La muerte del tirano

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El asesinato de Julio César hace dos mil años está tan firmemente clavado en la historia de Occidente que es difícil concebir un final diferente para el caudillo Romano. Su muerte violenta ese 15 de Marzo nos puede parecer ahora como una tragedia inevitable, sin embargo los eventos que la rodearon estaban lejos de ser previsibles: César era popular entre el pueblo y adorado por las tropas, la guerra civil finalmente había terminado, y en tres días salía rumbo a Partia en una nueva expedición militar.

Nos podemos imaginar entonces lo sorprendido que debió quedar el pueblo de Roma cuando se regó la noticia de lo que había pasado esa mañana en el Teatro de Pompeyo. Y lo sorprendido que debió quedar Marco Antonio, cuando se dio cuenta que en realidad lo que quería Cayo Trebonio era alejarlo de César y evitar así que pudiera detener el atentado. Y lo sorprendido que debió quedar Cicerón cuando vio que sus colegas senadores se lanzaban en manada con dagas para apuñalar 23 veces al dictator perpetuo.Y lo sorprendido que debió quedar el mismo César, cuando sintió la herida que le abría Bruto, su hijo adoptivo.

Es todo un mérito de la nueva producción del Julio César de William Shakespeare en el Bridge Theatre de Londres, que esta historia tan perfectamente conocida aún logre sorprender a un grupo espectadores modernos. En esta versión, César lleva traje y corbata, y está rodeado de asesores y guardaespaldas. Cuando lo vemos entrar por primera vez en el escenario, lleva cachucha roja con un slogan que bien podría decir “Make Rome Great Again” y va junto a un Marco Antonio desaliñado que nos recuerda un poco a Steve Bannon.  Vemos también a Casio Longino, en esta ocasión representado como una astuta senadora en sastre y tacones que entiende que el poder que ha conseguido César ya no puede detenerse sin violencia.

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Michelle Fairley (Catelyn Stark en “Juego de Tronos”) interpreta a Casio Longino, cerebro de la conspiración

La primera mitad de la obra me recordó a una de esas películas de espías de John le Carré, en la que la acción se va desenvolviendo en medio de la niebla y la paranoia. Los diálogos ocurren en una calle oscura bajo la lluvia, en el desordenado apartamento de alguno de los conspiradores, en una gris oficina gubernamental. En el centro de la trama está Bruto, un intelectual aristócrata de aspecto frágil y rodeado de libros, angustiado de ver a César convertido en un tirano y carcomido por la duda de qué es lo que debe hacer.

En el último año Julio César ha sido llevado varias veces al teatro en grandes producciones en Inglaterra y en Estados Unidos, y no me sorprendería que en el futuro cercano la sigamos viendo prominentemente anunciada en la cartelera de otros países. Las preguntas que plantea Shakespeare en esta obra parecieran más relevantes que nunca y resuenan en un mundo en el que hay una sensación generalizada de que algo anda mal en nuestras repúblicas.

En la mayoría de países de Occidente estamos lejos de tener algún líder que haya conseguido amasar la cantidad de poder que tuvo César, aunque estoy seguro que al menos habrán algunos que si lo igualan en su ambición. Nuestros sistemas de pesos y contrapesos, aunque magullados y siempre blanco de ataques, se mantienen como diques conteniendo el desborde que pueden traer nuestros populistas modernos. Pero en el ambiente si se siente que hay una incertidumbre de que tanto podrán resistir estos, y la sensación de que a la vuelta de la esquina todo pueda cambiar dramáticamente.

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Ben Whishaw (Q en “James Bond”) interpreta a Bruto, el hijo adoptivo de César

En la introducción de su excelente libro “The Storm before the Storm”, Mike Duncan trata de responder una pregunta frecuente que le hacen a los historiadores clásicos: Si pudiera uno establecer un paralelo entre Roma y Estados Unidos,  ¿a qué parte de la historia antigua correspondería el tiempo en el que vivimos actualmente? La respuesta de Duncan es que no estaríamos en la caída del imperio, ni siquiera en el nacimiento del Imperio durante los tiempos de César y Cleopatra. Seguramente estaríamos un par de generaciones antes, después de la destrucción de Cartago y durante la época de los hermanos Graco a mediados del siglo II A.C, cuando las tensiones políticas dejaron de estar en la periferia y se trasladaron al centro de la República para ser explotadas por un grupo de sagaces caudillos, que encontraron la llave para tomar el control del estado. Lo que Churchill tal vez hubiera identificado como “el final del comienzo”.

Soy optimista del futuro de nuestras repúblicas pero también cauto, y sé que en las próximas décadas las someteremos a mayores presiones. Pero cuando llegue el momento de enfrentarnos nuevamente a los tiranos ¿cuál será el camino que tendremos que tomar? Las angustiosas reflexiones de Bruto y de Casio no nos ofrecen consuelo, tal vez tan sólo un poco de compañía.

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