Contra las Elecciones

IMG_3060El camino que recorrí para convertirme en un fundamentalista de las elecciones comenzó, no cuando tenía 19 años y voté por primera vez sino quince años antes, cuando mis papás me llevaron al puesto de votación con ellos para las presidenciales en las que ganaría Belisario. El ambiente era inusualmente festivo – ¡jamás había visto la ciudad así! – con las calles cubiertas de harina y los carros que, empapelados de afiches con los rostros de los candidatos, pitaban con entusiasmo. En una esquina, mientras mis papás hablaban con algunos conocidos, mi hermana y yo nos unimos a otros niños para entonar a todo pulmón, destemplados pero convencidos, el cántico aquel: “Galán al poder, López a barrer….!”.

Así pues, a mi lo de las elecciones me quedó grabado en el ADN siendo por años partícipe de la práctica misma del ritual. Y cuando ya me tocó el turno de ejercer el derecho, no lo dejé ir. Previo a cada elección, pasaba días enteros leyendo con cuidado las propuestas de los candidatos. Discutía animadamente con amigos y familiares las bondades de uno y los peligros del otro. Tomaba la precaución de que en mi calendario no hubiera conflicto el día de las elecciones y me aseguraba que mi cédula siempre estuviera inscrita, incluso viviendo en el extranjero. Y claro, como si fuera Savonarola pontificaba a los descreídos: “No importa por quien vayas a votar, ¡lo importante es votar!”. “Vota, ¡así sea en blanco!”. “Si tan sólo más gente votara, empezaríamos a construir una Colombia mejor”. “Si no votas ¡pues no te quejes!”.

Por supuesto, ese comportamiento tiende a ser la norma y no la excepción. Y no sólo en Colombia y en torno al pequeño grupo de personas que me rodean, sino que es un sentimiento que se replica en todo el mundo, de México a Corea, de Finlandia a Australia: Las elecciones, nos dicen, son el origen de todas nuestras libertades, el pilar fundamental de nuestra civilización, el doble elixir contra el despotismo y la anarquía.

Pero las elecciones no son nada de eso. Fundamentalmente, las elecciones son una tecnología social: una serie de procedimientos, reglas y cálculos que usamos para ayudarnos a tomar ciertas decisiones. Las elecciones son esa alquimia con la cual mágicamente transmutamos las preferencias de los individuos en algo que llamamos “la voz del pueblo”. Parece tan simple, tan transparente, tan puro que cuestionarlo es de locos. Pero cuando le quitamos el misticismo a las elecciones y lo vemos como lo que son, nos sentimos libres de hacer preguntas incomodas: ¿Logran las elecciones organizar la sociedad tal cómo queremos? ¿Qué efectos nocivos traen las elecciones? ¿Hay alternativas a las elecciones? Como cualquier otra pieza de tecnología que hemos creados los humanos, las elecciones pueden ser desbaratadas y estudiadas con detenimiento, y son susceptibles a ser mejoradas o reemplazadas por completo.

Sin embargo esta visión tan mundana que acabo de describir choca de frente con el nivel de culto al que hemos elevado a las elecciones y en la que llevamos montados más de 200 años. Como muchos cultos en los que hay más pasión que razón, estas se alzan sobre una serie de mitos, el más dañino en mi opinión, aquel que dice que la democracia y las elecciones son la misma cosa, y que las dos palabras son en realidad sinónimos. Hablar pues de una democracia sin elecciones les resulta a muchos un oxímoron, y de manera reciproca, no importa que tan totalitario sea un estado, mientras hayan elecciones no podemos cuestionar el espíritu democrático de este.

Las elecciones son una pieza de tecnología, así como lo es por ejemplo el motor de combustión interna que usan los coches. Pero así como somos conscientes desde hace décadas de los daños ambientales que causamos quemando petróleo, también tenemos que ser conscientes de lo tóxico que son las elecciones y lo inadecuadas que son para alcanzar la quimera esa que es la sociedad democratica. La lista de problemas que introducen las elecciones es larguísima: corrupción, perpetuación de castas políticas, desconexión del pueblo y sus gobernantes, vulnerabilidad a publicidad engañosa, disonancia cognitiva de los votantes, falta de legitimidad, sesgo de representación. Los problemas se extienden incluso a la matemática, aparentemente trivial, de contar votos y sumarlos. Sobre todos estos puntos tendré que volver con detenimiento.

Para mi es momento de actuar. Por eso para desprenderme de esa fe que le he profesado toda mi vida a las elecciones, este año me he abstenido de votar. Mis amigos, casi sin excepción, se han escandalizado cuando les he dicho esto. Pero es que parte del ejercicio es ese. No votar es un ejercicio de desobediencia, un minúsculo acto de protesta contra un sistema que nos está asfixiando. Al no votar me desprendo de lo que la sociedad espera de mi, y por tanto debo tomarme el trabajo de explicar en detalle por qué es que lo hago. Y sobretodo, me empuja a enfrentar y resolver ese otro mito que dice que no existe ni existirá jamás una alternativa posible a ese sistema sacrosanto, puro y bueno que son las elecciones.


El título de esta entrada es el mismo del excelente libro “Tegen Verkiezingen” (“Against Elections”, en Inglés) de David Van Reybrouck, del cual tomé prestadas algunas ideas.