Separa a hombre y mujeres

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Los lectores no colombianos tal vez no están familiarizados con la expresión castiza “paseo bugueño“, la cual se refiere a esas situaciones sociales cuando hombres y mujeres terminan en dos grupos separados físicamente uno del otro. Esta distribución tan peculiar suele surgir espontáneamente, tal vez por la naturaleza de la conversación, por eso siempre causa algunas risas cuando alguien pregunta: “¿Cómo fue que terminamos en un paseo bugueño?

Mi única hipótesis sobre los orígenes de la expresión es que en algún pasado remoto en los viajes escolares a la ciudad de Buga, para ver la hermosa Basílica del Señor de los Milagros, los adolescentes eran separados en dos grupos de chicos y chicas para asegurarse de que se comportarían adecuadamente en un lugar sagrado, sin caer en la tentación de coquetear con el sexo opuesto mientras estaban lejos de casa.

A principios de este mes, Bloomberg publicó una historia sobre cómo los altos ejecutivos de Wall Street han respondido al movimiento Me Too implementando una política personal y no oficial de paseo bugueño en el lugar de trabajo. Los detalles son variados, pero todos tienen la estrategia común de evitar la interacción con las mujeres en entornos que pueden ser mal interpretados. Así pues, se evitan las reuniones uno-a-uno con mujeres y si es necesario hacerlas de todos modos, estas se realizan en espacios públicos o en oficinas con paredes de vidrio (una mejor opción es organizarlas junto con otra persona que pueda servir de “testigo”). Cuando se viaja por negocios, los vuelos se reservan con asientos separados y las habitaciones en los hoteles en pisos diferentes. Bebidas o cenas después del trabajo con mujeres son rotundamente prohibidas.

Las divisiones físicas entre hombres y mujeres se pueden encontrar en lugares de culto de varias religiones, como en algunas sinagogas con mechitzot o en mezquitas que tienen salas de oración específicas para mujeres. Algunos protestantes evangélicos usan una regla estricta de no pasar tiempo a solas con mujeres con las que no están casados, y aunque esta práctica se remonta a la década de 1940, ahora se conoce como la “regla de Mike Pence”, que lleva el nombre del actual vicepresidente estadounidense que dijo en una entrevista en 2002 que nunca cena solo con otra mujer que no sea su esposa.

Extraer esta práctica fuera de un contexto religioso y en el entorno laboral tampoco es algo nuevo. Recuerdo de un profesor en la universidad a la que asistí en Colombia hace muchos años, que siempre mantenía la puerta abierta cuando una estudiante estaba en su oficina (algo que no haría necesariamente con un estudiante hombre). Lo que si es nuevo es la prominencia de la gente que lo hace, y la opinión generalizada de que esta podría ser una buena manera de evitar ser falsamente acusados de propasarse con una mujer. Después de que la historia fue reportada en Bloomberg, he escuchado a muchas personas encontrar cierta lógica en la práctica, señalando que no solo necesitas ser bueno sino que también debes parecer que lo eres.

Se ha escrito mucho sobre cómo esta práctica es perjudicial para las mujeres, ya que les niega la oportunidad de jugar al mismo nivel que sus colegas masculinos, impidiéndoles por ejemplo de beneficiarse del “mentoring” de altos directivos. Negar a las mujeres de la rica interacción que se produce dentro y alrededor del entorno laboral pone más trabas a su crecimiento profesional, perpetuando esa cultura de clubes de machos que tienen algunas industrias fuertemente dominadas por hombres. Incluso puede ser ilegal, ya que está prohibido mostrar ningún tipo de favoritismo simplemente por motivos de género.

En varios artículos que he leído sobre este tema, he encontrado que la explicación más frecuente de por qué algunos ejecutivos optan por evitar a las mujeres por completo es que “los hombres son cobardes”. La realidad podría ser más compleja, y creo que hay un elemento poderoso en juego aquí que no se ha considerado adecuadamente para explicar el fenómeno: la confianza.

Solo comencé a prestar atención al problema de la confianza hace unos meses cuando asistí a una charla dada por Rachel Botsman sobre este tema. Su libro “Who Can You Trust? How Technology Brought US Together and Why It Might Drive Us Apart” es una lectura fantástica, que se centra en las muchas paradojas que aparecen en la economía compartida y en el papel que la tecnología ha desempeñado en la redistribución de la confianza, desplazándola de las instituciones formales hacia los completos extraños. Airbnb, Uber, el “sistema de crédito social” chino y blockchain, todos ellos aparecen en este libro cautivador.

Si bien el enfoque del trabajo de la Sra. Botsman está en la interacción entre la confianza y la tecnología, uno puede utilizar su teoría para deconstruir otros problemas donde la confianza es el elemento clave. Ella define la confianza como “una relación cómoda con lo desconocido”, y en el contexto de los hombres que temen que las mujeres hagan afirmaciones falsas sobre su comportamiento, lo desconocido es la incertidumbre del daño a su reputación.

La perturbación que ha ocurrido en esa “relación cómoda” de la confianza entre hombres y mujeres proviene de una percepción generalizada de que las falsas acusaciones de acoso sexual se han disparado desde que el #MeToo reventó el año pasado. Es difícil obtener cifras concretas sobre todo esto, pero me parece que las acusaciones de este tipo son de hecho bastante bajas en general. La cantidad de anécdotas que el lector puede haber escuchado sobre mujeres que han sido acosadas en el lugar de trabajo pero que decidieron no actuar sobre ellas (ya que generalmente es un proceso extremadamente estresante que puede ser incluso contraproducente para sus carreras) seguramente es órdenes de magnitud mayor que la cantidad de anécdotas que conozca de hombres falsamente acusados. Las posibilidades de que uno no haya hecho nada y aún así sea acusado deben ser bastante pequeñas. Por supuesto, el riesgo no es cero, pero muy posiblemente uno está tomando todos los días riesgos más altos con su reputación que no traen consigo consecuencias tan negativas como las que trae discriminar a las mujeres con las que uno está trabajando.

Quizás la observación de la Sra. Botsman que puede ser más relevante para el problema de la separación entre hombres y mujeres es la más provocativa que ella hace sobre la confianza, y esta es que la transparencia no es la forma de construirla. Esto suena bastante contrario a la intuición, pero está perfectamente alineado con su definición de tener una “relación de confianza con lo desconocido”. La falacia de que la transparencia nos ayudará a generar más confianza no reconoce la naturaleza intrínseca de la incertidumbre que tienen las relaciones entre agentes. La transparencia puede darnos la ilusión de un mayor conocimiento, pero en realidad disminuye nuestra capacidad para dar ese salto de fe que todos necesitamos realizar para tener una relación normal y saludable de cualquier tipo. Cualquiera que haya pensado que compartir contraseñas de correo electrónico con su pareja era una buena idea, probablemente sepa ahora que tener niveles ridículos de transparencia no son la manera para fortalecer la confianza en la relación.

Creo que la mayoría de los hombres no son malvados, ni cobardes, ni depredadores sexuales (aunque eso si, somos un poco estúpidos de vez en cuando). También creo que a la mayoría nos gustaría disfrutar de un maravilloso ambiente laboral, haciendo cosas increíbles al lado de nuestras colegas mujeres, fortaleciendo los lazos que solo pueden crearse cuando uno pasa más de 50 horas a la semana con alguien trabajando en un proyecto o resolviendo un problema. Pero también creo que muchos hombres piensan que haciendo del trabajo un “paseo bugueño” están haciendo todo mucho más transparente, sin darse cuenta de que lo que están haciendo es socavar la confianza que deberían cultivar en primer lugar.

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