Un hombre te dice que sabe la verdad exacta

Map.

El título del debate era más provocativo que controversial, pero el resumen que aparecía en el folleto del evento si que me dejó atónito:

La forma correcta de pensar

(Mary-Jane Rubenstein, Paul Boghossian, Alister McGrath)

La razón se veía tradicionalmente como el mayor legado de la Ilustración y como el origen de nuestro éxito. Sin embargo, la razón es cada vez más ridiculizada como una retórica fanática de una elite educada, típicamente, poderosa y masculina. ¿Es la racionalidad meramente la reivindicación prejuiciosa de aquellos que están seguros de que tienen razón?¿Nos equivocamos al pensar que la razón impulsa el progreso?¿O es una herramienta indiscutible y esencial para la armonía social y el futuro floreciente?

La razón, ¿una retórica fanática? ¿De una élite educada? ¿Simplemente una reivindicación prejuiciosa? ¿Era esto una especie de broma?

Para mi sorpresa, no lo era, y durante una hora escuché a tres renombrados filósofos discutir los “méritos” y las “fallas” del pensamiento racional como paradigma central de la humanidad para entender nuestro mundo. En particular, la profesora Rubenstein argumentaba que la razón había sido constantemente abusada, en los pasillos del poder, en las salas de juntas de las corporaciones y en los tribunales de la ley. Desde su punto de vista, los defensores de la racionalidad la han posicionado como la única forma válida de acceder al conocimiento y la verdad, desplazando con desprecio otros protocolos como el testimonio, la protesta, el lamento, la experiencia, la música y la poesía.

Respondiendo a estos argumentos (que el lector puede identificar correctamente como argumentos racionales), el profesor Boghossian hizo algunas observaciones simples pero efectivas: 1) Ese razonamiento es en esencia solo una forma de justificarse ante otros con razones lógicas y, por lo tanto, no podemos simplemente escapar de él. 2) Que así como hemos abusado de la racionalidad en el pasado, hemos hecho lo mismo con otros conceptos fundamentales de la humanidad, como la libertad y la verdad. 3) Que los límites de la razón son bien conocidos y aceptados por filósofos y científicos, algo que Pascal ya había señalado en el siglo XVII.

Pero para quienes piensan como la Profesora Rubenstein, hay algo profundamente insatisfactorio y arrogante con el método científico, el sistema que encapsula el pensamiento racional para el desarrollo de las ciencias empíricas. Para ellos, estas “ciencias exactas” solo proporcionan una silueta de la realidad, dejando enormes lagunas en nuestro conocimiento que no pueden ser abordadas por la tradición positivista y su énfasis en lo que puede ser corroborado experimentalmente. La caricatura que dibujan es la de científicos ansiosos y engañados, persiguiendo teorías y modelos del universo que siempre estarán incompletos.

El Mapa Eternamente Incompleto de Borges

Jorge Luis Borges, en el bello cuento titulado “Del Rigor en la Ciencia”, catapulta esta aparente lucha de las ciencias con la realidad a uno de sus fantásticos universos. Tan solo dos párrafos de largo, esta ingeniosa e irónica pieza toma prestado el estilo de la escritura histórica de viajes para decir algo especial sobre las ciencias empíricas:

“…En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.

Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.

Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658.”

Cuanto más precisos quieren estos cartógrafos que sean sus mapas, más inútiles resultan. Leyendo este cuento, uno puede sentir la emoción, el dolor y la frustración de aquellos que crean ese objeto que trata de “coincidir punto por punto” con la realidad. Y el final de esta visión se lee como una profecía, o tal vez como advertencia, sobre el destino de estos juguetes y sus creadores, desterrados en el olvido.

Umberto Eco toma la insinuación de Borges en el ensayo Sobre la imposibilidad de construir el mapa del imperio en una escala de 1 a 1″, una delirante continuación de la historia de los cartógrafos. Con su brillantez habitual, Eco hace un análisis riguroso de por qué no se puede hacer ese mapa tan gigantesco y estúpido, que “representa no solo los relieves naturales del imperio, sino también los artificiales, además de la totalidad de los súbditos”.

Sólo un montón de metáforas

La historia de Borges vino a mi mente mientras estaba en el debate entre los tres filósofos, y sentí que su tema resonaba con algunos de los argumentos de la profesora Rubenstein. Aunque fui uno de los muchos en la audiencia que permaneció firmemente atrincherado durante toda la hora en el campo pro-racional, la discusión me hizo caer en cuenta de que hay mucha confusión en torno a los objetivos y métodos de las ciencias empíricas.

Cuando uno aligera el espíritu, da un paso atrás y reflexiona sobre cómo los científicos construyen su conocimiento, uno puede apreciar que la situación es incluso más cómica que la pintada por Borges. Emanuel Derman, un físico, luego convertido en banquero en Goldman Sachs, compara los modelos científicos con las metáforas, en las cuales el objeto de estudio se proyecta en algo al menos parcialmente parecido, eliminando la complejidad innecesaria y exagerando las características que se consideran significativas. A través de este proceso, el científico colapsa el pandemonio de la realidad en un objeto de aspecto chueco, que tiene más o menos sentido cuando lo podemos ver desde varios ángulos. Algunas personas pueden encontrar sorprendente que las contribuciones científicas para comprender nuestro mundo no sean representaciones exquisitamente detalladas de la realidad, sino más bien extrañas cajas en miniatura, como las del artista Joseph Cornell, donde se puede identificar que algunos elementos están representados en alta resolución, otros tan solo como crudas aproximaciones, y muchos otros simplemente son omitidos.

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Joseph Cornell, Sin Titulo (El Hotel Eden), c. 1945

En su libro “Models Behaving Badly”, Derman hace grandes esfuerzos para hacer una distinción entre teorías científicas y modelos científicos, exaltando los primeros y sintiéndose avergonzado por los segundos. Desde su punto de vista, algunas de las construcciones intelectuales de los científicos (las teorías) son reales, y llega a afirmar que cuando estas tienen éxito, “describen el objeto de estudio con tanta precisión que la teoría se vuelve virtualmente indistinguible del propio objeto. Las ecuaciones de Maxwell son electricidad y magnetismo; la ecuación de Dirac es el electrón”. Por el contrario, los modelos tontos que los biólogos, los economistas y los científicos del clima usan en su trabajo deben ser simplemente malas imitaciones, e insta al lector a ser cauteloso con respecto a ellos.

No puedo decir que estoy completamente de acuerdo o entiendo la sutil demarcación que hace Derman, pero siento que incidentalmente da la razón a aquellos que ven que el proyecto científico es fatalmente defectuoso debido a la brecha insondable que existe entre sus construcciones intelectuales y la realidad; entre el Mapa y el Imperio.

Una pintura tan real que engañó a los pájaros.

En su Historia Naturalis, Plinio el Viejo nos cuenta acerca de un concurso en el siglo V a.C entre los dos pintores más famosos del mundo griego antiguo, Zeuxis de Heraclea y Parrasio de Éfeso. La historia cuenta que cuando Zeuxis destapó su maravillosa pintura de unas uvas, esta fue tan realista que una bandada de pájaros bajó para tratar de picotearlas. Sin embargo,  cuando llegó el turno de Parrasio para mostrar su pintura, que estaba escondida detrás de una cortina, Zeuxis trató de desvelarla solo para descubrir que la cortina en sí era una ilusión pintada. Parrasio ganó el concurso y el perdedor no pudo más que afirmar “Yo he engañado a las aves, pero Parrasio ha engañado a Zeuxis”.

El paradigma del hiperrealismo dominó como el ideal de pintura durante algunos períodos de la historia, cuando las teorías estéticas asemejaban el papel del arte al de un espejo. Sin embargo, esta formulación fue desafiada críticamente en el Renacimiento, cuando la metáfora del espejo fue reemplazada por la de una ventana, y el espectro de preguntas que la pintura intentó responder se abrió ampliamente, yendo más allá del punto meramente técnico de cuál era la mejor manera de engañar a algunos pájaros.

La brecha entre la pintura y la realidad es la misma que la brecha entre la literatura y la realidad, o el lenguaje y la realidad. Todos sabemos esto, lo aceptamos y nos damos cuenta que las virtudes de la pintura, la literatura o el lenguaje residen en su forma particular de pelar las varias capas de la realidad. Pero de alguna manera la gente espera que las ciencias empíricas estén desprovistas de tales brechas, y se ríen o sienten lástima por los intentos de entender el mundo con un método sistemático y racional.

Pero las ciencias empíricas son humildes en reconocer su distancia con la realidad, y en el núcleo de sus procesos incorporan una noción rigurosa de error. En cada paso del camino, se recuerda a los científicos que en sus ecuaciones matemáticas y en las mediciones experimentales, hay aproximaciones que deben tenerse en cuenta. Y los científicos están de acuerdo con eso.

Este es un punto que Bertrand Russell hace con gran elocuencia:

Aunque esto puede parecer una paradoja, toda la ciencia exacta está dominada por la idea de aproximación. Cuando un hombre te dice que sabe la verdad exacta sobre cualquier cosa, puedes estar seguro de inferir que es un hombre inexacto.