarse, y que decidió continuar con los negocios de narcotráfico. Se calcula que solo el 10% de la miembros de las FARC que operaban en el 2016 no se acogieron al proceso de paz, pero sería ingenuo pensar que esto se traduce en que solo tienen el 10% de la fuerza que tenían en el 2016. Muy posiblemente los hombres no desmovilizados son precisamente los más peligrosos, los que siempre habrán tenido el mayor interés y capacidad de operar con violencia, y los primeros que uno hubiera querido que quedaran neutralizados con los acuerdos.

Aún más grave es el papel que va a jugar Venezuela en todo esto. Los comandantes que vuelven a la guerra tienden puentes más robustos con Nicolás Maduro para que este pueda fortalecer su régimen con los recursos militares y económicos que provienen del narcotráfico. A cambio, este puede ofrecer a los rebeldes una retaguardia protegida a donde puedan replegarse, y desde donde puedan proyectarse al oriente de Colombia.

El vaso medio lleno

Todas estas consideraciones más bien sombrías deben estar en la mente de los muchos que leyeron la noticia de la semana pasada como el comienzo de una hecatombe. Sin embargo, las voces atormentadas que presagian el inminente regreso de Colombia a los períodos más oscuros de la guerra han caído muy pronto en la trampa mediática que tendieron los disidentes de las FARC, y que entre todos nos hemos dedicado a amplificar.

El consenso es que estas disidencias arrancan desde una situación más frágil que aquella que tenían a finales de los 90. Volver a posicionarse geográficamente va a tomar tiempo, sobretodo porque los espacios que permiten sacar rentas ilegales ya han sido ocupados por los otros jugadores armados, o están siendo disputados en estos momentos. Además, como lo he recordado en este blog durante el último mes, las FARC ya se habían resquebrajado para cuando llegaron a la mesa de negociación, y al momento de la firma del acuerdo habían perdido gran parte de su capacidad militar. Si lo que están tratando de hacer los comandantes que vuelven a las armas es reactivar su ejercito al punto en el que lo dejaron, a lo que nos estamos enfrentando, por lo menos en el corto y mediano plazo, es a una guerrilla con una capacidad reducida y localizada.

En estos escasos cuatro días han salido todo tipo de análisis profundizando sobre la situación en la que arrancan estas nuevas milicias, sin embargo aún no he escuchado nada sobre cómo estarán de dinero. Definitivamente la reconstrucción de las finanzas de los disidentes debe ser su prioridad número uno, pero es difícil saber desde que punto es que arrancan. ¿Tuvieron los de las FARC la precaución de ocultar sus dineros – o al menos partes de estos – antes de firmar el acuerdo? El tema de las finanzas de las FARC es un misterio, uno sobre el que he escuchado todo tipo de hipótesis y cifras. Sin embargo, cualquiera que sea el caso, estoy seguro que quienes salieron echando arengas revolucionarias esta semana ya tendrían calculado que, en el escenario de que tuvieran que regresar al monte, sería mejor contar con algún capital inicial para su próxima start-up, separado desde 2016, y con los rendimientos adicionales que les hayan podido generar sus testaferros en estos tres años.

Esta contextualización del poder real pero mínimo que tienen los reencauchados combatientes de las FARC ha sido el contrapeso al coro de voces apocalípticas que anuncian lo peor. El mensaje que escuchamos entonces es alentador y optimista, y nos invita a que le sigamos apostando a la paz. Lógico, esto es un revés indeseable, pero lo que estamos es cada vez más cerquita tener una Colombia mejor, y en paz (ya había dicho que vamos rumbo a la paz, ¿no?) y que tal vez no tenemos que preocuparnos tanto por estas cosas.

Miguel Ceballos, el Alto Comisionado para la Paz, decía todo esto en la radio el otro día, y el periodista Alberto Casas se alegraba por este parte de tranquilidad que llegaba desde el gobierno.

Claro: Nos están diciendo que podemos respirar tranquilos porque, después de todo, el caballo no se va a morir.

¿Cuáles 10,000 muertos?

Habiendo hecho ya mi contribución al bullicio de la semana, vuelvo a ese asunto incómodo que es la actual guerra en Colombia: esa que lleva cobrando docenas de miles de vidas cada año, y que ha sido propulsada por la mezcolanza que conforman los ejércitos paramilitares mal desmovilizados, las nuevas generaciones de capos del narcotráfico, y las guerrillas exportadoras de droga.

Nos cuesta trabajo entender la complejidad que tiene la más reciente etapa de la violencia en Colombia, tal vez por la opacidad de sus estructuras, la cantidad de actores que están interactuando, y el dinamismo que tienen sus acciones. En esta década que viene de los 2020, Colombia va a seguir sumergida en una guerra, pero en una que no se va a parecer a la que hubo durante los años posteriores al proceso del Caguán, o al que hubo durante los 80 contra los carteles de Medellín y Cali. Esto es bien diferente, pero tiene en común con sus predecesores que se va a seguir exigiendo el sacrificios de docenas de miles de colombianos cada año.

La actual administración de Iván Duque no parece ser radicalmente diferente a la anterior de Juan Manuel Santos, en cuanto a su planteamiento de lo todo aquello que cae fuera del costal de las FARC, es decir, de su visión de que hay que hacer con respecto a las estructuras más letales que operan en Colombia. La línea que tenía el Sr Santos (y que discutí en mi entrada anterior) es la misma que tiene el Sr Duque, y es que existen una serie de bandoleros por ahí que están haciendo de las suyas, pero que tarde que temprano van a caer. Cuando uno escucha desde el gobierno que en Colombia lo que hay son grupos de delincuentes, como el Clan del Golfo, o los Puntilleros, o el ELN, uno se imagina que deben estar hablando de grupos de apartamenteros, y no de ejércitos estructurados que ejercen control territorial.

Pero así como por allá en el 2002 se negaba la existencia de un conflicto armado en Colombia, una verdad que costó trabajo hacerle entender a una gran parte del país, ahora llevamos ya varios años con la historia de que lo que queda en Colombia son unos grupos al margen de la ley, que no son muy relevantes, pero que vamos a atrapar muy pronto. Pero si no cambiamos esa perspectiva y la manera como estamos enfrentando este problema, vamos a seguir viviendo esa ilusión de en Colombia vivimos una placida paz, una que se cobra cada año más de diez mil muertos

Esta es la cuarta entrada en mi serie sobre Violencia en Colombia:

  1. La semilla de la duda: El impacto del acuerdo con las FARC en la violencia de Colombia
  2. Predecir la Tragedia: Pronósticos de la Violencia en Colombia
  3. El Acuerdo de “Paz” que no trae la Paz
  4. Dos terroristas hablan en un bar
  5. Si Colombia Fuera un País Normal
  6. Compadre mata al Compadre
  7. La Comision de Estudios Sobre la Violencia – Una Teoria Popular (Pero Equivocada)
  8. El Origen de la Violencia: ¿Pobreza, Desigualdad, o Debilidad de la Justicia?