El hecho es que a nadie le importan los hechos

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“El año que viene se cumplen 50 años (supuestamente) que el hombre pisó la Luna. Estoy en una cena con amigos… discutiendo sobre ello. Elevo la tertulia a público! Creéis que se pisó? Yo no!”

Este fue el mensaje que el portero Iker Casillas twitteó hace unas semanas a sus ocho millones de seguidores que probablemente están más acostumbrados a sus agudas observaciones sobre el fútbol que a sus puntos de vista sobre el programa espacial. Periódicos serios como El País, siempre listos para encontrar inspiración en Twittosfera, tomaron los 157 caracteres para publicar artículos que amplificaron los comentarios de Casillas, omitiendo el punto de que el chico debe estar loco por pensar esto.

Sin embargo, lo que los periódicos no destacaron fue algo más digno de titulares: el Sr. Casillas incluyó en su tweet una encuesta preguntando a sus seguidores si creían que el hombre pisó la luna en 1969, y de las 310,000 personas que respondieron, el 42% dijo que no. Es sorprendente que una proporción tan grande de personas den crédito a una de las teorías de conspiración más locas que existen, pero está en línea con los resultados de encuestas similares. Hace un par de años, se informó que el 54% de los británicos dudaba del viaje espacial de Neil Armstrong a la Luna, e incluso en los EE. UU esta proporción puede llegar al 20%.

Es un hecho que el Apolo 11 fue a la luna hace casi 50 años, al igual que es un hecho que España ganó el Mundial de fútbol en 2010. Casi 600 millones de personas siguieron ambos eventos, pero aún no conozco la primera persona que afirme que La Roja realmente no ganó el torneo y que todo fue un engaño. Estos dos eventos son hechos y, por lo tanto uno no los “cree”, uno los “sabe”.

Que los seres humanos fueron a la Luna es un hecho, así como es un hecho que el calentamiento global causado por los seres humanos pone en peligro el planeta, o que las vacunas proporcionan inmunidad a las enfermedades. Sobre estos tres ejemplos tenemos una gran cantidad de pruebas convincentes que están a solo unos clics de cualquiera que tenga curiosidad, una mente inquisitiva y una conexión a Internet. Pero respecto a estos tres ejemplos también tenemos grandes grupos de personas que prefieren cerrar los ojos a los hechos y han decidido vivir en una realidad paralela donde la evidencia puede ser fácilmente ignorada.

Si uno puede optar por ignorar los hechos a pesar de la evidencia abrumadora e inequívoca que los respalda, ¿cuáles son las posibilidades de que utilice los hechos para guiar sus decisiones y preferencias cuando son más difíciles de establecer y dónde las pasiones son más intensas? Si puede ignorar los hechos históricos o los hechos que pertenecen al ámbito de la física, la química o la biología, ¿cuáles son las posibilidades de que tenga en cuenta los hechos en temas más difusos y acalorados, como la política?

En la edición de este mes de la revista Wired hay una historia fascinante sobre las organizaciones de verificación de hechos (fact-checking en inglés) que se han establecido en los últimos años con el único propósito de detectar declaraciones falsas hechas por políticos. Su trabajo se comprende mejor con un ejemplo reciente: la semana pasada, Theresa May afirmó que 1.9 millones más de niños en Reino Unido se encuentran en escuelas buenas y sobresalientes, en comparación con 2010, en parte debido a las reformas hechas a la educación por los gobiernos conservadores. Al día siguiente, FullFact.org, una organización de caridad británica independiente que se dedica a verificar hechos, publicó una nota (basada en una carta de la Autoridad de Estadísticas al Departamento de Educación) diciendo que esto era engañoso, ya que podría deberse al aumento en el número de estudiantes, cambios en las prácticas de inspección y que hay un gran número de alumnos en escuelas que no han sido inspeccionadas desde 2010.

Se puede uno imaginar cuán compleja es la tarea de rastrear cada declaración hecha por políticos y evaluar tan rápido como sea posible si es verdadera, falsa, si está en algún punto intermedio o simplemente no es verificable. Algunas de estas organizaciones están empezando a aprovechar las técnicas de Inteligencia Artificial para acelerar estos proceso, sin embargo,en el futuro cercano esto lo seguirán haciendo principalmente grupos de humanos con visión independiente y bien preparados.

Considero que el trabajo de estas organizaciones de fact-checking es fascinante y extremadamente interesante, y estoy seguro de que en la próxima década veremos cómo mejoran para ser más rápidos, más precisos y con una cobertura más amplia de actores políticos. En un mundo intensamente inundado de fake-news, ciertamente necesitamos más de estos comprobadores de hechos. Sin embargo, también creo que el impacto que estas organizaciones pueden tener en la población general será limitado y probablemente no cambiarán la forma en que la mayoría de la gente forma sus opiniones políticas.

Las organizaciones de fact-checking probablemente se ven a sí mismas como árbitros en un partido de fútbol, ​​proporcionando una evaluación independiente de las faltas cometidas por los jugadores. Al igual que los árbitros VAR, ellos monitorean las acciones en el campo con una variedad de tecnologías y aplican algún tipo de corrección cuando ven que algo está sucediendo. Tal vez piensen que al evitar que los políticos sucios difundan mentiras y rumores puedan volver a traer la belleza al juego de la política.

Pero al igual que los árbitros en un partido de fútbol, ​​los fact-checkers pueden encontrar que las personas en la audiencia los aplaudirán cuando penalicen al equipo contrario, pero los maldigan cuando lo hagan al propio. Y aunque estoy seguro de que algunas personas han dejado de animar a sus equipos cuando vieron que sus jugadores usaban muchas tácticas sucias, la realidad es que la mayoría de nosotros seguiremos apoyando los mismos debido a razones que van más allá de los simples hechos.

Los hechos pueden cambiar las opiniones de ciertas personas sobre ciertos temas, pero me parece que esta es la excepción y no la regla. Y esto es algo que personas como yo deberíamos dejar de resentir y, en cambio, comenzar a aceptar. La historia del hombre en la luna es un raro ejemplo de un hecho que puede ignorarse sin consecuencias catastróficas. Pero si queremos ser más efectivos para salvar al planeta del calentamiento global, o evitar que los niños mueran innecesariamente por enfermedades para las que tenemos vacunas, o promover gobiernos que reflejen verdaderamente nuestros puntos de vista y valores, deberíamos recordar que en estas batallas ganar los corazones es esencial, pero las mentes tan solo algo opcional.

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