Sin Frenos

Quienes acostumbran detenerse a leer la sección económica de los periódicos habrán notado que las bolsas mundiales se cayeron dramáticamente hace dos semanas (lo que los expertos llamaron una “corrección del mercado”) y luego rebotaron para dejar en neto una perdida notable pero no catastrófica. Por un par de días la noticia logró incluso trascender hasta los titulares de las primeras páginas y meterse en el radar de la gente a la que usualmente lo que haga el mercado ni le viene ni le va. Algunos columnistas volvieron a escribir sobre la fragilidad de nuestro sistema capitalista, algunos allegados en Facebook señalaron con sorna la similitud entre los mercados y los casinos, y algunos amigos preocupados me preguntaron si deberían mover sus inversiones.

Una percepción natural y bastante generalizada es que este tipo de cosas no debería suceder. Claramente algo debe estar profundamente mal si periódicamente estamos sometidos a estos colapsos, y más aún, si la economía en su totalidad es vulnerable a los caprichos de las bolsas. ¿Acaso no deberíamos aspirar a un sistema en el que estos bandazos simplemente no ocurran? Tal vez algunos tengamos la esperanza que todos esos funcionarios bienintencionados de los bancos centrales y los ministerios de hacienda estén trabajando en solucionar esos problemas. Posiblemente estas crisis son simplemente daños en la maquinaria bien engrasada del capitalismo y a medida que pase el tiempo esta va a ser más robusta, menos susceptible a romperse.

La verdad es un poco diferente. Las crisis y los colapsos son inherentes al diseño actual del libre mercado. Las plétora de fuerzas descentralizadas que operan en cualquier momento en la economía, cada una jalando para un lado diferente, no son coordinadas de manera central como para garantizar un ritmo pausado y estable. Al contario, el libre mercado está diseñado para recompensar el crecimiento acelerado y castigar cualquier fuente de estancamiento. Este carácter caótico del mercado se asemeja más al impredecible clima británico que a una precisa maquina alemana, y esperar a que no vayan a haber más crisis en el futuro es como esperar a que no vuelvan a haber ni lluvias ni huracanes.

Podríamos concluir entonces que todo este ejercicio ha sido un fracaso total si no podemos ni siquiera librarnos de estos recurrentes colapsos. Y es que no sabemos ni cuándo, ni cómo, ni por qué, pero con toda seguridad lo que vimos hace un par de semanas lo volveremos a ver más temprano que tarde. Más aún, no creo que haya nadie dispuesto a apostar ciegamente a que en las próximas décadas no se vaya a repetir un crisis apocalíptica como la del 2008.

Sin embargo, el libre mercado ha sido un rotundo éxito al menos en lo que concierne su objetivo central: la economía empujada por la libre oferta y demanda no ha hecho más que crecer a una velocidad vertiginosa. Cada día pareciera que batimos nuevos records en número de productos que producimos y consumimos mientras que los índices que miden el valor de la compañías o de las deudas avanzan a alturas sin precedentes. A pesar de la larga lista de descalabros económicos de los últimos cien años, la economía siempre logra levantarse de nuevo, hambrienta y desesperada por lograr más crecimiento.

Cuesta trabajo reconocer que estamos viviendo la mejor alternativa posible, claro, si lo que buscamos es ese apacible bienestar que brinda un trabajo remunerado, acceso a salud y educación de calidad y las muchas golosinas del capitalismo. Y más aún, como fuerza real de cambio la industrialización que ha acompañado al libre mercado no tiene competidor, al haber sido el principal motor para sacar de la pobreza a cientos de millones de personas, particularmente en China e India.

En nuestro sistema actual estamos cediendo estabilidad por la promesa de liberar a los espíritus de la economía, que la harán cada vez más grande y universal. Y hasta el momento, toda la evidencia apunta a que esa promesa se ha cumplido de manera formidable. Decir que ese libre mercado no ha funcionado para los intereses de la humanidad porque periódicamente nos sometemos a caídas intempestivas desconoce que estas son excepciones y que la norma es un absoluto estado de calma y expansión.

Y sin embargo, el libre mercado si está en un conflicto existencial con la humanidad pero esto es por otras razones. Porque precisamente ese objetivo primordial, tal vez único, de crecer y crecer lo ha conseguido con tal perfección que se ha llevado por delante a todo el planeta. La destrucción sistemática y a gran escala de la biosfera es una consecuencia natural de que vayamos montados en un vehículo sin frenos. Y la cruzada por lograr mayor eficiencia y crecimiento no puede más que abrir la brecha entre un puñado de super-ricos y el resto. En el ejercicio de optimización que supone el libre mercado no se busca ni mantener el equilibrio de la naturaleza, ni reducir la desigualdad. Aquí de lo que se trata es de crecer.