La última bala de Theresa May

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En estos días que estamos llegando a lo que parece ser el final de otra temporada en la tragicomedia llamada Brexit, lo único que es posible afirmar con certeza es que nadie tiene la más remota idea de cómo va a terminar todo este embrollo. La próxima fecha clave es el 11 de Diciembre, cuando el Parlamento británico deberá votar sobre el acuerdo firmado por los negociadores de Reino Unido y Europa, y según los que están llevando las cuentas los números no favorecen al gobierno de Theresa May: menos de 250 miembros del Parlamento votarían a favor, muchos menos del umbral mínimo de 320 que se necesitan para que sea aprobado.

Para recapitular, el suplicio de este acuerdo comenzó cuando la señora May tuvo la buena idea de lanzase al vacío apresuradamente, activando el famoso Artículo 50 con el que comenzaban a correr dos años para lograr un acuerdo de salida de la Unión Europea. Por esos días la primer ministro se mostraba particularmente envalentonada, entonando un discurso patriotero que resonaba con los Brexiteers y prometiendo un esplendido acuerdo que revitalizaría a la gran nación. Fue por esos días que la señora May acuño esa madre de todas las tautologías que es “Brexit means Brexit” (Brexit significa Brexit), y con la que resumía su compromiso con la irreversibilidad de la decisión de abandonar la Unión Europea.

Hace un par de semanas, después de largos y tortuosos meses de negociación, se conoció el texto final del acuerdo sobre como sería el proceso de salida del Reino Unido a partir del próximo 29 de Marzo. Y como ya se estaba esperando, en cuanto este salió a la luz pública se fueron lanza en ristre contra el todos los súbditos del reino: siete miembros del gabinete; los conservadores más conservadores; los que siendo conservadores lo son un poco menos; el partido de Irlanda del Norte que hace parte del gobierno; los escoceses; el partido laborista que está en la oposición; todos los otros partidos pequeños; todos los tabloides y casi todos los columnistas de opinión.

Si el Parlamento no aprueba el acuerdo volvemos al punto inicial donde estábamos en Junio de 2016, sin nada que regule la futura relación entre Reino Unido y Europa pero con la diferencia de que estaremos a tan solo tres meses de la fecha en la que la salida se hace efectiva. Si tal acuerdo no se logra, lo que se puede esperar es el mayor caos que se haya vivido en esta isla en tiempo de paz desde que azotó la Peste Negra, por lo tanto urge encontrar una solución. Hay quienes dicen que se debería volver a la mesa de negociación y presionar a la Unión Europea. Están los que dicen que se debería convocar a un segundo referendo. Unos más aseguran que se debe pedir más tiempo para poder tomar la decisión con calma. Los más ambiciosos están ensañados con usar esta oportunidad para hacerse con el poder.  Y por supuesto, los fundamentalistas más recalcitrantes opinan que los británicos deberían mostrar su patriotismo inmolándose con una salida no regulada y desafiando hasta el final el yugo del Bruselas.

Hay otra opción que se la ha cruzado por la cabeza a muchos, pero que hace ruborizar hasta el más impúdico: olvidarse por completo del Brexit. Cada vez que alguien menciona esa posibilidad lo hace de manera tímida, como avergonzado de reconocer que esa podría ser una solución sensata. La verdad en boca de todos es que ningún político se va a atrever a ser aquel que frenó el Brexit, así que con la cobardía usual que exhibe el gremio, estos repiten como loras que el pueblo ya expresó su voluntad y que parar el Brexit ahora sería un terrible golpe para la democracia. La lógica que sigue es que este país deberá pagar hasta el precio más alto que se le sea exigido con tal de satisfacer los deseos de ese 52% que marco la casillita que decía “Leave”.

Pero si hay una persona que debería tomar la decisión de frenar el Brexit si el acuerdo se cae en el Parlamento, esa es la misma Theresa May. Si ella es la líder que dice ser, debería atornillarse como fuera al número 10 de Downing Street por los siguientes meses, resistiendo todos los embates que vendrán por removerla del poder mientras ella busca la manera de reversar los eventos desencadenados por invocar el articulo 50.

Desde el punto de vista de Theresa May, si el Parlamento tumba el acuerdo estaría tumbando el único Brexit real que existe en este momento y por la que su administración se la jugó durante dos años. Suponer que la Unión Europea va a dar una prorroga o cambiar el texto y capitular ante una contraparte que está a punto de implotar sería increíblemente ingenuo. Convocar a un segundo referendo antes del 29 de Marzo sería casi imposible en tan corto tiempo, y más si toca definir aspectos delicados y nada triviales, como cuál sería la pregunta y cuáles las opciones. Salir sin ningún acuerdo sería un suicidio colectivo. Renunciar, como lo hizo su predecesor, y provocar una lucha por el poder en los meses más críticos que ha vivido este país desde la crisis del Canal del Suez debería ser impensable.

No, desde el punto de vista de Theresa May, si el Parlamento tumba el acuerdo la única opción que debería quedar es la de frenar el Brexit. Ir en contra de los resultados de un referendo debe parecer el mayor pecado que pueda cometer un político, y sin embargo eso es algo que ya ha ocurrido en el pasado en otras partes del mundo.

Tal vez sea hora de recordar algunas de las lecciones que aprendió Colombia sobre este tema.

Continua aquí: Ignorando la voluntad del pueblo

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