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La mañana del 15 de Septiembre de 2008 salí temprano a caminar por la Calle de Génova en Madrid. Había llegado la semana anterior para dar una charla sobre Polinomios Ortogonales en una conferencia de la Carlos III, y había decidido quedarme algunos días más para disfrutar de la ciudad. El cielo estaba radiante, sin ninguna nube, y el clima era cálido y agradable. Era Lunes, y la ciudad bullía con esa actividad típica del comienzo de la semana. Conmigo llevaba un cuaderno lleno de ecuaciones en las que estaba trabajando por esos días, y también un libro fantástico que había comenzado a leer en ese viaje: Failure is not an Option, las memorias del gran Gene Kranz, director de vuelo de la NASA durante la misión Apolo.

Después de estar caminando por una media hora, decidí parar en la Gran Cafetería Santander, que está ahí a la salida de la estación de Alonso Martínez. Me senté en una de las mesas que miran hacia la plaza de Santa Bárbara y pedí un café negro y unos churros. Mientras esperaba mi desayuno decidí ojear un periódico que alguien había dejado sobre uno de los asientos de al lado. Era El País, que con gigantescas letras anunciaba el titular:

CRISIS EN WALL STREET. LEHMAN BROTHERS SE DECLARA EN BANCARROTA.

Jamás había escuchado de esa firma, y aunque traté de entender que era lo que estaba pasando, la noticia me parecía críptica, lejana, incluso irrelevante. ¿Por qué le daban tanta importancia a ese evento? Sabía que las bolsas subían y bajaban, y que había gente que ganaba mucho dinero, y otros que lo perdían todo. Pero realmente nunca me habían interesado los mercados, y menos cuando yo tenía en la cabeza unos problemas matemáticos tan interesantes en los que trabajar. Aburrido, doblé el periódico y lo volví a dejar donde estaba. Yo volví a mi desayuno, a mi cuaderno y a mi libro. La vida continuaba.

Así pues, ahí estaba yo, tan campante e ingenuo, mientras el mayor evento telúrico financiero de los últimos ochenta años sacudía los mercados con fuerza despiadada. En ese momento yo estaba feliz pensando en otras cosas, seguro que lo que fuera que estuviera pasando nunca me iba a tocar, y más aún, que nunca sería algo que estuviera en el radar de mis intereses.

Pero claro, todo cambió. La quiebra de Lehman fue ese momento de catarsis que abrió las puertas para que el mundo como lo conocíamos cambiara. ¿Cómo haber imaginado esa mañana que las amplificaciones de ese evento llegarían a todos los rincones del planeta, incluso ahí mismo, a esa Madrid soleada y placentera?

Por mi parte, las vueltas de la vida me llevaron a trabajar precisamente en las entrañas del sistema financiero, y ahora no pasa un día sin que no lea sobre la bolsa, o monitoree los niveles de ciertos índices, o no trabaje en cómo hacer más rápida la valoración de ciertos derivados. Y vuelvo a pensar en esa mañana de Septiembre, y me parece una vida tan distante, tan lejana. Tan simple.