Las elecciones que no funcionan

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Un celular deja de funcionar si hace mucho calor: por encima de 50 grados centígrados la estructura interna de la batería colapsa.  Una lavadora doméstica se daña si se pone mucha ropa a lavar: más de 12 kilos arruinan fácilmente el motor. Un tren del metro de Londres puede transportar en un momento dado un máximo número de personas: Físicamente no entran más de mil.

¿No es válido entonces preguntar cuál es el máximo número de personas para las que las elecciones funcionan bien?

Como cualquier otra pieza de tecnología humana, las elecciones tienen un rango en las que operan apropiadamente pero fuera del cual se desbaratan. En grupos pequeños, de algunas decenas de personas, son ideales para la toma de decisiones. Sin embargo, cuando el universo de electores llega al centenar comienzan a operar cerca del máximo límite de funcionamiento, y muy seguramente toda su utilidad se extingue mucho antes de que la población llegue a las mil personas.

Las elecciones “funcionan” en la medida que puedan otorgar a los electores dos derechos específicos: voz y voto. La presión a la que sometemos nuestras elecciones habituales con sus miles, cientos de miles, o millones de participantes, pulverizan por completo estos dos derechos y las convierten en un ejercicio vacuo.

El derecho a tener voz significa que sobre la decisión que va a tomar el grupo cada persona tiene la posibilidad, no sólo de expresarse libremente, sino además de ser escuchado por todos. Es tan absolutamente básico este derecho que incluso precede al voto. Y es que lo mínimo que puede uno brindar a una persona que hace parte de un grupo, y a la que involucramos en un proceso de decisión, es la posibilidad de que se exprese con la esperanza de que los demás tomen en cuenta su punto de vista. Claro, lo ideal y verdaderamente democrático es que todos tengan ambos privilegios simultáneamente, pero no sería una aberración encontrar el caso de un grupo en el que la voz lo tienen todos pero el voto solo algunos.

A medida que el tamaño del grupo crece es más difícil escuchar a los demás y la voz individual se va apagando. Y esto no es un problema de corrupción, o de que haya personas que no permitan hablar a los otros. No, esto es un asunto exclusivamente técnico: cada nuevo miembro que se agregue al grupo eleva de manera exponencial la complejidad de la comunicación entre los participantes. Con algo de disciplina y paciencia se puede lograr que un par de cientos de personas den su punto de vista a todos, pero sería descabellado pensar que esto es sostenible para las dimensiones de nuestras democracias modernas.

Las elecciones en nuestros tiempos logran la magia de invertir ese escenario desequilibrado y no ideal de voz sin voto, en uno desequilibrado y absurdo: todos tienen voto pero casi nadie tiene voz. Lo que sigue entonces es la cacofonía habitual en la que nos envolvemos con nuestros allegados, y más allá de la cual solo llega nuestro silencio.

Así pues, no tenemos voz y lo único que nos queda es el voto. Pero aquí, de nuevo, el enorme tamaño del electorado no juega a nuestro favor. Con nuestros censos de millones de personas, el poder del voto se diluye hasta volverse invisible, inútil, insignificante. Es una tragedia que, mientras las elecciones son frágiles antes los embates de los grandes animales políticos que la mangonean a su antojo, estas son perfectamente imperturbables ante la voluntad del individuo.

Nos escandalizamos porque en todas partes del mundo la participación electoral está cayendo en picada y culpamos a los millennials porque son unos apáticos. Pero ¿cómo puedo uno entusiasmarse con un sistema diseñado exclusivamente para exprimirle a uno una crucecita inútil sobre el tarjetón cada cuatro años? ¿Cómo no relegar a la última prioridad un ejercicio en que literalmente no tengo voz, y lo que tengo es un remedo de voto?

Llevamos más de dos siglos convencidos que no existen límites para las dimensiones sobre los que las elecciones pueden funcionar, y nadie se aterra que las usemos tan casualmente en poblaciones que exceden varios órdenes de magnitud su rango óptimo operacional. Tener la esperanza de que las elecciones convocadas a millones de personas funcionen apropiadamanete es tan absurdo como pensar que esta tarde le puedo meter un par de toneladas de ropa sucia a la lavadora de mi casa y esperar que esta salga fresca y limpia.

¿Podemos diseñar un sistema democrático para tomar decisions y que verdaderamente funcione para una población con millones de personas?

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