T-5 años: la dudosa cuenta regresiva de Estados Unidos para volver a la Luna (Parte 2)

El reloj está marcando la cuenta regresiva para que Estados Unidos regrese a la Luna. El pasado marzo, el vicepresidente Mike Pence anunció que la administración actual quería volver a ver humanos en nuestro satélite para 2024. Este anuncio tomó a todos por sorpresa, ya que el plazo más optimista para lograr esta hazaña era 2028. ¿Es realista este plan? Personalmente no creo que lo sea, y dudo seriamente que la NASA pueda cumplir las promesas del programa Artemisa, el proyecto, ingeniosamente nombrado, que intentará enviar a una mujer a la Luna por primera vez.

Es completamente posible que otros jugadores lleguen allí en la década de 2020, tal vez en forma de asociación privada, como las que han sugerido algunos multimillonarios prominentes, pero es improbable que se logre de la manera prevista por la administración Trump. Para dar un poco de contexto, escribí en mi entrada anterior el caso del fallido programa Constelación, que nació durante la presidencia de George W. Bush. En esta entrada, quiero extraer algunas lecciones del programa espacial más exitoso de todos los tiempos, el programa Apollo, antes de entrar en las razones detrás de mi pesimismo sobre Artemisa.

Si aún no lo has hecho, tal vez quieras leer primero mi entrada anterior: T-5 años: la dudosa cuenta regresiva de Estados Unidos para volver a la Luna (Parte 1).

Dinero, inspiración y miedo

Entre julio de 1969 y diciembre de 1972, seis pares de astronautas pasaron en total casi doce días en la superficie de la Luna, explorando el paisaje desolado, desplegando equipos científicos y llevando a cabo experimentos. Tomaron unas seis mil fotos y trajeron a la Tierra un total de 382 kg de roca lunar y tierra. Estos logros fueron el pico de la exploración espacial, pero estaban muy lejos de la civilización espacial que muchos pensaron que estábamos a punto de establecer. El éxito de esa primera incursión en nuestro satélite seguramente es impresionante pero modesto en comparación con las colonias en la Luna y Marte que muchos esperaban que ya existieran. “¿Por qué nunca volvimos?” es una pregunta razonable que probablemente ha llevado a algunos a creer que todo fue un engaño.

La verdad es que esos doce días en la Luna, esas seis mil fotos, esos 382 kg de roca, todos ellos son la humilde evidencia de, sin duda, la empresa más colosal jamás realizada por una nación para explorar un nuevo territorio. La enorme magnitud de los recursos dedicados al programa Apolo fue asombrosa, y es útil recordar esto y compararlo con el programa Constelación para obtener una mejor visión del programa Artemisa.

En solo doce años, entre 1961 y 1973, Estados Unidos comprometió $150 mil millones (en dólares de hoy) al programa espacial, asignando a la NASA en algún momento un fenomenal 4.5% del presupuesto federal total. El programa Apolo empleó a 400,000 personas y contó con el apoyo de unas 20,000 compañías y universidades. Comparemos esos números con los actuales. En estos días, el presupuesto anual de la NASA de $ 20 mil millones corresponde al 0.4% del presupuesto federal y emplea a menos de 18,000 personas. Su proyecto más ambicioso completado recientemente es la Estación Espacial Internacional, la estructura más cara jamás construida, en la que la NASA gastó la mitad de lo que gastó en Apolo y a lo largo de más de 30 años.

Ir a la Luna era una de las principales prioridades del presidente John F. Kennedy, quien se convirtió en el adalid del programa Apolo. No solo siguió el progreso del proyecto con interés, sino que también avivó el apoyo popular que fue fundamental para garantizar que el Congreso aprobara los enormes fondos que iban a una empresa peligrosa. Su discurso histórico de 1962, “Elegimos ir a la Luna” (“We choose to go to the Moon”, en inglés), no es una colorida pieza de marketing, sino más bien una apasionada llamada a las armas, no solo para los estadounidenses sino para toda la humanidad. Las administraciones de los presidentes Lyndon B. Johnson y Richard Nixon también apoyaron enérgicamente la misión a la Luna, pero Kennedy se mantuvo como la figura inspiradora que impulsó a todos los involucrados en el programa Apolo a cumplir su sueño de “lograr el objetivo, antes de que esta década termine, de aterrizar a un hombre en la Luna y devolverlo a salvo a la Tierra”.

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Detrás de estos nobles sueños estaba el espectro de la Guerra Fría, que brinda el contexto necesario para comprender por qué alguna vez se intentó una aventura tan extraordinaria. El punto de ir a la Luna nunca fue realmente establecer una presencia permanente allí, sino más bien vencer a los soviéticos. No mucha gente conoce esta anecdota, pero para el 21 de julio de 1969, habían llegado dos vehículos a la Luna, provenientes de la Tierra, no solo uno. El que todos recuerdan es el Módulo Lunar Apolo, que aterrizó con algo de dificultad, pero llevando a salvo a los dos astronautas estadounidenses. El otro era Luna 15, una nave espacial soviética no tripulada con la misión de extraer y recuperar tierra lunar, pero que se estrelló en la Luna en las maniobras de aterrizaje. Esa foto instantánea, de astronautas estadounidenses caminando en la luna mientras a 560 kilómetros de ellos un robot soviético perdía el control y se estrellaba, captura perfectamente el momento en que Estados Unidos ganó la carrera espacial. Con tal demostración de poder, ya no era necesario seguir demostrando que Estados Unidos estaba en un nivel completamente diferente a la Unión Sovietica en términos de tecnología y fuerza económica. No es necesario seguir corriendo después de cruzar la línea de meta.

La hermana gemela que no muchos amarán

Artemisa podrá ser la hermana gemela de Apolo, pero eso no significa que vaya a ser tan querida como su hermano, o que pueda contar con los mismos recursos que él tuvo. Aunque es de esperar que el progreso tecnológico realizado en los últimos cincuenta años haya reducido los costos asociados con la aventura de ir a la Luna, la realidad es que sigue siendo un proyecto tremendamente costoso y arriesgado. El administrador de la NASA, Jim Bridenstine, proporcionó una estimación de entre $20 mil millones y $30 mil millones de dólares que se necesitarían en los próximos cinco años para financiar Artemisa, esto sobre el presupuesto actual. Esta financiación adicional representaría un aumento del 20-30% del presupuesto de la NASA, el aumento más significativo en la financiación de esta agencia desde finales de los años ochenta. Y eso supone que las cifras proporcionadas por Bridenstine son correctas, pero lo más probable es que no lo sean, ya que este tipo de proyectos de infraestructura masiva siempre terminan costando mucho más. Tomemos, por ejemplo, el caso del Programa Constelación, del cual escribí en mi entrada anterior, o el Telescopio Espacial Hubble, que originalmente tenía un costo estimado de $400 millones de dólares pero terminó costando $4.7 mil millones cuando se lanzó. Un precio más realista para Artemisa, en la línea de tiempo exigida por Pence, está en el rango de $50 mil millones a $75 mil millones.

La pregunta es, entonces, ¿la administración Trump se la jugará toda por el proyecto, tal como lo hizo JFK en su tiempo? El gran proyecto de infraestructura que está en la mente y el corazón de Trump es el muro en la frontera con México, y ese tiene un precio de $25 mil millones de dólares, el mismo costo que, en teoría, tendrá Artemisa. Pero entre el muro y un viaje a la Luna, ¿cuál creen que el señor Trump preferiría ver completado en los próximos años? O quizás más importante, ¿cuál creen que los votantes de Trump preferirían ver completado?

No veo que esta administración consiga el apoyo político que se requerirá para volver a la Luna. El Congreso ha demostrado una excelente capacidad para rechazar muchas de las iniciativas provenientes de la Casa Blanca, y esto será un impedimento real en cada paso del camino durante los próximos cinco años. Hace dos semanas, la NASA solicitó un aumento mínimo en su presupuesto para 2020, solo de $1.6 mil millones de dólares, y logró dejar a los legisladores rascándose la cabeza, preguntandose si esta es una cantidad realista y cómo encaja con el resto del plan. “Tenemos una directiva de la Casa Blanca para aterrizar humanos en la Luna en cinco años, pero no hay plan ni detalles presupuestarios sobre cómo hacerlo”, dijo la representante Kendra Horn, presidenta del subcomité de la Cámara sobre espacio y aeronáutica. La decisión sobre este posible en el presupuesto nos dará una buena idea de cómo irán las cosas en los próximos años para Artemisa.

Y todo esto supone que se mantenga el status quo y que Trump permanezca en el cargo durante otros cuatro años (como creo que lo hará). En el caso fortuito de que los demócratas logren sacar a Trump de la Casa Blanca, es muy probable que Artemisa sea cancelado, tal como sucedió con Constelación diez años antes. ¿Alguien ve a Joe Biden, o Elizabeth Warren, o Bernie Sanders, apoyando lo que seguramente consideran que es solo un proyecto de vanidad de Trump?

América en guerra

Pence, y las personas que tuvieron la idea de establecer 2024 como la fecha límite para Artemisa, quieren crear la ilusión de que Estados Unidos retrocedió en el tiempo para revivir sus viejas glorias, y probablemente puedan recrear esa magia incluso si no aterrizan una sola persona en la Luna. Al igual que con muchas otras iniciativas de esta administración, Artemisa se siente más como un ejercicio superficial para que Trump demuestre una vez más su inmadurez, en lugar de un esfuerzo cuidadosamente planificado para sentar las bases de un programa espacial prolongado y sostenido. La fecha límite ajustada a 2024 es solo una admisión de que están haciendo todo esto para su gloria propia y que no les importa proyectarlo sobre las fronteras cerradas del partido republicano. Incluso si no aterrizan en la Luna, tendrán las fotos de algunos lanzamientos de cohetes para poder presumir.

Se podría argumentar que este plan renovado para ir a la Luna tiene el potencial de inspirar a una generación y unir a los Estados Unidos detrás de un sueño más alto y noble. ¿Pero alguien piensa que Trump está remotamente interesado en generar algún interés en la ciencia, la innovación o la tecnología entre sus compatriotas más jóvenes? ¿Alguien cree que la misma persona que dice sin sonrojarse que el calentamiento global es un engaño creado por los chinos realmente se preocupa por expandir nuestra comprensión del sistema solar? ¿Que la misma mente que concibe que la Luna es parte de Marte está realmente interesada en los misterios del cosmos?

Entonces, en términos de dinero e inspiración, el proyecto Artemisa me recuerda más al fallido programa Constelación de Bush que al programa Apolo de Kennedy. Pero, ¿qué pasa con el trasfondo de la guerra que empujó al programa Apolo? Estados Unidos podrá no estar en este momento en un conflicto importante con otra potencia (aunque tal vez tenga que reescribir esto en unas pocas semanas, dependiendo de cómo avancen las cosas con Irán), pero eso no significa que Trump no esté en guerra. Trump está envuelto en una guerra viciosa con la mitad del país, esa mitad que desprecia y por la que solo siente asco y odio. Su lenguaje, sus tácticas, su mentalidad, todos son los de alguien que quiere destruir a un oponente, en este caso, esa parte del país que piensa de manera diferente a él.

Estados Unidos está en guerra consigo mismo, y como tal, Artemisa no es un proyecto que busca unir al país detrás del mismo objetivo, sino más bien otra pieza en la estrategia de Trump para mostrar que solo hay una forma de hacer las cosas. Su intención no es mostrar a los chinos, ni a los rusos, ni a los iraníes, cuán poderoso es Estados Unidos, sino mostrarle a la otra mitad del país cuán fuerte es su mitad. Pero como lo demostró Apolo, se necesita todo el país, no sólo de la mitad, para lograr grandes cosas. Y llegar a la Luna, y luego a Marte, y luego a las estrellas, seguramente requerirá no una fracción de la población sino toda la humanidad.

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