La clasificación imposible

(Traducción al Inglés aquí)

La semana pasada, antes que las llamas se hubiesen extinguido en Notre Dame, ya marchaban por el mundo (real y virtual) los dos bandos antagónicos que suelen surgir en torno a este tipo de noticias: quienes lamentaban lo ocurrido, y quienes se lamentaban de quienes se lamentaban de lo ocurrido. No podría decir con precisión que tan grandes eran ambos grupos, pero desde mi remota orilla de internet parecería que por cada dos jeremías, consternados por ver el icono gótico convertido ahora en pira, había un censor incomodo con el repentino brote de solidaridad.

Hombre, claro que es una lastima que se queme esa iglesia tan bonita” – dicen los segundos – “pero ¿acaso no hay problemas mas graves en el mundo que el incendio de un edificio en el que no murió nadie?” Lo que sigue es entonces una larga letanía de las tragedias de la humanidad y la observación de lo ridículo que se ve uno, consternado por la catedral incendiada, mientras en Siria hay una guerra despiadada, mil millones de personas viven en la pobreza y el planeta entero arde por el calentamiento global.  El veredicto mas benigno a los solidarios es que estos no son mas que unos fantoches; el mas inclemente, que son unos hipócritas.

El guión se repite cada vez que a alguien le da por enarbolar su espíritu altruista. Cuando en 2011 el escritor colombiano Fernando Vallejo anunció  que iba a destinar los 150 mil dólares del premio de la Feria del Libro de Guadalajara en dos organizaciones mexicanas que protegen perros callejeros, le llovieron rayos y centellas de críticos indignados por su elección filantrópica. Habiendo tanta gente necesitada, ¿cómo se le podía ocurrir a alguien pensar en socorrer canchosos? En cambio nadie se hubiera molestado en lo mas mínimo si Vallejo hubiera declarado que iba a usar ese dinero en cualquiera de las coloridas aficiones que a él tanto le gustan.

La ilusión de que todos los problemas son comparables

El incendio de Notre Dame puso de relieve – una vez más – la profunda desigualdad en las que están sumidas nuestras sociedades. Para cualquier mortal no deja de pasar desapercibido que un puñado de familias francesas tengan el músculo financiero para mover cientos de millones de euros en cuestión de horas para la reconstrucción de la catedral (recibiendo, ¡oh sorpresa!, generosos beneficios tributarios) mientras que en París el número de personas sin techo se cuenten en los miles y esté en ascenso. Pero esta es una realidad que resulta igualmente chocante, independiente de si el dinero de estos magnates es usado para salvar obras de arte, perros, personas, o si simplemente se mantiene guardado en bóvedas bancarias.

Pero las criticas que surgieron después de los eventos de Notre Dame fueron mucho más allá del tema de desigualdad. Para muchos hay algo fundamentalmente equivocado en mostrar apoyo a una causa y no a otra, una visión que surge de asumir que todos los problemas que aquejan a nuestras sociedades son comparables, y que por lo tanto se puede establecer una orden natural de las prioridades en las que todos los humanos deberíamos estar trabajando al unísono.

El truco aquí consiste en remover todo contexto y plantear la cuestión como un dilema económico en abstracto. ¿Reconstruimos un edificio, o salvamos del hambre, la miseria y la desesperación a los niños del mundo? Planteado así, la respuesta resulta obvia porque los dos problemas que no tenían nada que ver el uno con el otro, se proyectan hábilmente sobre un mismo eje.

Pero es una falacia afirmar que todos los problemas de la humanidad son fungibles, y que por lo tanto podemos establecer un jerarquía que nos previene de tratar de resolver algunos hasta que no resolvamos otros. Para meter las calamidades de este planeta en el mismo costal tenemos que armonizar, de alguna forma, al menos cuatro características: La naturaleza de sus impactos, las ventanas de tiempo en que se desarrollan, los recursos que se necesitan para resolverlos y las distancias que nos separan de ellos.

Si yo estoy indeciso entre apoyar una organización que da refugio a los sin techo de Londres, o a otra que da comida gratis a los más pobre de esta ciudad, tendría sentido tratar de estimar cuál de las dos iniciativas promete una mayor recompensa para los afectados. Después de todo, las poblaciones objetivo y el nivel de urgencia son comparables, los recursos para resolverlos están en el mismo orden de magnitud, y la distancia emocional que me separa de ambos problemas es exactamente la misma. Pero esa estrategia de decisión se desbarata si las opciones son, por ejemplo, enviar una donación a Haití después de que un terremoto arrasara con la isla, o hacer una donación a una organización que está buscando la cura del cáncer. ¿Algún lector se anima a usar un argumento racional para decidir cuál de estos dos problemas prima sobre el otro?

Altruismo Inútil

Preguntas como la anterior fascinan a los miembros del movimiento llamado Altruismo Efectivo (AE, o “Effective Altruism” en inglés) cuyo mantra resulta irresistible para aquellos con mentes primordialmente analíticas: “Debes hacer el máximo bien en tu vida”. Atención a la palabra “máximo”, que es la que le da el carácter tan especial al trabajo de este grupo. No es cualquier bien el que debes buscar en tus actividades altruistas, sino aquel que resulta después de que hayas puesto todos los problemas de la humanidad en una calculadora y resuelvas un problema de optimización sobre estos.

Incluso para alguien como yo, que se considera bastante cerebral, los cálculos que hacen en AE me resultan excesivos. Después de muchas reflexiones filosóficas para determinar cual es la función objetivo que tratan de maximizar, los miembros del AE tienen que recurrir a varias piruetas deductivas para tratar de decidir, por ejemplo, qué es más noble, si ayudar a una organización que ayude a los invidentes o a aquellos que sufren de hambre; donar a un centro de investigación sobre la malaria, o a uno sobre calentamiento global. Lo impresionante es que después de largas discusiones bizantinas, la gente de AE cree resolver estos dilemas, y sienten paz al descubrir que con su gran intelecto han hallado el algoritmo que salvará a la humanidad.

Una persona que quiera hacer una donación pequeña para la reconstrucción de Notre Dame ¿esta obrando bien o mal? Para Peter Singer, un abanderado de la causa de AE, la respuesta es clara: se está obrando mal. En su columna del New York Times de 2013, y más extensamente en su libro “The Most Good You Can Do”, el Sr. Singer pone como ejemplo la comparación entre hacer una donación a una galería de arte (que a todas luces es equivalente a una catedral achicharrada) o a una fundación que ayude a recuperar la vista a personas invidentes. Tras una larga cadena de supuestos y deducciones, el Sr. Singer no solo logra concluir que la donación a la galería es un despilfarro, sino que extrapola el argumento para concluir que cualquier donación a las artes es irracional.

Si se percibe un cierto aire de superioridad moral en el movimiento de AE es porque, desde su punto de vista, los esfuerzos que uno haga a obras que estén fuera de su radar son por definición subóptimos. Steven Pinker, dando un espaldarazo a este grupo afirmaba “Estos son esfuerzos que realmente ayudan a la gente, no simplemente aquellos que te hacen sentir bien o que te ayudan a presumir”.

Me resulta un poco extraño lanzar criticas al movimiento de AE porque yo mismo fui un entusiasta de este durante mis años de doctorado, y tengo aún varios amigos que militan en sus filas. También se que los miembros de AE no le temen al debate y la argumentación, y que son abiertos a las criticas. La gente del AE no son unos locos fundamentalistas, sino todo lo contrario, un grupo de pensadores generosos y bien intencionados que buscan hacer un cambio por el mundo. Puede que sea yo quien no haya comprendido algo fundamental de su propuesta, así que es mejor que el lector que no haya escuchado antes sobre este movimiento se forme su propia impresión estudiando el abundante material sobre este que se consigue en internet.

Relaciones a distancia

Mencioné antes que la distancia emocional que nos separa de las muchas tragedias de la humanidad debe armonizarse antes de que podamos pensar en hacerlas todas comparables. Para que yo pueda poner en el mismo plano un problema que aqueja a un grupo de colombianos y un problema que aqueja a un grupo de, por ejemplo, ugandeses, primero debo renunciar a cualquier sentido de pertenencia que yo tenga con el país donde yo nací, para no perjudicar con mi sesgo a los africanos.

En el movimiento de AE esta cuestión se resuelve más bien rápidamente: introducir lealtades en las actividades de altruismo es inmoral. El argumento que utilizan es demoledor, porque parte de una afirmación que incontestable: cualquier vida humana vale exactamente lo mismo en cualquier punto del planeta, no importa si es en Colombia o en Uganda. Como toda vida vale lo mismo, no debo porque inmutarme si la victima de una tragedia es mi vecino o si es alguien que viva en las antípodas. Debo ser indiferente si los que sufren lo hacen por una condición que ha afectado a un ser querido en el pasado, o si sufren por una situación de la que poco o nada sé.

El temor de revirar es que tal vez, por ley asociativa, termina uno matriculado en el grupo de tarados que creen que no existe mundo más allá de las fronteras nacionales, o que la única obligación que tiene uno es la de coger un fusil y defender a su familia. Quizás si uno no les halla la razón a los del AE, termina uno acusado de compartir la ridícula visión de Theresa May de que “si uno cree que es ciudadano del mundo, uno no es ciudadano de ninguna parte”.

Los matemáticos pueden construir y explorar espacios imaginarios en los que la distancia a cualquier punto siempre es la misma (se llaman espacios discretos). Aunque son usados con frecuencia, uno tendría que ser Borges para poder describir estas abstracciones sin tener que recurrir a los tecnicismos matemáticos. En una viñeta particularmente inspirada de Mafalda, Quino pone a Felipe a pensar cómo sería un lugar como ese, en el que todo está aquí, produciendo en el pobre niño un soponcio.

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Los espacios discretos de los matemáticos no son un buen modelo de las interacciones humanas, como pretenden los del AE. La realidad es que forjamos lealtades de diversa intensidad y negar esa condición humana tan esencial es una simplificación inaceptable. Es verdad: prefiero socorrer a mis compatriotas, y no me escandalizaría en lo más mínimo que mis amigos en Uganda piensen de la misma manera. Pero ahí no termina la historia. Lo realmente maravilloso de nuestra humanidad es que también buscamos acercarnos a los demás, incluso a aquellos que están muy lejos de nosotros.

Leyendo, viajando, interactuando con personas que viven una realidad diferente a la nuestra somos capaces de acortar las distancias que nos separan de los demás. Solo exponiéndonos poco a poco a esas otras realidades es que podemos hacer como nuestro el dolor de los demás, sensibilizarnos ante el sufrimiento de los animales, o entender la importancia del legado cultural humano. Tal vez tenemos que aceptar  con humildad que este proceso no es particularmente rápido, y que seguramente no nos alcanzará la vida para generar la misma empatía con todos humanos de este planeta. Pero en nuestro afán natural de ayudar a los demás no podemos tomar atajos, y tenemos que reconocer que lo primero que tenemos que hacer es cerrar, una a una, las brechas que nos separan.

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