Lo que más me preocupa de la tecnología

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Black Mirror es un programa de televisión en Netflix que ha ganado un estatus de culto entre sus millones de seguidores debido a su forma única de retratar el futuro. Sus episodios cuentan historias no relacionadas entre si pero que tienen en común estar ambientadas en una variedad de versiones futuras de nuestro mundo, donde podemos reconocer perfectamente los elementos de nuestra propia realidad. Black Mirror es un ejercicio de extrapolación creativa, en el que las tecnologías que están ahora en su infancia se despliegan a su máximo alcance y potencial, proponiendo una serie de preguntas sobre su propósito y su impacto en nuestra vida. Su creador, Charlie Brooker, fue el orador principal en una conferencia a la que asistí la semana pasada en donde compartió su proceso creativo para escribir historias, sus fuentes de inspiración y sus opiniones personales sobre el futuro.

Black Mirror es bien conocido por sus tonos sombríos y su oscura representación del mañana, por lo que el Sr. Brooker tuvo que enfatizar que no es miembro del movimiento anti-tecnología ni es pesimista sobre el futuro. El carácter perturbador que subyace en la mayoría de las historias, según él, surge de las preocupaciones genuinas que tiene sobre la tecnología y su propia libertad artística.

Con todo esto de fondo, la última pregunta que se le hizo ese día no fue una sorpresa: “¿Qué le preocupa más sobre la tecnología?” El Sr. Brooker tuvo que pensar un momento y luego señaló que su naturaleza adictiva era lo que más le molestaba, equiparando su sumisión a estar revisando su móvil con su antigua aducción a fumar cigarrillos. “¡Puedo pasar horas mirando la puta pantalla y leyendo sobre cosas que ni siquiera me importan!”, dijo a una audiencia que, conociendo muy bien el sentimiento, rió nerviosamente.

He estado pensando en cuál sería mi respuesta a la misma pregunta, y me di cuenta de que lo que más me preocupa de la tecnología actualmente es su extraordinaria capacidad para desterrar la responsabilidad de mi propia vida.

La narrativa actual que se utiliza para resumir muchos de los avances tecnológicos de hoy es que nos liberará de todas las actividades mundanas para que podamos perseguir nuestros sueños y metas sin ser molestados. La tecnología, se nos dice, removerá de nosotros el peso que acarrean todas esas aburridas actividades mentales y corporales que tenemos que hacer frecuentemente. La tecnología nos liberará de las rutinas tediosas, las tareas manuales y toda esa planificación que siempre tenemos que hacer, para que podamos convertirnos en amos que solo tengan que decretar en voz alta sus deseos.

La realidad se convertirá pues en una extensión de nuestra voluntad.

Tomemos, por ejemplo, la visión del gran físico Michio Kaku, quien dice que el destino de los humanos que viven a fines de este siglo es convertirse en “los dioses que una vez adoramos y temíamos [pero cuyas herramientas no son] varitas mágicas y pociones, sino la ciencia de las computadoras, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la biotecnología y, sobre todo, la teoría cuántica ”. O la visión del profesor Yuval Noah Harari, quien piensa que el Homo Sapiens está a punto de alcanzar poderes divinos, y que trascenderá muy pronto en alguna forma de Homo Deus. Los libros de estos dos autores son excelentes (en particular Kaku es un héroe personal mío, siendo la única persona a la que le he pedido un autógrafo), y por supuesto todo esto suena genial, pero aún así encuentro algo profundamente inquietante sobre esta cruzada para derribar la realidad hasta el punto de que deje de poner resistencia a nuestros caprichos.

A medida que eliminamos sistemáticamente cualquier fuente de fricción entre nuestros apetitos y el mundo externo, eliminamos también las oportunidades para ejercer responsabilidad. Si todo lo que necesito hacer es chasquear mis dedos para tener frente a mí una deliciosa comida caliente, la película que quiero ver y algún compañera con quien compartir la noche, ya no soy responsable de tener hambre, aburrirme o estar solo. Puesto que el plan consiste en subcontratar a la tecnología todas estas cosas que solíamos hacer (cocinar, entretenerme, encontrar una pareja), ya no somos responsables por nada de esto, y si algo falla lo único que nos queda por hacer es llamar y gritar al Servicio de Atención al Cliente del proveedor de servicios correspondiente (Deliveroo, Netflix, Tinder).

Cuando éramos niños, nuestra voluntad no estaba educada y pensábamos que el mundo giraba en torno a nosotros. El enfrentamiento con los duros límites de la realidad nos enseñó algunas lecciones, y nos convertimos en adultos cuando estuvimos listos para ser responsables por nuestros familiares y amigos, pero sobretodo, por nosotros mismos. Ejercitar la responsabilidad nos capacitó para ejercer el juicio, y esto es algo que alcanzamos, no deseando cosas, sino haciéndolas, interactuando con el mundo material, sintiéndolo con nuestras manos. Mi temor a la tendencia actual de la tecnología es que al perseguir el sueño de una autonomía infinita, estamos firmando implícitamente un contrato para desprendernos de ser responsables de nosotros mismos, tal vez la forma más efectiva de cultivar la sabiduría.

Todavía estamos lejos de vivir en ese mundo imaginado por Brooker, o profetizado por Kaku y Harari, sin embargo, es innegable que hasta ahora hemos avanzado mucho en esa dirección. Yo, como hombre que vive en Londres, estoy incrustado en lo que debe ser una de las existencias con la menor cantidad de responsabilidad directa en el planeta. Y lo digo porque necesito asegurarme de que esta entrada no se lea como si estuviera pontificando sobre estos temas, sino más bien como indicación pública del primero de los doce pasos utilizados por los alcohólicos y adictos en su programa de rehabilitación.

Hemos estado desarrollando tecnología desde las herramientas de piedra de Oldowan hace más de dos millones de años, y en la mayoría de los casos parece que estamos bien, así que quizás estoy exagerando ese impacto en nuestra capacidad para ejercer la responsabilidad. Sin embargo, al menos creo que propone un escenario plausible para ser entretenido en un episodio de Black Mirror: ¿Qué sucede cuando todos los humanos se comportan como niños mimados y las máquinas son el único adulto en la habitación?

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