Esperando a Cincinato

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El enfrentamiento entre Roma y los ecuos había llegado a un punto crítico cuando el cónsul Lucio Menucio fue sitiado en el campamento que había levantado cerca de Tusculum. En Roma, el senado entró en pánico y decidió que la única salvación era llamar al general Lucio Quincio Cincinato para volverlo dictador. Era una apuesta arriesgada, puesto que los poderes de dictador eran ilimitados, y se corría el riesgo de abrirle las puertas a alguien con tanta ambición de poder que luego fuera imposible de controlar.

Cuenta la leyenda que cuando la delegación del senado llegó a donde Cincinato a informarle de su nombramiento, encontró a este arando las tierras de su pequeña parcela que tenía frente a la humilde choza donde vivía con su mujer. En cuanto recibió la toga de dictador, partió a Roma donde convocó un ejercito con el que atacó y venció a los ecuos. Dieciséis días más tarde, y con su labor cumplida, Cincinato renunció como dictador y regresó a su parcela a seguir arando la tierra.

La historia de Cincinato fascinaba a los romanos de la república, que veían en sus acciones el modelo del líder perfecto, capaz y valiente, pero ante todo desprendido de las ansias de poder. Los temores de qué pasaría cuando una persona acumulara demasiado poder solo se materializarían cuatrocientos años después cuando Julio César se proclamara dictador vitalicio y Roma entrara en la era de los emperadores.

Ayer escribía sobre los incentivos, esas influencias externas que moldean nuestro comportamiento, y reflexionaba sobre cuál es, en mi opinión, aquel que afecta más a los políticos. Señalaba también que la motivación era algo diferente al incentivo porque este proviene del interior del individuo y marca sus aspiraciones del largo plazo. Sigue entonces la pregunta ¿Cuáles son las motivaciones que mueven a los políticos?

Creo que sería demasiado cínico dudar de la vocación de servicio que tienen en general los políticos, y puedo aceptar sin problema que cualquiera (o bueno, digamos la mayoría) de los aspirantes a ocupar un cargo de elección popular tiene la firme convicción de querer ayudar a su comunidad. Sin embargo creo que también es valida la observación de que, como grupo, los políticos tienen una ambición natural de poder. No sé si será una necesidad psicológica que tienen de controlar a los otros, a decirle a los demás como es que tienen que vivir, lo cierto es que uno reconoce un patrón que se repite en todos los puntos cardinales, en todas las épocas de la historia. Antes que nada, el político está convencido de que es imprescindible, que la historia lo ha llamado para salvar a su pueblo.

Claro, cuando a nuestros candidatos se les pregunta cuáles fueron sus motivaciones para meterse en el cuento de la política siempre escuchamos las historias edulcoradas de un llamado supremo a servir a los demás, pero jamás vamos a escuchar a uno que, mirando a la cámara, diga “pues mira, a mi lo que me mueve son unas grandes ansias de poder”. Pero luego comienzan los problemas y los escándalos, y aquí estoy y aquí me quedo, y vamos a cambiar un articulito para salvar la patria, y vamos a excarcelar a un ex presidente solo por razones humanitarias. Y en todos esos casos, y en una infinidad más, lo que vemos al político que elegimos, amarrado al escritorio, dando trompadas y coces a quien se le acerque para decirle que ha llegado la hora de partir.

Llevamos dos mil quinientos años soñando que Cincinato va a volver, que el gran general va a aceptar con humildad el encargo que le hacemos para venir a salvar nuestra república. Pero sobretodo, soñamos que cuando ya esté todo en orden, y sin que tengamos que pedírselo, él va a renunciar al inmenso poder que le hemos conferido y va a regresar a su parcela a seguir arando la tierra.

Las elecciones, tan frágiles, tan manipulables, tan averiadas, han demostrado que tienen una capacidad muy reducida de frenar los embates de los políticos sedientos de poder. Habrán quienes no ven un problema en esto y crean que un líder fuerte anclado en el poder es la receta ideal para arreglar a un país pero ahí ya nos desviamos por completo del asunto de la democracia y entramos en un tema bien oscuro. Por el momento lo dejo ahí, pero si alguien quiere, estaré feliz de meterme en ese debate, para nada controversial, que es el de las dictaduras en nuestros tiempos.

¿Podemos diseñar un sistema democrático en el que los gobernantes que escogemos no puedan perpetuarse en el poder?

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