Ignorando la voluntad del pueblo

politicians-2016

Hemos aprendido que el referendo es una herramienta maravillosa de la democracia, una que otorga a las personas la dicha del voto directo y les permite tomar decisiones críticas por su cuenta. También hemos aprendido que un referendo da legitimidad a la decisión porque esta proviene de la gente, trascendiendo de tal modo la visión miope de los políticos. La decisión tomada a partir de un referendo es una orden dada por el pueblo, no simplemente una sugerencia.

Cualquier persona que siga pensando de esta manera después de las catastróficas experiencias en Grecia, España, Colombia y el Reino Unido durante los últimos años se encuentra en un profundo estado de negación sobre lo que logran los referendos. En estos cuatro casos se hizo creer a la gente que sus deseos se concederían si solo fueran a la mesa de votación y marcaran su elección preferida en un papel. En todos los casos la realidad ha sido sorprendentemente diferente.

En el caso del referendo de rescate de Grecia de 2015, un sólido 61% de los votos rechazó las condiciones impuestas por el FMI y el BCE en un paquete de rescate. Con un resultado tan claro, los mercados se prepararon para lo que parecía ser un impago inminente del país y una herida casi fatal para el proyecto de la UE. Sin embargo, solo unos días más tarde, el gobierno dirigido por el partido Syriza, que hizo de la anti-austeridad su bandera y que convocó el referendo, aceptó un paquete de rescate con recortes de pensiones y aumentos de impuestos aún mayores que aquel que fue rechazado por los votantes.

El año pasado, en España, el gobierno local de Cataluña convocó a su pueblo a un referendo preguntando si querían ser un estado independiente, pero las cosas no pudieron salir más mal. Para comenzar,  el referendo fue declarado ilegal por el Tribunal Constitucional de España. Luego, el gobierno central mostró su creatividad para enfrentar el desafío desplegando a miles de policías con la orden de cerrar las elecciones como si los votantes fueran criminales, desatando el caos y la violencia. Para rematar, los observadores internacionales declararon que los resultados no podían considerarse válidos, ya que la elección no cumplía con los requisitos mínimos de las normas internacionales.

A pesar de todo esto, los organizadores anunciaron que el referendo había sido un éxito rotundo, con un 92% de apoyo a la iniciativa (claro, obviando que el 57% de los votantes registrados, probablemente los que estaban en contra, no votaron). Con gran entusiasmo y pomposidad el Parlamento de Cataluña declaró la independencia, pero en un sorprendente giro de acontecimientos, el presidente de la Generalitat pidió que se “suspendiera” la independencia, lo que sea que eso signifique. Todavía no sé si Cataluña fue independiente durante unos minutos ese día en octubre de 2017, pero el lector podrá juzgar por si mismo el impacto duradero del referendo con solo mirar un mapa político actual de España.

Si el lector hubiese preguntado a estadounidenses o europeos en septiembre de 2016 cuál era la noticia más importante sobre Colombia en esos días, la mayoría le habría respondido que sin lugar a dudas era el lanzamiento de la segunda temporada de Narcos en Netflix. La verdad era que el país estaba pasando por su propia pesadilla de referendo, y eso era el único tema de conversación posible para los colombianos. El presidente Juan Manuel Santos inició diálogos con las FARC, un grupo armado que se reinventó varias veces a lo largo de sus más de 50 años de existencia, de ejército campesino en la Colombia rural hasta grupo terrorista, de guerrilla revolucionaria marxista-leninista hasta una exitosa empresa exportadora de cocaína. Después de cuatro años de negociaciones en La Habana, el gobierno llegó a un acuerdo de 297 páginas que delineban las condiciones bajo las cuales las FARC entregarían sus armas a cambio de favores legales y políticos. El Sr. Santos sintió que era necesario un respaldo vigoroso por parte de la sociedad para que el acuerdo fuera legítimo, aunque no había requisitos legales para hacerlo, y declaró que si los colombianos rechazaban el acuerdo en un plebiscito, inmediatamente tomaría las medidas necesarias para detener el cese el fuego y reanudar las acciones militares.

Para sorpresa de todos, el acuerdo fue rechazado por un margen mínimo, 50.2% sobre 49.8%, y el país parecía dirigirse a una tormenta política de completa incertidumbre. Aunque técnicamente el lado que rechazó el acuerdo ganó, la diferencia de sesenta mil votos en una población de cuarenta y cinco millones de personas fue tan minúscula que no proporcionó un mandato legítimo para frenarlo. Yo voté en contra del acuerdo en el referendo, algo sobre lo que escribí en algún otro lugar, pero ni por un minuto después de ver el resultado pensé que yo había “ganado” algo. Durante los meses siguientes, miles de personas se reunieron en la Plaza de Bolívar exigiendo una solución, y la tensión alcanzó máximos históricos.

Lo único claro en ese momento era que todos estábamos atrapados en una situación frágil e insostenible, y realmente era decisión de los políticos tomar medidas decisivas, incluso si eran impopulares. El Sr. Santos decidió proseguir el acuerdo con las FARC y abrió otro frente de negociación, esta vez con los partidos políticos en la oposición encabezada por el ex presidente Álvaro Uribe. Menos de dos meses después, un nuevo acuerdo (básicamente el original con algunos cambios cosméticos) se presentó al público y fue rápidamente ratificado por el Congreso. Nadie mencionó un segundo referendo, y las discusiones sobre las FARC se movieron a la siguiente elección presidencial.

El Brexit comparte similitudes con estas tres historias, específicamente con las paupérrimas condiciones en que se adelantaron los referendos. En los cuatro países los asuntos en consideración eran de gran complejidad, pero los políticos los proyectaron de una manera terriblemente simplista, todo siempre en términos de una opción binaria. Tal reduccionismo en temas tan importantes termina en una guerra de desinformación en la que los únicos que pueden tomar el micrófono son los fundamentalistas que se encuentran en ambos extremos del espectro. Los temas en torno a estos cuatro referendos fueron de naturaleza explosiva y estos, en lugar de ser una herramienta para resolverlos, lo que hicieron fue causar estragos innecesarios en las sociedades donde fueron infligidos, catalizando violentamente las tensiones entre personas que tienen puntos de vista radicalmente diferentes.

El aspecto más cruel de estos cuatro referendos es que todos han engañado a sus poblaciones con la ilusión de opciones que no pueden ser materializadas por los políticos que las convocaron. Los partidarios de la anti-austeridad en Grecia, los independentistas en Cataluña, los opositores al acuerdo con las FARC en Colombia y los Brexiteers en el Reino Unido, todos han sido engañados, habiéndoles hecho pensar que tenían una opción que en realidad no existía.

En Grecia, España y Colombia, los políticos ignoraron la voluntad de la gente cuando se dieron cuenta de que no podían cumplir sus promesas o cuando la sociedad estaba tan dividida por la mitad que el resultado de una consulta no resolvía el asunto. En el Reino Unido, sin embargo, los políticos han estirado hasta límites inimaginables la interpretación del referendo, considerándolo como si fuera una orden divina que llegó desde los cielos. Pero desde que Dios le exigió a Abraham que sacrificara a Isaac, nunca habíamos visto una fe tan ciega de alguien para hacerle daño a los suyos, y parece que ahora la única salida es que los asustados políticos de esta isla, por medio de un segundo referendo, imploren de nuevo a los cielos qué deben hacer. Pero, ¿qué pasará si la respuesta es que deben continuar con el apuñalamiento?

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